Mi vida como un perro

A ver si va a tener razón la película
A ver si va a tener razón la película

En el cine se viven experiencias ajenas sin moverse de una butaca, que se vuelve experiencia propia, por vivida, claro, como espectador. Sales de tu casa, cierras la puerta, caminas un rato, pagas una entrada y te sientas en tu sitio, y de repente se puede viajar muy lejos, o correr aventuras impensables sin sufrir riesgo alguno, excepto el de quedarse atrapado al otro lado como le pasó a Mia Farrow. Por arte de magia uno se puede transportar de la propia casa de pueblo minúsculo a otro planeta, en otro universo, ir muy lejos, evasión total. Otras veces, estas vidas y experiencias ajenas de personas de otros países, de otras culturas, razas, tribus… ayudan a ubicarse en el planeta, a colocarse dentro de los 7000 millones de seres humanos a los que pertenecemos, desde tu hogar mismo, tan simple. O bien son historias no tan lejanas, gente que como tú se enfrenta a la vida cotidiana de una forma u otra, cómo toma decisiones, por qué les pasa lo que les pasa… Desde tu ciudad en donde por suerte o por desgracia uno ha nacido, se tiene acceso a todo tipo de historias, pasadas, presentes, reales, ficticias, locas, filosóficas… Es bueno comparar. Ya lo decía un poema del siglo XVI que te enseñan en la escuela, de “La vida es Sueño“, de Calderón de la Barca:

Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que cogía.
«¿Habrá otro», entre sí decía,
más pobre y triste que yo?»
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.

A mí el que me puso a comparar fue Lasse Hallström en la película sueca “Mi vida como un perro“. Es bueno comparar, dice. Es un niño que tiene que irse a vivir con sus tíos porque su madre está enferma. Él intenta que su madre le quiera y que su madre esté bien, pero la madre no puede, está ausente o en el hospital y el niño se encuentra solitario intentando adaptarse a su nuevo mundo. Mientras tanto se consuela pensando en la pobre perrita Laika, abandonada a su suerte en el espacio y en otros personajes para aliviarse, para entender que en esta puñetera vida todos tienen sus desgracias, y que quejarse está bien, pero que hay muchísima más gente que está peor que nosotros, verdaderamente mal, y que tienen más motivos pero seguramente no les soluciona nada quejarse. Quejarse es un lujo que en este mundo sólo unos pocos nos podemos permitir. Me encantó esa película, me hizo click en las neuronas y dejé de comportarme como una víctima. Pues eso: cine.

P.D. Mi madre no me dejó comprar un perro.

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