Monthly Archives: August 2016

El club de los poetas muertos

Me subo yo a la mesa del Insti, y en menos de media hora estoy en casa con un papelito del jefe de estudios
Me subo yo a la mesa del Insti, y en menos de media hora estoy en casa con un papelito del jefe de estudios

El cine era muy importante para nosotros, como le pasaba a Ignatius Reilly, el protagonista de La conjura de los necios: «Cuando fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.» Pero como J. K. Toole, el buen escritor de la novela galardonada con el Pulitzer, se había acabado suicidando, procurábamos a su vez disfrutar de la vida misma fuera del cine, una cosa no quita la otra.

Para confirmarlo nos vino muy bien el estreno de “El club de los poetas muertos” – ¡Oh Capitán, mi capitán! – que insistía en lo que nosotros ya intuíamos que era importante: Carpe Diem, aprovecha el momento. El protagonista de la película, uno de los muchachos, quiere ser actor y su familia no se lo permite, tiene su vida ya planificada por sus padres para ser médico y un respetable profesional como debe ser. Entonces el hombre lo ve muy negro y decide que no merece vivir una vida que no le corresponde, al contrario que “Otra mujer“, de actitud dócil y conservadora, pero siendo un poco lo mismo, y aprovecha el momento (Carpe Diem) y se suicida colgándose de una maroma. ¡Hombre no!, se pasó un poco. Yo creo que uno no se puede ir sin luchar como Stephen Biko en “Grita Libertad“, o como Dian Fossey con los Gorilas, la lucha en sí merece la pena y es pasión y es vida, y el chaval debería haberse enfrentado a sus progenitores, escaparse de casa, entrar en un teatro ambulante, conocer una domadora de elefantes… El suicidio siempre es una elección fácil o desesperada que desde luego nosotros teníamos claro que no estaba entre nuestras primeras opciones. Había que aprovechar la vida, ¡Oh Juventud! ¡Mi Juventud!

Una tarde de sábado que los padres de un vecino logroñés se habían ido, fuimos a su cuarto trastero, en donde guardaban unas garrafas de estupendo Rioja cosechero, y aprovechamos el momento. Terminamos con dos garrafas cuyo contenido se hizo fuerte en nuestra sangre y después acabó siendo expulsado por todas las esquinas de la calle, que menos mal que llovía fuerte y se barrió notablemente. Hasta la niña de “El Exorcista” se hubiera sonrojado. Una vez más llegué a casa y conseguí que no me pillaran, nunca me pillan. No obstante pillaron a todos los demás y hubo un concilio Vaticano en el que todos fuimos condenados, aunque a mi madre se le escapaba la risa, que yo la ví.

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El imperio del Sol

Otro niño desgraciado
Otro niño desgraciado

Steven Spielberg nos teletransportaba a Shangai en plena segunda guerra mundial. Allí estábamos puntuales en el cine Principado el día del estreno de “El Imperio del Sol“, la segunda película de Christian Bale. Se trataba de todo un acontecimiento, un nuevo film serio de nuestro director favorito, que se había basado en la novela homónima y autobiográfica de J. G. Ballard. ¡Esta vez sí que iba a ganar un porrón de Óscars!

Después de bombardear Pearl Harbor, los japoneses invaden Shangai y ocupan la zona internacional que es donde vive el joven Jim, un mocoso consentido y ricachón, con sus padres. En el caos se separa de su familia, y se queda vagando por las casas abandonadas comiendo lo que puede encontrar hasta que se agota el suministro y se entrega a los japoneses, que lo meten en un campo de prisioneros. El niño tiene que adaptarse, pero va perdiendo el juicio poco a poco, su realidad pasada se desvanece y se olvida de sus progenitores. Aunque los japoneses son sus enemigos, él se identifica de algún modo con ellos, porque adora a los pilotos con sus espléndidos aviones y porque siente que el campo es un sitio más seguro para él. Se monta una nueva familia y busca un nuevo orden, pero los japoneses van perdiendo y las cosas se ponen difíciles. Algunos de sus amigos mueren. Intenta reanimar a los muertos diciendo “tengo que salvarlos a todos” como queriendo que nada cambie, que nadie muera, pero es evidente que no puede. Es testigo de la explosión de la bomba atómica de Nagasaki y él se piensa que es el alma de la señora Victor, amiga suya, que se acaba de morir y que asciende al cielo. La destrucción de una ciudad confundida con un alma.

En la escena final, los padres de Jim no lo reconocen inicialmente, pues está muy cambiado y endurecido por las experiencias vividas. Su maleta (con la que vivió todas sus experiencias en la guerra) aparece flotando en el río. Es el símbolo de la niñez perdida que nunca volverá.

La música es de John Williams, naturalmente. Ignorábamos que David Lean estaba en el ajo, y que parece que la primera mitad de la película es casi suya, pero Spielberg quiso ser el director. La obra sufrió críticas severas, que si era una aproximación pija de clase media-alta, o que el objetivo serio de la película se veía debilitado por la muy desvergonzada aproximación infantiloide que hacía Spielberg. En taquilla no funcionó muy bien, y Spielberg respondió que no le importaba, que bien se había ganado el derecho de un fracaso comercial. Sus amigos de Hollywood nominaron la cinta a seis premios Óscar, Spielberg excluido, y no ganó ninguno de ellos ¡Estábamos indignados! Menos mal que los Polines estaban ahí, cubriendo las injusticias.

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Distant Voices

Al principio pensaba titular este blog como "Voces Distantes"
Al principio pensaba titular este blog como “Voces Distantes

Éramos cuatro adolescentes atrapados, con ganas de escapar pero no podíamos. Así es muchas veces la adolescencia, un período en donde se hace evidente la jaula del nido, donde el pájaro ya se siente con fuerza para volar, pero no se le permite, porque tiene que estudiar, construirse, aprender… Los padres no entienden que los tiempos cambian, y los hijos no comprenden que los tiempos nunca cambian. Te crees que lo sabes todo, y quizás es cierto que no hay mucho más que saber. Han pasado 30 años. En fin, ya intuíamos los cuatro que huiríamos en cuanto pudiéramos, pero hasta que llegase el momento, nuestro refugio éramos nosotros mismos, y el cine, siempre ahí, como un agujero negro a otra dimensión.

Éramos conscientes de que el cine era nuestra guarida por distintas razones, unas veces para disfrutar y divertirnos con aventuras galácticas, otra veces para sufrir y gozar de terror, en muchas ocasiones para desconectar y escapar de la mediocridad de nuestra comunidad tibia, del lado oscuro y de unas familias conformistas en la Vetusta que no ha variado ni un pelo desde La Regenta; otras para aprender y descubrir, y también para compartir juntos sin necesidad de explicaciones nuestras reconocidas desdichas, que conjuntamente aceptábamos que no eran para tanto, sólo había que comparar.

Cuando sentados en la butaca se apagaba la luz y el haz del proyector se extendía denso y blanco sobre nuestras cabezas, quedábamos en paz y ya no estábamos en Oviedo, si no en un agradable lugar exterior. Nos sumergíamos en el río de luz repleto de millones de partículas inquietas de polvo, y aparecíamos juntos en algún mar lejano. Cuánta gente estaría viajando con nosotros…

Magia!
Magia!

Otra mujer

Una mujer, otra mujer
Una mujer, otra mujer

De repente Woody Allen nos sorprendía de nuevo y estrenaba una película existencial contemporánea. Como decían los del Daily Telegraph “Una de las películas más cortas, menos divertidas y mejores de Woody Allen”. Para mí que Woody Allen se toma la vida como una broma, pero en serio. Pero broma al fin y al cabo. Intenta imitar o seguir a Ingmar Bergman pero como no puede le salen chistes y crea su propio estilo. En este film, muy Bergmiano a lo Fresas Salvajes, el humorista judío-humanista pone a su protagonista, una exitosa mujer de 50 años interpretada por Gena Rowlands, contra las cuerdas, al hacerla revisar su vida anterior con una objetividad que no había tenido nunca, y descubre que su existencia ha sido miserable y gris, una farsa, vacua. Que ha perdido la oportunidad de una vida más intensa, más auténtica, con riesgos y pasión, por preferir la comodidad de una ruta vital más fácil por los caminos de lo convencional y socialmente aceptado.

Incluso sale un poema que estuve rumiando un buen tiempo. A veces Woody Allen saca en sus películas poemas estupendos:

Torso de Apolo

No conocimos su inaudita cabeza,
en la que maduraron los frutos de sus ojos. Pero
su torso arde aún cual candelabro,
cuyo mirar, tan sólo atenuado,

perdura y resplandece. De otro modo la saliente
de su pecho no podría deslumbrarte, ni podría avanzar
una sonrisa por la silenciosa curva del lomo

hacia aquel centro de la procreación.

De otro modo esta piedra deformada y truncada
no se erguiría bajo la transparente caída de los hombros
ni centellearía como el pelaje de una fiera salvaje;

ni estallaría desde todos sus bordes como una estrella,
pues no hay en ella un sólo lugar que no te vea.
Debes cambiar tu vida.

Rainer Maria Rilke, Nuevos poemas, 1908

Acaba la película y dice: “Y me pregunté si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido”. Y salí del cine Ayala shockado pero decidido a que a mí no me iba a pasar lo que a esa mujer, que mis recuerdos serían sólidos y serían míos, y por supuesto que querría a mi familia e intentaría que estuvieran orgullosos de mí, pero sin renunciar a mí mismo ni un ápice. Como buen adolescente, tenía que ir construyéndome, y mi manera de hacerlo era película a película, que siempre me influyeron mucho. También podría haber visto Rambo y acabar a tiros por algún frente, pero las historias que yo elegía no eran violentas, me encauzaba por otros derroteros.

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Gorilas en la Niebla

Dian Fossey tenía el mono
Dian Fossey tenía el mono

Películas como “Arde Mississippi” o “Cry Freedom” me causaron un impacto profundo. Me impresionaba cómo la gente se veía obligada a luchar por sus derechos básicos, y cómo los malos son siempre los fanáticos, los codiciosos y los incapaces o los que no quieren entender a los demás. Comprender el racismo a través del cine me dejó huella y pude entrever un poco de las tremendas injusticias de la humanidad, que no son historia, sino que son cotidianas. Empecé a tomar partido y a participar en actividades con componente político, sobre todo para aprender y entender.

Sigourney Weaver volvía a la pantalla en el papel de Dian Fossey, una zoóloga comprometida en la investigación y conservación de los gorilas de alta montaña. Todo un personaje esa señora que se involucra hasta el fondo en la protección de los gorilas y se enfrenta a quien haga falta. Hasta se volvía medio loca, pero yo admiraba esa locura convencida repleta de sentido lógico en el propio orden de la protagonista, mucho mejor volverse loco por principios sólidos y coherentes que por dinero o por ambición. Y morir en la lucha no es la peor de las opciones, tiene dignidad y heroicidad. A la pobre Dian la mataron de un machetazo en su cabañita de Rwanda, y allí sigue enterrada, cerca de sus gorilas. Visité su tumba en Junio de 2003, la gente le dejaba plátanos y flores.

La actriz lo bordaba. Era un papel muy complicado, pero Sigourney se sale. Sobra decir que le dimos nuestro premio Polín a la mejor actriz a la buena de Sigourney Weaver, que para variar con las injusticias, en el mundo real, tuvo que ver desde su butaca cómo le daban el Òscar a Jodie Foster por esa apología de la violación que era “Acusados“, que te pasas toda la película esperando a ver la violación, que la ponen explicitamente al final, para descubrir lo que de verdad pasó y que es lo que todos sospechamos ya desde el primer minuto: Sí, la violaron bien violada.

En las nominaciones de los Óscar de ese año preferíamos mucho más a Glenn Close, e incluso a Melanie Griffith, aparte de la favorita ya mencionada y de la sorprendente Gena Rwolands en ‘Otra Mujer‘. Pero los académicos… ya se sabe, en vez de darle el óscar a la mejor actriz lo dieron en contra de la violencia y el abuso de género, que es una buena causa y así irán todos al cielo.

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El festín de Babette

No está hecha la miel para la boca del asno
No está hecha la miel para la boca del asno

Retomé mi faceta culta de cine escandinavo subtitulado con Jorge. Pusieron “El festín de Babette” en las salas Clarín, y para allá fuimos. Dos ancianas, Martine y Philippa, protestantes y muy pías en la Jutlandia del siglo XIX, qué apetecible comienzo, reciben en su casa a una refugiada francesa que huye de la contra-revolución en París. La adoptan de cocinera y así conviven durante 14 años. Todo los años, la pobre mujer, mantenía un juego de lotería en Francia y va y le toca. Y decide organizar un festín para conmemorar el 100 aniversario del reverendo padre de las ancianas, fundador de la congregación. Monta una mesa digna de emperadores, pero las viejas temen que semejantes manjares sean un pecado de lujuria sensorial, un acto del mismísimo diablo, así que deciden cenar, pero no disfrutar de la cena. Qué estupidez.

Esa mujer tan agradecida que se gasta el dinero que le toca en la lotería en hacer un menú nunca visto, y esa panda de cretinos religiosos que no lo disfruta como debería, porque creen que es cosa de Satanás. Y resulta que la señora ha sido la chef del reconocidísimo Café Anglais de París, en donde el menú para 12 cuesta 10000 francos, y se ha gastado todo el dinero de su premio en la celebración. Por suerte los manjares son tan exquisitos que obran milagros y quiebran la desconfianza y las supersticiones de los comensales, elevando su espíritu y su alma.

La vieja Martine le dice con lágrimas en los ojos “ahora serás pobre por el resto de tu vida”, y Babette le responde “Un artista nunca será pobre” – ¡Toma ya! – y la vieja Philippa añade “En el paraíso serás la gran artista que Dios quiso que fueras” – y acaba – “¡Cómo les vas a encantar a los ángeles!” – Y a los gusanos – añadía yo en mis pensamientos

Muchos simbolismos encerraba este filme, la moral protestante frente a la católica, la hipocresía religiosa, filosofías de vida. Yo me quedé con el agradecimiento magnánimo de la francesa, que me parecía muy honesto y generoso.

Todas estas historias, tan bien contadas, originaban reflexiones largas que iban, venían y reaparecían con el tiempo. De repente me gustaban más los héroes de a pié, que buscaban su camino en la vida, o que intentaban seguirlo manteniendo sus convicciones que las películas comerciales de consumo fácil y estructura fija y previsible. Me hacía mayor.

Babettes gæstebud (Gabriel Axel, DK, 1987)
Babettes gæstebud (Gabriel Axel, DK, 1987)

Verano del 42

En la vida de cada uno siempre hubo un verano del '42
En la vida de cada uno siempre hubo un verano del ’42

Madame 80 de nuevo me recomendaba con marcada simpatía una cinta antigua (del 71) – Sé que ésta te va a encantar – me dijo, y me pasó Verano del ’42. Sus anteriores consejos no me habían ido nada mal, así que la acepté de buen grado; no obstante su amabilidad levantaba mis suspicacias, y no levantaba nada más. Se apreciaba un intento de cercanía muy diferente al habitual entre dependiente y cliente, me escamaba. En cualquier caso me fui a casa a ver la película.

A la vez que en mi país se disfrutaba de la reposición de Verano azul, yo iba a ver otro verano. Un verano de recuerdos y de adolescentes que transcurre en Massachusetts, que era un sitio que me encantaba pronunciar. Massachusetts.

Tres adolescentes se pasan un verano tranquilo y estupendo en un pueblo costero estadounidense mientras la segunda guerra mundial está en punto álgido. Los tres son vírgenes y se plantean dejar de serlo – la gran preocupación americana – y con la ayuda de un manual de sexo que encuentran intentan ligarse a las chicas del pueblo. Sin embargo Hermie, el protagonista, se queda prendado de una señora casada que vive junto a la playa. La señora es Jennifer O’Neill, muy guapa ella, y su marido es un piloto que se va a la guerra. Poco a poco Hermie entabla amistad con ella. Un atardecer él llega a casa de la señora y se encuentra con que su marido ha fallecido en Francia. Él la consuela y ella lo consuela a él, pero la escena no resulta escabrosa ni nada de eso, al contrario, es muy tierna y triste bajo los compases de la música de Michel Legrand, que resulta muy conveniente en todo el metraje.

Uno de los mejores momentos del filme es cuando intenta comprar condones en el economato, una escena antológica del cine.

Desgraciadamente yo me pasé la película pensando en Madame 80. Cada vez que salía la señora me imaginaba que era ella, y me planteaba si necesitaría pasar la vergüenza de comprar condones para devolver la película. Decidí devolverla en hora punta y como con prisa. Entré cuando había mucha gente y la dejé en el mostrador – ¡Eh! qué tengo otra para tí – alcanzó a decirme mientras ya me iba. En su mano se mostraba “El Graduado“. – Otro día – respondí, y salí y tardé en volver.

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Amarcord

Los recuerdos de la gente se parecen
Los recuerdos de la gente se parecen

Madame 80 era tan simpática conmigo. Ahora me invitaba a ver una película italiana que había ganado el Óscar y que se llamaba Amarcord, así que le hice caso. Aunque la producción era de 1973, la cinta VHS era de 1984, completamente nueva, y la primera en respetar el formato original en video mediante letterboxing, es decir, preservando la relación de aspecto de la imagen original, muchas veces con el añadido de barras negras en la parte superior e inferior de la pantalla. El director era muy famoso, Federico Fellini, y nunca había visto nada suyo, así que me apetecía. Además la peli iba de un muchacho que crece en su pueblo italiano, con muchos componentes autobiográficos del propio director, que había nacido en Rímini, perfecto para mi ciclo de chicos que se adaptan.

La narración no es lineal exactamente, enseguida te das cuenta de que esta película no es como ninguna otra. Situada en la Italia falangista de 1930, la primavera llega al pueblo y a partir de ahí se exhibe un retablo completo de personajes caricaturizados hasta lo grotesco. Los maestros de la escuela se semejaban tanto a mis maestros que no supe si reír o llorar. Hay un narrador, una buena música de Nino Rota y un protagonista, Titta, el adolescente Alter Ego de Fellini, sobre el que gira una gran parte del particular mosaico compartimentado que conforma la narración, presentado como un joven despreocupado por su entorno pero absorbiendo datos del mundo que le rodea como una esponja.

Tiene escenas de comedia notables, como las travesuras de los colegiales, o la antológica escena de la estanquera asfixiando con sus exuberantes senos al pobre muchacho. En mi pueblo teníamos a Gregoria, que no era estanquera pero tenía unas tetas inmensas, y que desde entonces sería para mí la tía Fellini. La recuerdo con sus pechos inmensos y los guantes de catar vacas mientras fumaba un cigarrillo sin filtro. Que en paz descanse, yo me preguntaba si podrían cerrar el ataúd, pero sí pudieron.

Resultó que descubrí que Fellini estaba también a mi alrededor, sólo había que rascar un poco sobre el adoctrinamiento global y pensar con una ligera independencia. Algo le comenté a Madame 80 cuando le devolví la cinta, y ella me preguntó qué había sentido en la escena de la estanquera. Yo me reí, sin más, con una pizca de vergüenza.

Las tetas de la estanquera
Las tetas de la estanquera

Muerte en Venecia

¿Qué tiene el niñato ese que trae loco al viejo?
¿Qué tiene el niñato ese que trae loco al viejo?

La señora del videoclub “Star 80“, mi favorito, junto a la plaza de América, era muy simpática conmigo. Si mi madre me pedía que fuera a por el pan, justo en frente de casa, me quejaba y no quería ir, pero nunca tuve ningún impedimento para correr a la plaza de América al videoclub a ver a la dependienta. La llamábamos Madame 80, porque era como una madame de película con un sofisticado moño rubio teñido bien prieto y notable. Perfectamente podía haber participado en el cast de Armas de mujer. Cuando vio que devolvía los 400 golpes me recomendó “Muerte en Venecia” y la alquilé. Me dijo que era historia del cine.

La peli va de un viejo compositor tonto que se va a Venecia a curarse de su enfermedad y se queda pillado por un chaval melenitas y medio pánfilo, ¿cómo es posible que algo tan estúpido le devuelva la esperanza a un viejo desahuciado? ¡¡Si ni siquiera se cruzan una palabra!!

La historia aparentemente simple encierra complejos simbolismos, alguno de los cuales incluso yo pude comprender a los 14 años. Se trataba de una de las últimas películas de otro gran director del cine, un italiano llamado Luchino Visconti, que adaptaba una novela corta de 1912 escrita por el autor alemán Thomas Mann.

Venecia, la ciudad de las apariencias, romántica, burguesa, carnavalesca, es también a la vez la ciudad de la decadencia y la muerte. Un viejo en caída vital encuentra desmedido interés en un joven adonis representante de un ideal de belleza. El chiquillo, que se llama Tadzio, se convierte en una obsesión para el compositor, que vive un drama interior de lucha entre su moralidad convencional y las pasiones prohibidas. Encantado por este nuevo sentimiento vivo, resucitador, de amor, adoración o como quiera llamarse, se deja llevar y persigue y espía al muchacho patológicamente. De repente hay una epidemia de cólera y tiene que decidir entre marchar o quedarse. Elige sentir y se queda. Fallece en la playa mientras Tadzio juega y ni siquiera se da cuenta, Juventud divino tesoro.

Yo deduje que tenía que montarme la vida de forma que no podía acabar de una manera tan patética como el compositor.

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Yo siempre pensé que a Tadzio le faltaba media hostia

Los 400 golpes

Un fin desolador
Un fin desolador

Comencé a interesarme por historias de niños desgraciados y supervivientes, por alguna razón había muchas películas al respecto y además ganaban siempre premios, así que me puse a revisar los catálogos del videoclub y encontré unas cuantas. De esta manera me inicié en la Nouvelle Vague con el niño de “Los 400 golpes” de Truffaut, Antoine Doinel, que Aute cantaba repetidamente por la radio. De una forma sencilla y natural se narran las mil y una vicisitudes de un crío desamparado por sus padres y que no encuentra su lugar. Irremediablemente está condenado a la calle y a la delincuencia, un descenso progresivo y desolador, y para salvarse decide que tiene que ir al mar, un objetivo. Soñaba con la libertad y casi instintivamente se lanza a la busca de sus sueños, simbolizados en ese mar que nunca había visto… Se escapa del reformatorio y llega a la playa, corre por la arena con un punto de angustia y pisa la orilla del agua. El mar está gris. Él se da la vuelta y se queda mirando a cámara ¿Y ahora qué? Me resultó desconcertante. Acostumbrado como estaba a identificarme con el protagonista de la película, estaba deseando que ya llegase al océano y encontrase alivio, pero no. Se acaba la película y te quedas con una sensación de ansiedad y de vacío que te acompañan durante mucho tiempo.

La película tiene base autobiográfica del propio Director, que consideraba al cine como una manera de autoconocimiento personal. De hecho el actor que hacía de Antoine Doinel se convirtió en Alter Ego de Truffaut hasta el punto de que lo confundían con él. Trabajaron juntos en siete películas. La infancia de François Truffaut había sido difícil y se refleja en el filme: el preadolescente con serios problemas familiares y escolares, el ausentismo escolar (en el caso de Truffaut, para asistir al cine), los pequeños robos… Era un tipo con un bagaje cultural y cinematográfico importantes, incluso había trabajado en la famosa revista Cahiers du Cinéma, y había sido un crítico tan punzante que le habían negado la entrada en el festival de Cannes. Al año siguiente de tal prohibición presenta esta película y gana el director, qué buena anécdota.

Cuando ví “Los 400 Golpes” se acababa de morir Truffaut a los 52 años y me dió pena que no pudiera hacer más películas. Busqué más títulos suyos y ví “El pequeño Salvaje“, “La Noche Americana” y “Fahrenheit 451“. Ésta última no me gustó nada y ahí acabé el ciclo en esa época.

La forma sencilla, cercana y humana que tenía Truffaut de contar sus películas me convenció completamente y se convirtió en referente. Como él decía: “no hay buenas historias, sólo hay buenas películas”