Amarcord

Los recuerdos de la gente se parecen
Los recuerdos de la gente se parecen

Madame 80 era tan simpática conmigo. Ahora me invitaba a ver una película italiana que había ganado el Óscar y que se llamaba Amarcord, así que le hice caso. Aunque la producción era de 1973, la cinta VHS era de 1984, completamente nueva, y la primera en respetar el formato original en video mediante letterboxing, es decir, preservando la relación de aspecto de la imagen original, muchas veces con el añadido de barras negras en la parte superior e inferior de la pantalla. El director era muy famoso, Federico Fellini, y nunca había visto nada suyo, así que me apetecía. Además la peli iba de un muchacho que crece en su pueblo italiano, con muchos componentes autobiográficos del propio director, que había nacido en Rímini, perfecto para mi ciclo de chicos que se adaptan.

La narración no es lineal exactamente, enseguida te das cuenta de que esta película no es como ninguna otra. Situada en la Italia falangista de 1930, la primavera llega al pueblo y a partir de ahí se exhibe un retablo completo de personajes caricaturizados hasta lo grotesco. Los maestros de la escuela se semejaban tanto a mis maestros que no supe si reír o llorar. Hay un narrador, una buena música de Nino Rota y un protagonista, Titta, el adolescente Alter Ego de Fellini, sobre el que gira una gran parte del particular mosaico compartimentado que conforma la narración, presentado como un joven despreocupado por su entorno pero absorbiendo datos del mundo que le rodea como una esponja.

Tiene escenas de comedia notables, como las travesuras de los colegiales, o la antológica escena de la estanquera asfixiando con sus exuberantes senos al pobre muchacho. En mi pueblo teníamos a Gregoria, que no era estanquera pero tenía unas tetas inmensas, y que desde entonces sería para mí la tía Fellini. La recuerdo con sus pechos inmensos y los guantes de catar vacas mientras fumaba un cigarrillo sin filtro. Que en paz descanse, yo me preguntaba si podrían cerrar el ataúd, pero sí pudieron.

Resultó que descubrí que Fellini estaba también a mi alrededor, sólo había que rascar un poco sobre el adoctrinamiento global y pensar con una ligera independencia. Algo le comenté a Madame 80 cuando le devolví la cinta, y ella me preguntó qué había sentido en la escena de la estanquera. Yo me reí, sin más, con una pizca de vergüenza.

Las tetas de la estanquera
Las tetas de la estanquera
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