Monthly Archives: July 2014

Un piloto TIE

Un piloto Tie
Un piloto TIE por un diente

Mi madre insistía en que la dejara en paz con tantas galaxias pa’aquí pa’allá – !Por favor, me tienes frita! – decía, y yo pensaba que estaba a punto de darse por vencida y llevarme a verla. Entonces fue cuando sucedió. Chelo hablaba con mi madre por la ventana del patio de luces, una fumaba y otra (la mía) colgaba calzoncillos, y les oí hablar. Le dijo que ya había ido a verla con sus hijos y que les había encantado, pero que a nosotros que mejor que no nos llevara, que no era para niños tan pequeños. Me quedé paralizado en ese doloroso instante de mi vida, fue un duro golpe. No irìa a ver la pelìcula. Chelo me había traicionado, normal, tenía voz rasposa como los malos de las películas. Estuve una temporada de morros, pero a los pocos días nos mandaron a Oviedo de vacaciones, a casa de los abuelos y le expliqué a mi abuela lo de los dientes y lo de Star Wars y que no nos dejaban ir a ver la película y mi abuela me llevo a comprar solomillo al economato y después a un Bazar de juguetes en donde me compró mi primer muñeco de la Guerra de las Galaxias, un piloto Tie.
– No le digas a tu madre que te lo he comprado yo, ¿eh? – dile que te lo ha traído el ratoncito Pérez – No te preocupes abuela, tu secreto está a salvo – que no le dije que el roñoso del ratón era mi madre por no desilusionarla. Y ésto alivió en parte el no haber visto la película, junto con algunos posters que iban saliendo en revistas como el Super Pop o Lecturas, que una vecina me pasaba. Ella se quedaba los posters de Los Pecos, Leif Garrett, Parchís y Miguel Bosé, y yo los de cine y dibujos animados.

El roñoso ratoncito Pérez

Los quería tener todos
Los quería tener todos

Intentaba por todos los medios que los domingos cuando salíamos de paseo pasásemos por delante del cine en donde se exhibía “La Guerra de las Galaxias”. Una vez allí me paraba a mirar los posters y las fotos y con la imaginación ponía caras a la historia que me había contado Aitor, que como se puede observar era muy incompleta. Asocié visualmente las espadas laser, al fabuloso halcón centenario, que ya me sonaba un poco raro, al increíble robot de oro y al pequeño de ruedas, y sobre todo al malvado Darbader. Como mi padre había estado en Alemania, teníamos en casa algunos libros muy bonitos con fotos alemanas, que me gustaba mirar. Y debajo venían palabras incomprensibles que me gustaba leer, que para eso había aprendido. Y me fijé que ponía mucho: der kirche, der Bus-zum, der Arbeit… y asocié automáticamente Darbader con der Bader y con Alemania, y además como los alemanes eran los malos en tantas películas, los nazis de la segunda guerra mundial, pues para mí Darbader se convirtió en Der Bader el Nazi de las galaxias. Y es que este es el problema de que no te dejen ver la película, que te la montas tú solo en la cabeza. También tenía claro que Luke y Leia, el héroe y la princesa, se casaban al final y que yo era Luke, por supuesto, al que tuve que descubrir por mi cuenta porque Aitor no me había contado los detalles.
Además empezaban a salir juguetes relacionados con la película; lo primero que yo quise fue una espada laser, que desgraciadamente aún no existía. Me habían caído ya un par de dientes y lo de las monedas de 25 pesetas del ratoncito Pérez estaba bien, pero a lo mejor me podía traer directamente el juguete, como hacían los Reyes en Navidad, que con la moneda no me llegaba para comprarlo yo, y siendo un ratón mágico estaba seguro de que no le importaría, y si no, ¡vaya miseria de magia!. Y el tío se llevaba mis dientes de márfil a cambio, me parecía bastante injusto – ¿No será que mas que un ratón es una rata y nos engaña, mamá? – Hijo, el ratón no existe, que soy yo, y no hay para más, asi que no des la lata y no se lo cuentes a tus hermanos – Y con cara de pasmado me quedé pensando: en este mundo cruel nunca conseguiré los muñecos de La Guerra de las Galaxias.

La Rata roñosa
La Rata roñosa

La Guerra de las Galaxias

Star Wars

Descubrí que el entorno de mi hogar era una fuente manipulada de información. Mis amigos de la escuela ofrecían alternativas más interesantes, sobre todo a nivel de películas. Ya me habían avisado de “La guerra de Papá” y la siguiente fue “La guerra de las Galaxias“. Casualmente guerra tras guerra.

Los compañeros de la clase que la habían ido a ver decían excitadísimos – ¡Tío! ¡es espectacular! – Lo de tío se empezaba a decir y a mí me lo tenían prohibido en casa, porque mi padre decía que era de macarras, pero en la escuela lo decíamos para todo -¡Tío! a ver si mi madre me lleva – respondía yo, pero nada. Mi madre, que siempre tenía muchas labores y que estaba muy cansada, quería ahorrarse complicaciones y respondía que es una película de mucha violencia y que salen muchos monstruos – Pero yo ya soy mayor – respondía – ¡casi tengo 7 años! – Pero tus hermanos son pequeños y no se pueden quedar solos, además todavía tienes miedo de la oscuridad y sueñas por la noche – Era verdad, así que me contentaba con pensar que quizás algún día me llevaría la vecina Chelo. Mientras tanto le pedí en la escuela a un niño, Aitor, que la había visto, que me la contase:
“Mira tío, hay una princesa en una nave espacial que la quieren secuestrar los malos, que son los de Darth Vader (se pronunciaba Darbader). Antes de que la atrapen consigue enviar a sus amigos un mensaje de SOS a través de dos robots, uno de oro y otro pequeño con ruedas, pero luego DarBader la atrapa y la encierra en su prisión de la estrella de la muerte, que es un planeta que en realidad no es un planeta, sino una nave espacial también, pero parece un planeta, y además lanza rayos que pueden destruir a verdaderos planetas enteros de un solo disparo. (Clarísimo).
Pues los robots encuentran a los amigos de la princesa, que están en un desierto lleno de peligros, y aprenden a usar la espada laser, que es como una espada pero que en vez de ser de hierro es de laser – tío, esto me quedó grabado por impresionante – y los amigos compran una nave que se llama el halcón centenario para ir a buscar a la Princesa – aquí una pequeña confusión, todos sabemos ya que el halcón no era centenario, sino milenario – Se cuelan en la estrella de la muerte y la rescatan, aunque casi mueren aplastados. Uno de los amigos, el viejo, muere luchando contra Darbader, pero los demás consiguen escapar. Se reorganizan y vuelven con todas las naves de los buenos a destruir la estrella de la muerte, vengar al viejo y acabar con Darbader. Pero el malo sale con su nave para que no lo consigan acompañado de dos naves más. Hay una lucha terrible, se disparan rayos y ¡plas! Una nave enemiga menos. Pero sigue la lucha, más rayos, y ¡plas! otra nave enemiga menos, ya solo queda Darbader y justo cuando tiene al bueno en la mira de su metralleta de rayos aparece por detrás el halcón centenario y le pega un tiro en el ala, y así el bueno consigue destruir la estrella de la muerte, pero la nave de Darbader no se destruyó, que consiguió escapar, por lo que, tío, yo creo que habrá segunda parte”

Así fue como mucho antes de verla que esta película entró en mi vida.

Star Wars Movie Poster 1977

La guerra de Papá

El niño es el protagonista
El niño es el protagonista

Pero no todas las películas que vi en aquella época eran series B del Olympia y las que pude ir a ver con la vecina Chelo. Por suerte mis compañeros de clase me hablaban de otras películas más del momento, filmes actuales que me atraían y provocaban que diera la lata continuamente en casa para ir a verlas. Una de ellas fue “La Guerra de Papá“, que además salía constantemente anunciada en televisión. Yo quería ir a verla para descubrir las travesuras de un niño que se me antojaba idéntico a mí, pero mi madre decía que esa película era de un rombo y que era para mayores, y que me iba a dar malas ideas. A mí no me engañaba, ¿cómo iba a ser una película para mayores si el protagonista era un niño? Si un niño sale en casi todas las escenas e incluso es el protagonista, es imposible que la película tuviera un rombo. Esta era mi lógica aplastante. En mi casa había mucho trabajo que hacer y en esa época todavía se estilaba la lógica pedagógica del coscorrón, así que lo de ser pesado tenía que caducar pronto, o te lo caducaban.

La película en cuestión estaba basada en un libro de Miguel Delibes que se titulaba “El príncipe destronado”, y fue un éxito total del momento del que sin embargo no se recuerda apenas nada; es una película que no se ve ni por televisión ni se repone por ningún lado. Supongo que fue una moda. Su director, Antonio Mercero, ya célebre entonces por La Cabina, si que alcanzó notoriedad posterior con la televisión, pero eso sería años más tarde.

Lolo García, el niño actor
Lolo García, el niño actor

Cine Exín

¿El cine sin fin? ¿Me toman el pelo?
¿El cine sin fin? ¿Me toman el pelo?

La surrealista historia de los bomberos, el payaso y el hada madrina se contaba en reuniones, cenas y comidas, cada vez de una manera diferente, y se convirtió en una anécdota familiar para siempre. La gente comentaba – ¡Ay pobre! El nene se habrá quedado traumatizado – así que seguramente no fue por casualidad que los Reyes Magos me trajeron un proyector de cine ese año: un CinExín.

El cinExín era un aparato proyector hecho de plástico color naranja que funcionaba con pilas y permitía ver, al girar manualmente una manivela, escenas de dibujos animados proyectadas en la pared de tu casa. Si girabas rápido, la escena se aceleraba, si girabas despacio, se detenía. Incluso podías ir para atrás. La publicidad decía que era el cine sin fin. Quizás un poco afectado del incidente sí que estaba, porque no le hice mucho caso, por si las moscas se quemaba también.

El juguete no llegó a cuajar en casa contra todo pronóstico. Aparte de que el artilugio tenía muy pocas películas y eran muy cortas, enseguida te las aprendías de memoria al derecho y al revés. – ¿Ya no juegas más al CinExín que con tanto cariño te trajeron los Reyes? – preguntaba mi madre rascándose la cabeza – No, que se puede quemar, y además no es cine de verdad, no se pueden ver películas buenas como la “Historia de O” – contestaba – es un cine con fin.

Las tripas del aparato
Las tripas del aparato

La Bruja Novata

La pelicula se nos quemo
La pelicula se nos quemó

Lo que sí hizo mi madre, atemorizada por tales tendencias, es comentarle mis neuras a una vecina del primero D que era la madre de mi amigo Gaizka y  que también tenía hijos mayores – Chica, eso es la curiosidad normal – y añadía – es que, chica, hay tanta violencia por la tele y por la calle, con la ETA… – y como su marido era fotógrafo, para reconducir mis gustos y dulcificarlos intentaron organizar una exhibición casera de una película infantil, amable, optimista y alegre.

Vinieron a la guardería en un carnaval y anunciaron “La Bruja Novata“, una película de Walt Disney. El amigo Gaizka, que también venía a mi clase, estaba disfrazado de torero y presumía de su papá – Ya verás, mi padre va a ponernos una película como si esto fuera el cine de verdad – me decía, y yo estaba intrigadísimo disfrazado de guerrillero cubano, con barba postiza y metralleta de plàstico – ¿Se puede convertir en un cine una habitación normal? – Vino el hombre disfrazado de payaso con el aparato proyector en un gran maletín y sacó los rollos de película, había tres. Eran roscos gigantes con film enrollado, como los de los negativos de las fotos (por supuesto no había foto digital por entonces), y se encajaba el rollo en la máquina en donde al igual que en una máquina de coser como en la que cosía mi madre por las noches, la cinta salía y se enrollaba en otro rollo de al lado después de pasar por el haz de luz que potente enfocaba a una sábana colgada tensa en la pared. La película empezaba con números al revés en cuenta atrás y tenía muchos arañazos y hacía un ruido rasposo al pasar. Cuando se acababa un rollo había que poner otro y se tardaba un buen rato, algunos niños ya se estaban durmiendo. En el segundo rollo se quemó la película. De repente la imagen se arrugó y se agujereó y saltó el film. Todos se pusieron muy nerviosos, salía humo y empezó a oler muy mal, un desastre. La señorita nos hizo salir a la calle, todos disfrazados, y pese a que el padre de Gaizka decía que ya estaba todo bajo control, que podíamos volver, alguien llamó a los bomberos. Fue largamente comentada en el vecindario la escena de la discusión entre el bombero y el payaso, con intervenciones del hada madrina, que no lo he dicho, pero era como iba disfrazada la señorita maestra. El caso es que no acabamos de ver la película, fue imposible. Yo aproveché, llegando a casa, para dejarle caer a mi madre una observación – “Seguramente nos hubiera ido mejor si hubiéramos ido a ver “Holocausto Caníbal

El equipo de fùtbol

Holocausto caníbal

Y yo quería ver esta película
Lo crean o no, yo quería ver esta película

No escarmenté; ya he reconocido que lo mismo que me asustaban los fantasmas o cualquier otro tipo de pavoroso monstruo, al mismo tiempo me atraían como un imán, y ante tal fuerza magnética yo no podía hacer nada. Así fue que al cabo del tiempo, cuando vi que echaban “Holocausto caníbal” en el Olympia, quise verla sin dudar. En el poster había una señora con un palo clavado insertado por atrás (por el culo, hablando claro) que le salía por la boca chorreteando sangre profusamente. Había en las fotos del tablón un sinfin de estrellitas y tiritas negras que cubrían con meticulosidad multitud de vergüenzas humanas, todo el presupuesto de los censores se les acabó con este film, seguramente, y tal constelación de ocultamiento hacía bullir mi imaginación.

Decían que habían matado a gente de verdad en esa película, de hecho detuvieron al director porque no se podían encontrar a los actores vivos, y que era tan salvaje que la habían prohibido en muchos países, 50 o más. Cuando le pedí a mi madre que me llevara a verla me miró con los ojos muy abiertos, tanto que casi se le dislocan de las cuencas orbitarias. Yo creo que no sabía si llevarme directamente al psiquiatra o a un internado educacional. Me compró un cuento de Bruguera y me dijo que era clasificada S y que ya la vería cuando cumpliera 18 años, pero que no contara con ella. Así que la guardé junto con “Historia de O” para el futuro lejanísimo de los 18 años, aunque tampoco la llegué a ver nunca, ni ganas, menos mal, ahora ni se me ocurriría.

Habìa estrellitas negras cubriendolo todo
Habìa estrellitas negras cubriéndolo todo

El violinista en el tejado

El Violinista en el Tejado
¿Subir al tejado a tocar el violín?

Y ocurrió que mis padres se fueron a una boda y me volvieron a dejar con Chelo, la vecina fumadora. Y la vecina me volvió a llevar al Real Cinema a ver “El violinista en el Tejado“. Sería la primera película seria de mi vida después de Blancanieves, y además no era de dibujos animados, aunque por el título tan gracioso podría haberlo sido perfectamente ¿Qué pinta un violinista en un tejado?

Aguanté la película como un hombre, con canciones y todo, aunque no me enteré muy bien de la historia, he de reconocer, aún era muy pequeño. La canción me la traje a casa – ¡Si yo fuera rico, dubi dubi dubi dubi dubi dubi dubi da! – y se hizo popular en el hogar. -Mamá, ¿me das un duro para comprar un cuento? – y ella respondía: ¡Si yo fuera rica, dubi dubi dubi dubi dubi dubi dubi da!- y me quedaba sin el duro, que eran cinco pesetas, que no había euros.

También estoy obligado a reconocer que salí un poco aterrorizado de la película por culpa de la escena en la que el fantasma de la primera esposa del novio que le han encontrado a su hija, que se llama Fruma Sarah, se les aparece en un supuesto sueño como un espectro enfadado, y guardo sinceramente en la memoria este instante como uno de los momentos de terror más intensos de mi vida en un cine. Ahora lo veo y es completamente cómico, aparte de una escena brillante, pero entonces puse las manos sobre la cara y me fui escurriendo por la butaca hasta que Chelo alargó el brazo y me rescató de la sima. Tuve pesadillas durante meses y por culpa de ello no me dejaron volver al cine, que Chelo no hacía más que recordárselo a mi madre entre risas – ¡Chica! ¡Fue aparecer el fantasma y desaparecer el niño! ¡Ja, Ja, Ja! – Yo no le veía la gracia.

Manché los calzoncillos en esta escena, lo reconozco
Manché los calzoncillos en esta escena, lo reconozco

Viaje al Centro de la Tierra

Auténtica serie B made in Spain
Auténtica serie B made in Spain

La fiebre “Sandokán” nos duró meses. Me leí todos los comics al respecto que encontré, sobre todo aquellos de la editorial Bruguera sobre las novelas de Emilio Salgari. Pero este señor no había escrito muchos cuentos y sin embargo había otro, un tal Julio Verne, que había escrito un porrón de relatos fantásticos, así que seguidamente me pasé a los comics de Verne de la misma editorial. Leí “20.000 leguas de viaje submarino” y después “Viaje al centro de la tierra“, con la suerte de que justo en ese momento echaban la película en el Olympia, sesión continua por supuesto.

Dados los recientes antecedentes, esta vez, y bajo fuerte advertencia amenazante, sólo la vimos dos veces seguidas, pero podría haberla visto muchas veces más, porque me encantó absolutamente. Unos años más tarde leí que ésta era una de las peores películas de la historia, una serie B española chapucera, que hasta se ven los focos y los micrófonos por todas partes, un desastre vamos, pero yo no me acuerdo de nada de eso. Yo recuerdo como marchaban por las grutas y se enfrentaban a insectos gigantes, y lo que más recuerdo son los dinosaurios, esos monstruos prehistóricos que aún podrían existir en sitios como por ejemplo el lago Ness o en reinos perdidos como los que describe Julio Verne, que era un visionario, como lo demuestra claramente el “Viaje a la Luna”. Vamos a ver, si acertó con lo de la luna, ¿Por qué no iba a acertar con los animales prehistóricos?. Yo estaba convencido de que algún día encontrarían dinosaurios, e incluso yo podría ser uno de esos científicos aventureros que encontrase a un Triceratops o a un Diplodocus por ahí vagando en alguna ignota región de la tierra. Desde entonces me aficioné a los fósiles junto con mi padre, que ya era un poco aficionado, y me interesó la geografía para conocer rincones recónditos. Seguro que fui el primero de mi clase que supo que la capital de Islandia era Reikiavik.

Novelas gràficas de la editorial Bruguera
Novelas gràficas de la editorial Bruguera

Sandokán

Sandokán en sesión continua
Sandokán en sesión continua

Una mañana de sábado, ya un poco más mayores, después de acompañar a mi madre al mercado, nos sentamos a jugar en la plaza Nueva; mi madre estaba con sus recién conocidas amigas, muy interesada en hacer amistades. A mí me cayó muy simpática una de ellas, y como veía que mi madre no hablaba mucho en ese grupo me acerqué dispuesto a llamar la atención y ayudarla a salir de su timidez. Mi madre, pobre, que tenía dientes postizos por culpa de un accidente de juventud, nos hacía a veces gestos con el aparato dental – clac, clac – y nos reíamos mucho, así que se me ocurrió pedirle que enseñara los dientes -clac, clac, clac- a sus amigas, que seguro que les parecería divertidísimo como a nosotros. Pero en vez de eso mi madre se puso colorada, dio una excusa y nos marchamos pitando. Intuía que me iba a caer un castigo gordo, sin embargo mi madre, que debía de estar harta de niños, dado que echaban en el cine Sandokán, “Los tigres de Mompracem“, decidió enviarnos solos al cine y dejarnos allí un rato largo. Eso es algo que hoy en día difícilmente se puede hacer, los chiquillos solos en la sala, pero en aquellos días aún se podía. Habló con la taquillera y no sé en qué quedaron, pero a las cuatro de la tarde allí entramos, de nuevo en la sesión continua del Olympia, excitadísimos los tres hermanos, yo debía de tener siete años, a ver a Sandokán, que se había hecho famoso por la serie de televisión que protagonizaba Kabir Bedi, y de la cual guardábamos la colección completa de cromos.

Vimos la película una vez, emocionante, con luchas de espadas – ¡kliss, klass! – piratas, traidores y asesinos – ¡kliss, klass! – y final feliz, se queda con la chica. Y la volvimos a ver por segunda vez. Los mismos piratas – ¡kliss, klass! – los traidores ya los veíamos venir antes de que traicionaran, pero aún así seguían traicionando – ¡kliss, klass! – y al final todo vuelve a acabar bien y se vuelve a quedar con la chica. Mi hermano pequeño, que había dormido un rato, estaba un poco pesado, pero pude convencerlo para quedarnos una tercera vez, fuimos al baño y volvimos a tiempo, ya se acababan las letras del principio – ¡kliss, klass! – maldito traidor – ¡kliss, klass! – me las pagarás pirata – ¡kliss, klass! – la chica que la raptan otra vez – ¡kliss, klass! – mi madre que entra en la sala arremangada – ¡kliss, klass! – que qué narices hacemos que ya es de noche – ¡kliss, klass! – que la taquillera no nos hizo ni caso como presuntamente había prometido – ¡kliss, klass! – que parece mentira que yo sea el mayor y no tenga la responsabilidad – ¡klass!.

Colección de cromos
Colección de cromos