Category Archives: cinefilia

La ley del deseo

Qué bueno el poster
Qué bueno el poster

Tanto “Amor y Pasión” “En Penumbra” con “Fuego en el Cuerpo“, al final se impuso “La ley del Deseo“, lo que le faltaba al corral. Era nuestro bautismo de Almodóvar, y a partir de entonces ya no nos perdimos nunca ninguna de sus películas, incluso asistíamos ávidos a los estrenos. Comenzaba el despegue del cine español, que hasta entonces había sido incapaz de salir de su narrativa casposa y pedante dependiente de subvenciones, por mucho que a Garci le hubiera tocado un Òscar por “Volver a empezar“.

Hasta la llegada de Almodóvar el cine español agonizaba enmohecido, no tenía puertas para afuera, desde Buñuel, salvo muy contadas excepciones y cineastas que no acabaron de cuajar. Almodóvar era fresco, era libre, te sorprendía pero a la vez era cotidiano, espontáneo, fluido, y era muy divertido.

La originalidad de Almodóvar es genuina y guarda una erudita complejidad bajo la aparente superficialidad. Frecuentemente sus múltiples detalles son más importantes que los hechos: Los cuerpos se filman como si fueran territorios. La ropa, los vestidos, son parte esencial de la historia: ese vestido con una cremallera a corazón abierto de Carmen Maura cuando pide “¡Riégueme!”, y que luego se abre entre las piernas. El proceso de desvestirse, quitar los pantalones, desabrochar la camisa, se convierten en ceremonias entretejidas con el hilo argumental. En la huida de Eusebio Poncela la carretera aparece reflejada en sus gafas de sol y, al quitárselas, sus ojos se convierten en las llantas del coche mostrando el movimiento.

“La ley del deseo” manda a un muchacho que se restriegue el paquete en un espejo en esa secuencia inicial en la que vemos al actor obteniendo instrucciones para ejecutar una escena erótica. El chico se sienta en la cama para recibir las órdenes del director, una voz presente y ansiosa que lo hace desnudarse, masturbarse y pedir que lo folle. La voz que autoritaria conmina a la pasión y que resulta ser tan sólo una ilusión.

Nos pareció fantástica, y claro, tanta película con homosexualidad, al final tuvo que ocurrir, sobre todo nosotros que vivíamos las películas con intensidad y sacábamos para casa el cine de las salas. Y teníamos un gay infiltrado… Lo cuento en el post siguiente.

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Maurice

Maricas del siglo XX
Gays del siglo XX

En los mismos cines Clarín programaron la semana siguiente un filme basado en un libro Edwardiano que estaba escrito en 1914 por Edward Morgan Forster. Maurice, la novela en cuestión, sin embargo, no fué publicada hasta 1971, después de la muerte del famoso escritor, y tanta polémica no es más que porque trata de un romance no condenatorio entre personas del mismo sexo, dos hombres en este caso.

Maurice, la película, era un proyecto del productor Ismail Merchant y del director de moda James Ivory. Este director estaba en racha, porque había hecho con mucho éxito de crítica “Las Bostonianas” y “Una habitación con vistas“, y este último atrevimiento suyo que se presenta consiguió varios premios en Venecia. Mostraba una elegante maestría a la hora de contar historias de principio de siglo, sobre todo británicas, con pausa, sosiego y respeto a los autores originales, exquisita ambientación y cuidadísimos detalles, pero a su vez fácilmente asimilables y disfrutables por la gente de los 80. Escena tras escena se recrean con elegancia una tarde lánguida flotando en el río en Cambridge, un fortuito juego de cricket entre señores y sirvientes, la rutina diaria en la universidad, visitas a las casas de campo… y se muestra una sociedad, un amor idealista prohibido y una pasión física contra la ley de Dios y sobre todo contra la ley del hombre, que es lo que les preocupa más.

Salimos de ver esta película con silencio. Entre Amor y Pasión, En Penumbra y ahora Maurice, el tema de la sexualidad y el amor libre bullía de distintas maneras en nuestras cabezas. A ver si ocurre con la sexualidad como con todo lo demás, que te dicen lo que tienes que hacer y lo que te tiene que gustar. ¿Se puede elegir de quién enamorarse? La homosexualidad nos daba respeto, porque llevaba un sanbenito de pecado y de contra natura manipuladísimo, amén de profundamente arraigado, pero de la misma manera que no descartábamos probar algún día y discutíamos sobre las barreras psicológicas establecidas sobre bases etéreas, sabíamos que no se podía hablar de ello alegremente. Departíamos entre nosotros porque contábamos con un homosexual secreto en el grupo que nos tanteaba, que una cosa es estar abierto a muchas cosas, pero otra muy diferente tener la valentía para reconocer que se es homosexual, algo que en los 80 seguía estando muy mal visto. Igual que 75 años antes en la Inglaterra de Forster, tampoco había cambiado tantísimo el tema. Vamos, que ni se me ocurrió decirle a nadie que habíamos ido a verla.

MAURICE, from left: Rupert Graves, James Wilby, 1987, © Cinecom

Amor y Pasión

Un Tinto de verano
Un Tinto de verano

Me gustaría recordar que en aquellos tiempos no existía el internet, y que el acceso al porno era complicado y acarreaba muchos riesgos en una ciudad tan conservadora como la nuestra. Podías acabar prisionero en una dirección espiritual del Opus Dei. Ver tetas, culos y coitos no era nada fácil, pero nosotros lo intentábamos, por curiosidad y para aprender, claro. Si el cine nos había enseñado a besar por qué no aprender el paso siguiente. En cualquier caso prefería ver cine antes que un vídeo porno, con todos los respetos, pues me daba más morbo un erotismo bien contado que todas las vaginas, pechos, culos, penes enhiestos y lubricaciones juntos. Y dado que “Calígula” nos había resultado muy “interesante”, fuimos a los minicines Jorge y yo un Domingo, sin decirles nada a los otros, a ver secretamente por la noche “Amor y Pasión“, que también era del gran cineasta Tinto Brass y que como siempre con él muestra unos cuantos panderos bien redondos.

Sacamos las entradas poniendo voz de barítono, aunque no hacía falta, porque los socialistas en el poder permitían que pudiéramos ver películas guarras. Nos fijamos que en torno a la taquilla había no pocos hombres con abrigos y gabardinas la mayoría fumando. En fin, entramos y estábamos solos en la sala, no había ni un alma – ¡Qué bien! El cine entero para nosotros – Pero fue apagarse las luces y la caterva de hombres fumadores que estaba fuera comenzó a entrar aprovechando la oscuridad. Algunos se sentaron cerca nuestro, y algunos no se quitaron la gabardina en toda la sesión, e incluso movían ocasionalmente las manos en sus bolsillos. En ese momento comprendimos el por qué del rancio olor a pocilga de los minicines.

Basada en una novela de Mario Soldati, escritor y director de cine, la cinta cuenta la historia de una pareja que sirvió en Capri durante la segunda guerra mundial y que vuelve en 1947, encontrándose con sus respectivos antiguos amantes. Como siempre con el señor Brass, salen amplios traseros, vellos pubicos, pilosidades femeninas varias, sus particulares fetiches sexuales en contra de la hipocresía y censura del cine imperante.

Al acabar al sesión estábamos de nuevo solos en la sala, todos los individuos habían ya desaparecido a velocidad express. Al salir nos encontramos con mi primo de Gijón y nos preguntó de qué película veníamos – de ver El Oso – respondimos, no podíamos retratarnos y descubrirnos, y nos tuvimos que inventar piezas del argumento sobre la marcha para explicarle a mi primo, que tenía interés por verla – es muy buena, mucho pelo, jajaja – Nos daba vergüenza reconocer que habíamos ido a ver “Amor y Pasión”.

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Calígula

Telita con el emperador
Telita con el emperador

En el segundo ciclo sobre películas prohibidas que pudimos hacer vimos “Calígula“, una cinta de orgías romanas realizada por un director Italiano, Tinto Brass. A más de uno nos puso a tono. Había una versión antigua, de 1979, pero en 1984 sacaron una versión sin censura, muy fuerte. Era mi primera película “X”, que era todavía más fuerte que “S“, aquella “S” que veía en los cines de Bilbao y que tanto me atraía, al fin iba a ver una de esas ¡Qué transgresión!

A pesar de la carnaza, grandes actores participaban: Malcolm McDowell, Peter O’Toole, John Gielgud y Helen Mirren. El guión original fue escrito por el famoso y reconocido autor estadounidense Gore Vidal, que pretendía mostrar la realidad excéntrica y excesiva del emperador romano con tratamiento histórico a la par que veracidad visual. La libertad sexual, la promiscuidad y la impudicia del controvertido Calígula eran escandalosamente novedosas, y tan viejas como el mundo. Había homosexualidad, lluvia dorada, zoofilia, sadomasoquismo, una locura pervertida y explícita que nos dejó los ojos muy abiertos, entre la excitación y la sorpresa, la barbaridad y el placer. Era lo más porno que habíamos visto hasta entonces y teníamos sensación de haber franqueado una barrera prohibida, un paso hacia delante sin retorno en el mundo adulto.

Sin embargo seguíamos siendo inocentes. Yo prefería mucho más seguir viendo estas películas con mis amigos que aceptar otras invitaciones a casa de mis compañeros de clase a ver películas directamente porno. Y eso que insistían, pero nunca quise ir. Al día siguiente contaban sus hazañas y todos nos reíamos. Uno de ellos tenía un padre invidente, y era precisamente en esa casa donde veían las películas. Se sentaban en el sofá y ponían una toalla cubriendo las entrepiernas y por encima una manta, y así se masturbaban, en grupo ante la tele con cierta discreción. Pues bien, un día llegó su padre prematuramente de trabajar, era ciego y vendía cupones, y los pilló en plena faena. – ¿Qué hacéis? – Hola papá, pues nada, viendo una película. – No, no os molestéis, ¡seguid viéndola! Por mí no apagues la televisión – decía el padre mientras caminaba hacia su sofá, y tocaba la manta – Oye, y ¿por qué tenéis una manta? – Es que hace frío – ¿Frío? ¡si estamos en un Mayo esplendoroso! – Es que venimos de jugar al fútbol y sudar mucho – ¡Ah! Será por eso – Y el padre iba y venía – En la película suenan gemidos – ¿Qué carajo de película es ésta que estáis viendo? – Es una de guerra, es que están torturando a la chica – Pues le duele bien – Y todos se ríen a carcajadas – hasta que el padre se da cuenta y les grita – ¡Panda de guarros! a hacer esto en vuestra casa, ¡Tinín qué poca vergüenza tienes! Se llamaba Tinín el compañero.

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Terciopelo azul

La canción se te mete
La canción se te mete

Al igual que habíamos hecho ciclos de cine de terror, hicimos ciclos de cine erótico-festivo. El primero tuvo lugar en cierta ocasión en la que el cuñado de Jorge se marchó de vacaciones con la hermana, y dejó el piso libre con el video beta dentro; y teníamos la llave. Así que fuimos al videoclub, que ya contaba sólo con una brevísima sección Beta, y escogimos “Terciopelo Azul” y “Porky’s“, lo mejor que les quedaba en la exigua estantería, aunque a “Terciopelo Azul” le teníamos muchas ganas, porque no nos habían permitido ir a verla en el estreno y estábamos oyendo hablar de ella constantemente.

Así que allá fuimos, esperando ver de qué trataba ese sadomasoquismo que tanto se traía la prensa especializada con Isabella Rossellini para aquí y para allá. Y nos sedujo la película, quedamos hipnotizados en el surrealismo de Lynch sin entender del todo esa dualidad que se presenta entre lo normal y bien visto y lo oscuro y lo secreto, pero percibiéndolo inconscientemente y absorbiéndolo todo, envueltos en la tan bien utilizada música, ella llevaba puesto terciopelo azul, ¡Buff!

Lynch estuvo nominado al óscar al mejor director (por segunda vez) y si no lo ganó es porque los académicos son una panda de conservadores temerosos. Quizás el fracaso de Dune impregnaba al director aún, pese a que su nueva obra era completamente personal y diferente, la consolidación de su individualismo torcido, “askew vision“, y de su exclusivo estilo negro, psicológico y onírico. La atmósfera perturbadora y surrealista que se construye es del todo magistral e inquietante. Bebía de Buñuel y el perro andaluz, y también de Hitchcock y del cine clásico. Numerosos simbolismos pululaban por el metraje: hormigas, insectos, un mirlo… La famosa oreja se asemejaba a la del infierno musical del Jardín de las Delicias de El Bosco; El conjunto ofrece complejas lecturas, la mayoría de las cuales se nos escapaba entonces. Y al final…

…I still can see blue velvet
Through my tears

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Fuego en el cuerpo

Me se quema la piel con tus besos
Me se quema la piel con tus besos falsos

Hay muchos aspectos en el mundo a explorar, teníamos tantas cosas que aprender. Fuimos a ver “Fuego en el cuerpo”, una película que nos encantó particularmente.

Pese al llameante título no se trataba de una historia sobre Juana de Arco quemada en la pira de la condena humana, ni de monjes budistas ardiendo a lo bonzo. Sabíamos lo que queríamos ver y esta vez no se trataba de política ni de historia, era carne cruda. Ya he dejado claro que Kathleen Turner nos gustaba a todos, tan vital, ondulada y turgente. Además la película era la primera de Lawrence Kasdan como director, que había sido guionista de “En busca del Arca perdida” y de “El Imperio Contraataca“. Y vaya si contraataca, que las tórridas escenas de sexo bastante explícito abundan por la película y el pobre William Hurt no puede más que sucumbir ante los encantos de Kathleen “Femme Fatale” Turner y hasta rompe una ventana de purita tensión sexual. Pero también era un filme negro de crímenes al estilo antiguo. La revista Variety escribió: «Fuego en el cuerpo es un fascinante y elegante melodrama donde el sexo y el crimen andan de la mano con rumbo al infortunio, justo como en las películas de antaño» Pero con el añadido de la guinda erótica que en los 80 se podía permitir hasta límites por descubrir, había que ir probando, y que en los años 40 apenas se podía insinuar. Los críticos masculinos se rendían a la Turner mientras que las pocas críticas femeninas no estaban tan impresionadas.

Como no podía ser de otra forma fue un gran éxito de taquilla. Con esta película se consolidó el desarrollo del thriller erótico en los siguientes años con protagonistas como Madonna (Body of Evidence), Glenn Close (Atracción Fatal), Melanie Griffith (Bodie Double), Kevin Costner (No way out), Dennis Quaid (Querido Detective), Kim Basinger (9 semanas y media, Final analysis) y que quizás alcanzó su cénit con Instinto Básico y la escena que todos conocemos de Sharon Stone (Charito Piedra). Me refiero a cuando se le ve todo lo negro al cruzar las piernas, por si hay algún despistado.

“Fuego en el cuerpo” transmite el calor que anuncia e hizo que saliésemos sudando de la sala, como si hubiéramos estado en una sauna en vez de en un teatro de cine. El sexo existe y tiene buena pinta.

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Quieto, Muere, resucita

Otro niño desgraciado
Otro niño desgraciado

Después de “La Pequeña Vera” pude ver la impactante “Quieto, Muere, resucita” en los cines Clarín. Esta película soviética de niños desgraciados, cómo a Jorge le gustaba decir, acaba con un final turbador.

El extraño título hace referencia a un juego y/o canción infantil rusa, pero es una película muy dura sobre la infancia. Dos niños intentan sobrevivir en unas condiciones terribles en una remota población minera de Siberia durante los años 40 del siglo XX, y salvan las circunstancias gracias a sus travesuras y a su instintivo humor. Viven ambos en los alrededores de un campo de internamiento para prisioneros de guerra -japoneses- y disidentes. Ambos realizan un inocente recorrido por el horror, la miseria, la violencia.  El aprendizaje del horror y no del heroísmo es el desgarrador balance de una educación sentimental condenada a la oscuridad. Se trata de un filme autobiográfico que porta la ira de su autor, Vitali Kanevski, que pudo dirigir su película a los 55 años después de haber sido condenado 8 años a prisión por una violación no probada. Para escribirla no cabe duda de que se inspiró en “Los 400 golpes“, porque la mirada del muchacho Valerka es muy parecida a la de Antoine Doinel, aparte del blanco y negro, pero la traducción a lo ruso resulta de una crudeza sobrecogedora, un testimonio escalofriante de lo que supuso el estalinismo, tan crítica que sólo en la época de la perestroika se pudo finalizar. Hay tanto paralelismo con la película de Truffaut, que hasta hizo una secuela con un Valerka más mayor titulada “Una vida independiente” (1992)

Al final el director dice ¡Corten! y se ve como se acaba la película, los técnicos, los actores y el cámara, pero una señora loca que ronda, la mujer enajenada, sigue gritando y brincando alrededor desnuda en una escoba; no es una actriz, es real, la locura auténtica. Como queriendo decir: esto que os he contado es de verdad, así estamos en Rusia.

Es bueno comparar. El mundo es así.

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El club de los poetas muertos

Me subo yo a la mesa del Insti, y en menos de media hora estoy en casa con un papelito del jefe de estudios
Me subo yo a la mesa del Insti, y en menos de media hora estoy en casa con un papelito del jefe de estudios

El cine era muy importante para nosotros, como le pasaba a Ignatius Reilly, el protagonista de La conjura de los necios: «Cuando fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.» Pero como J. K. Toole, el buen escritor de la novela galardonada con el Pulitzer, se había acabado suicidando, procurábamos a su vez disfrutar de la vida misma fuera del cine, una cosa no quita la otra.

Para confirmarlo nos vino muy bien el estreno de “El club de los poetas muertos” – ¡Oh Capitán, mi capitán! – que insistía en lo que nosotros ya intuíamos que era importante: Carpe Diem, aprovecha el momento. El protagonista de la película, uno de los muchachos, quiere ser actor y su familia no se lo permite, tiene su vida ya planificada por sus padres para ser médico y un respetable profesional como debe ser. Entonces el hombre lo ve muy negro y decide que no merece vivir una vida que no le corresponde, al contrario que “Otra mujer“, de actitud dócil y conservadora, pero siendo un poco lo mismo, y aprovecha el momento (Carpe Diem) y se suicida colgándose de una maroma. ¡Hombre no!, se pasó un poco. Yo creo que uno no se puede ir sin luchar como Stephen Biko en “Grita Libertad“, o como Dian Fossey con los Gorilas, la lucha en sí merece la pena y es pasión y es vida, y el chaval debería haberse enfrentado a sus progenitores, escaparse de casa, entrar en un teatro ambulante, conocer una domadora de elefantes… El suicidio siempre es una elección fácil o desesperada que desde luego nosotros teníamos claro que no estaba entre nuestras primeras opciones. Había que aprovechar la vida, ¡Oh Juventud! ¡Mi Juventud!

Una tarde de sábado que los padres de un vecino logroñés se habían ido, fuimos a su cuarto trastero, en donde guardaban unas garrafas de estupendo Rioja cosechero, y aprovechamos el momento. Terminamos con dos garrafas cuyo contenido se hizo fuerte en nuestra sangre y después acabó siendo expulsado por todas las esquinas de la calle, que menos mal que llovía fuerte y se barrió notablemente. Hasta la niña de “El Exorcista” se hubiera sonrojado. Una vez más llegué a casa y conseguí que no me pillaran, nunca me pillan. No obstante pillaron a todos los demás y hubo un concilio Vaticano en el que todos fuimos condenados, aunque a mi madre se le escapaba la risa, que yo la ví.

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El imperio del Sol

Otro niño desgraciado
Otro niño desgraciado

Steven Spielberg nos teletransportaba a Shangai en plena segunda guerra mundial. Allí estábamos puntuales en el cine Principado el día del estreno de “El Imperio del Sol“, la segunda película de Christian Bale. Se trataba de todo un acontecimiento, un nuevo film serio de nuestro director favorito, que se había basado en la novela homónima y autobiográfica de J. G. Ballard. ¡Esta vez sí que iba a ganar un porrón de Óscars!

Después de bombardear Pearl Harbor, los japoneses invaden Shangai y ocupan la zona internacional que es donde vive el joven Jim, un mocoso consentido y ricachón, con sus padres. En el caos se separa de su familia, y se queda vagando por las casas abandonadas comiendo lo que puede encontrar hasta que se agota el suministro y se entrega a los japoneses, que lo meten en un campo de prisioneros. El niño tiene que adaptarse, pero va perdiendo el juicio poco a poco, su realidad pasada se desvanece y se olvida de sus progenitores. Aunque los japoneses son sus enemigos, él se identifica de algún modo con ellos, porque adora a los pilotos con sus espléndidos aviones y porque siente que el campo es un sitio más seguro para él. Se monta una nueva familia y busca un nuevo orden, pero los japoneses van perdiendo y las cosas se ponen difíciles. Algunos de sus amigos mueren. Intenta reanimar a los muertos diciendo “tengo que salvarlos a todos” como queriendo que nada cambie, que nadie muera, pero es evidente que no puede. Es testigo de la explosión de la bomba atómica de Nagasaki y él se piensa que es el alma de la señora Victor, amiga suya, que se acaba de morir y que asciende al cielo. La destrucción de una ciudad confundida con un alma.

En la escena final, los padres de Jim no lo reconocen inicialmente, pues está muy cambiado y endurecido por las experiencias vividas. Su maleta (con la que vivió todas sus experiencias en la guerra) aparece flotando en el río. Es el símbolo de la niñez perdida que nunca volverá.

La música es de John Williams, naturalmente. Ignorábamos que David Lean estaba en el ajo, y que parece que la primera mitad de la película es casi suya, pero Spielberg quiso ser el director. La obra sufrió críticas severas, que si era una aproximación pija de clase media-alta, o que el objetivo serio de la película se veía debilitado por la muy desvergonzada aproximación infantiloide que hacía Spielberg. En taquilla no funcionó muy bien, y Spielberg respondió que no le importaba, que bien se había ganado el derecho de un fracaso comercial. Sus amigos de Hollywood nominaron la cinta a seis premios Óscar, Spielberg excluido, y no ganó ninguno de ellos ¡Estábamos indignados! Menos mal que los Polines estaban ahí, cubriendo las injusticias.

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