Category Archives: E.T.

Alien: el octavo pasajero

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Alien vino en la maleta

De repente vino “Alien: el octavo pasajero” dentro de la maleta del pirata. Esta película definitivamente me puso contra las cuerdas y ya finalmente decidí que no vería más películas de miedo en una temporada larga. Pedí en la casa que la siguiente película que trajese el pirata fuera “La casa de la pradera” o algo del estilo, y no “Halloween 2” como quería Anthony, y así fue, no nos trajo a la familia Ingalls, pero resultó mejor, porque trajo “E.T.“, que ya conocía y me encantaba. Además ahora E.T. era yo, un españolito en otro planeta. No sé cuantas veces seguidas la vimos, pero yo lo necesitaba, porque estaba hiperestimulado con tanto terror, seguía viviendo las películas en completa intensidad, no sabía salir de ellas una vez que me atrapaban. Y eso que Alien no es una película de terror al uso, pero es que está tan bien hecha que te pasas toda la película en tensión. La atmósfera es impecablemente progresiva, tan bien construida y sólida que te atrapa para machacarte al llegar a las impactantes escenas culmen, como cuando Alien sale del cuerpo de Kane, John Hurt, una escena que es historia del cine.

8298270177_d0972b7f0a_o8322137302_603c5a88d4_oY el monstruo es una maravilla, bello y terrorífico a la vez, con esa sonrisa telescópica… Un flaco muchacho nigeriano de dos metros se escondía en el disfraz, un tal Bolaji Badejo que alguien encontró en un bar. El final es antológico, con la nave Nostromo en fase de autodestrucción cuenta atrás y el monstruo indestructible persiguiendo a la resistente Ripley hasta el último instante. Soberbio.

Anthony se compró una camiseta que tenía un alien de goma pegado saliendo del pecho que era brutal, la sensación absoluta, pero yo necesitaba tiempo para digerir tanto suspense y me desligué del tema. Tuve que volver a ver Alien más tranquilo y ya en cine unos meses después para asimilar y alucinar justamente con el montaje maestro de Ridley Scott sobre la historia de Dan O’Bannon.

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Sucedáneos de E.T.

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Clones con mejor o peor resultado

Ya la madre de Jorge no me miraba muy bien, no sé por qué. Quizàs por esos pequeños incendios que provocàbamos. Ella prefería que su hijo algo enfermizo jugase con los vecinos del 4B, un chico y una chica, de mejor familia. Éstos, a pesar de vivir en el piso de debajo mío, no salían nunca y casi ni los había visto, y desde que Jorge se pasaba los fines de semana con ellos me tenían intrigado. Durante los días laborales vivían con sus abuelos, y solo pernocataban en la casa del viernes al domingo, extraña gente.
De todas formas Jorge apreciaba las charlas de cine, leía el fotogramas también y sabía mucho de todo, más que yo, y lo discutíamos, y eso no se lo daban los buenos vecinos.

Coleccionábamos cualquier cosa relacionada con cine, y en esa temporada era E.T. lo que se llevaba; aprovechando el tirón de la película salieron muchos sucedáneos. Uno de los más ridículos, pero en el que caímos como tontos, era una colección de monstruos que se pegaban en una hoja simple de papel; uno de los monstruos era una copia descarada de E.T. que se llamaba “El monstruo amigo”, supongo que por derechos de autor no lo pudieron llamar E.T., y cuando acababas la colección te daban un sobre sorpresa que tenía premio, que podía ser un tebeo, un balón, chucherías…había un premio Gordo que era una bicicleta, pero ese no tocaba nunca, los otros sí. No sé cuànta basura de plàstico llegamos a a acumular. Se vendía todo tipo de basura, se podía encontrar lo más inverosimil en plástico barato, era el nacimiento del merchandising descontrolado.

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El ciclista

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E.T. llévame contigooo!

Casi todas las películas me impresionaban, y correspondiendo a cada impresión surgían los efectos secundarios, o colaterales, como se prefiera. Efectivamente, también gracias a esta película me enfrenté a decepciones, cómo no, deportivas de nuevo. Yo no sabía andar en bicicleta, así que mis hermanos jugaban a E.T. montando en bicicleta y yo sólo miraba. Obviamente tuve que aprender, no me costó tanto como pensaba. Enseguida fui capaz de rodar sobre dos ruedas sin caerme, siempre y cuando no tuviera que dar una curva. En línea recta todo iba bien, pero al torcer me costaba. Fui a practicar en la bicicleta BH vieja de mi hermano en la cuesta de la calle Muñoz Degraín. Subí despacio sin problemas, la cuesta es leve, pero en la bajada sin embargo me embalé, levanté los pies de los pedales y por miedo me salí de la carretera para entrar en el patio deportivo de una urbanización en donde interrumpí un partido de tenis al estrellarme contra la red, y caer del otro lado, juego, set y partido.
Bueno, pues no me desanimé. Mi hermano pequeño, que era muy bueno sobre dos ruedas, participaba en una carrera popular ciclista y mi madre me pidió que le acompañara, así que, osado, también me apunté. Mi hermano iba con una bicicleta de cuernos, casi profesional, demasiado para su edad, pero es que se le daba verdaderamente bien. Yo iba con la misma BH que aún funcionaba tras el accidente. La carrera era de dos vueltas a un circuito urbano en las afueras con una cuesta enorme a la mitad, y allí vamos. Salida. Voy pedaleando y me van pasando todos, y es que solo hay otra persona que lleva una bicicleta como la mía, y me lleva 100 metros de ventaja por delante. Ya se han ido todos, mejor, ya voy más tranquilo, pensando en E.T., me falta la cestita delante. Y entonces veo venir a los primeros que están de retorno en la primera vuelta y pasan como una exhalación. Ya sabía que no iba a ganar, no pasa nada, sigo a mi ritmo y también veo a mi hermano en el carril contrario volviendo, me paro a saludar pero él ni me mira, a toda leche va. Que le den. Yo sigo y de repente la cuesta arriba. Empujo, empujo, y nada, no hay manera, la rueda se me va para todos los lados. Los primeros de la carrera ya en la segunda vuelta definitiva me adelantan y me increpan por interrumpir la línea de circulación, así que decido bajarme de la bici y caminar la cuesta, mucho más rápido, oye. Mientras tanto me adelanta todo el mundo, incluyendo a mi hermano, que sigue sin saludar. Que le den. Y ya he llegado arriba, para bajar me vuelvo a subir en la bicicleta y allá voy, cuesta abajo. Empiezo a coger velocidad, más rápido, más rápido, el viento me da en la cara, creo que me he comido una mosca, ¡Oh! ¡No! – cierro los ojos y no sé cómo lo hago que salté de la bicicleta en marcha, rodé por la cuneta y la bici siguió sola hasta llegar abajo y caer. No me vio nadie, creo, así que monto y continúo. Cuando llego a la meta soy el último. Quiero dar la segunda vuelta y el organizador no me lo permite, me dice que ya está bien. Mi hermano no me quiere ni mirar – igual sí que te venía bien una cestita delante – me dice; vale, ya me he enterado que la bicicleta no es para mí. Todo el mundo ha dado dos vueltas menos yo, que he dado solo una y encima he quedado el último. ¡¡Mi casa!!. Queda claro que el sueño de bajar la rampa de mi pueblo y saltar con la Luna llena iluminando por detràs no será posible.

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E.T., mi casa

El teléfono de E.T.
El teléfono de E.T.

Elliot era como yo y se encuentra con su marciano, más bien feo, que está perdido en el planeta Tierra. Intentan llamar a su casa en su planeta pero no pueden. Es que hacen un teléfono demasiado cutre con una lata de café de Colombia, qué ocurrentes. Muy simple pero muy bien contado, hay que ayudar a E.T.a volver a su hogar. De repente hay una tragedia. Cuando encuentran a E.T. muerto junto al río casi se me para el corazón a mí con él. No puede ser que muera. Los hombres científicos permiten que Elliot entre a despedirse y habla a solas con el cuerpo inerte del extraterrestre mientras yo lloraba a moco tendido en mi butaca, no me podía aguantar más, y me daba igual la vergüenza frente a mis hermanos y a mi madre, ni siquiera miré para ellos. Y súbitamente de la desesperación al gozo – ¡¡¡E.T. está vivo!!! – y se escapan en las bicicletas, lo consiguen, no, sí, ahí van y finalmente E.T. es rescatado y vuelve a su planeta. La mejor película de mi vida, qué bien me lo pasé, qué baile de emociones. Tenía que volver a verla. Mi madre insistía – es sólo una película, nada es de verdad, E.T. no bajará a por ti desde su planeta – Pero mi madre no sabía que E.T. ya había bajado por mí, desde esa película empecé a estudiar cine. Me refiero a que empecé a investigar a fondo los nombres de los directores, de los artistas, la música, los efectos especiales, estrenos, festivales, y todo lo relacionado con las películas. Cuando tenía un poco de dinero me compraba el Fotogramas, y me lo leía letra por letra, y después recortaba la revista y pegaba fotos en las libretas de la escuela. Así pues ese se convirtió el destino de mis exiguos dineros, estaba ahorrando para los muñecos de la guerra de las galaxias, para ir al cine, para la revista fotogramas, algún que otro comic y para la colección de cromos de E.T., que la completé entera. Y aquí volví a encontrarme con Jorge, aquel rubio del portal. Estaba tan apasionado con la película como yo, o más, y ahí supe que ese era el comienzo de una gran amistad.

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E.T.

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E.T. THE MOVIE

En esta temporada de soledad y tibieza, con mi cabeza pensando un poco más organizada, aunque aún con ideas fantasiosas, llegó el otoño, llegó mi cumpleaños y mi madre nos llevó a ver “E.T., el extraterrestre

Fue en el cine Filarmónica de Oviedo, yo me encargué de hacer la cola, larguísima, pero no para mí porque había ido con mucha antelación, y conseguí la primera fila de butacas de palco, el mejor asiento de todo el teatro. No sólo me estaba aprendiendo los nombres de actores, directores y mùsicos, sino que también me aprendí los mejores sitios en cada sala de cine. Sin embargo, pequeño inconveniente, a la hora de sentarnos la baranda resultaba un poco alta para nuestra altura y se comía un cm de visión de pantalla por debajo, así que arrebujé el abrigo y me senté encima, estirando de paso un poco el cuello. Y tan incómodo que estaba empezó la película y se me olvidó la incomodidad. Desde el principio me quedé hipnotizado, abducido. De repente deseaba comer lacasitos (Reese’s pieces en la pantalla, que no eran ni M&M’s ni Smarties, y en España no había ninguno de los tres), pedir una pizza, que por aquel entonces no existían apenas en la ciudad, y quería tener todas las cosas que tenía Elliot en su magnífica casa. Elliot no tenía padre cerca, pero yo le daba el mío si quería, que era del lado oscuro y cada día estaba más para allá.

Yo también quería tener a E.T. ¿Cuántas veces me había imaginado encontrarme a un extraterrestre? Imaginaba que me daba poderes, o un artilugio tan sofisticado que me permitía destacar y sobreponerme a las dificultades. La materialización del amigo invisible que la mayoria de los niños tienen, ¿Dónde podría esconderlo, dentro del humilde minùsculo apartamento en el que vivíamos, llegado el caso? En ningùn lado, està claro por qué no me eligió a mí.

Encaramados en el palco, vivimos con intensidad una película soberbia que llegaba en la edad justa en el momento preciso.

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