Verano del 42

En la vida de cada uno siempre hubo un verano del '42
En la vida de cada uno siempre hubo un verano del ’42

Madame 80 de nuevo me recomendaba con marcada simpatía una cinta antigua (del 71) – Sé que ésta te va a encantar – me dijo, y me pasó Verano del ’42. Sus anteriores consejos no me habían ido nada mal, así que la acepté de buen grado; no obstante su amabilidad levantaba mis suspicacias, y no levantaba nada más. Se apreciaba un intento de cercanía muy diferente al habitual entre dependiente y cliente, me escamaba. En cualquier caso me fui a casa a ver la película.

A la vez que en mi país se disfrutaba de la reposición de Verano azul, yo iba a ver otro verano. Un verano de recuerdos y de adolescentes que transcurre en Massachusetts, que era un sitio que me encantaba pronunciar. Massachusetts.

Tres adolescentes se pasan un verano tranquilo y estupendo en un pueblo costero estadounidense mientras la segunda guerra mundial está en punto álgido. Los tres son vírgenes y se plantean dejar de serlo – la gran preocupación americana – y con la ayuda de un manual de sexo que encuentran intentan ligarse a las chicas del pueblo. Sin embargo Hermie, el protagonista, se queda prendado de una señora casada que vive junto a la playa. La señora es Jennifer O’Neill, muy guapa ella, y su marido es un piloto que se va a la guerra. Poco a poco Hermie entabla amistad con ella. Un atardecer él llega a casa de la señora y se encuentra con que su marido ha fallecido en Francia. Él la consuela y ella lo consuela a él, pero la escena no resulta escabrosa ni nada de eso, al contrario, es muy tierna y triste bajo los compases de la música de Michel Legrand, que resulta muy conveniente en todo el metraje.

Uno de los mejores momentos del filme es cuando intenta comprar condones en el economato, una escena antológica del cine.

Desgraciadamente yo me pasé la película pensando en Madame 80. Cada vez que salía la señora me imaginaba que era ella, y me planteaba si necesitaría pasar la vergüenza de comprar condones para devolver la película. Decidí devolverla en hora punta y como con prisa. Entré cuando había mucha gente y la dejé en el mostrador – ¡Eh! qué tengo otra para tí – alcanzó a decirme mientras ya me iba. En su mano se mostraba “El Graduado“. – Otro día – respondí, y salí y tardé en volver.

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