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Re-Animator

 

Re-Animator
Anterior al Red Bull

Durante el transcurso de nuestro personal e intensivo ciclo de terror estrenaron en las salas comerciales la película Reanimator, un film polémico avalado por la revista “L’ecran Fantastique“. Asistimos a la proyección bien provistos con bolsas de plástico por si acaso vomitábamos, ya que en la publicidad decían que en el estreno hubo un fallecido de infarto y varias personas que devolvieron de puro asco, y claro, yo que era de vómito fácil pues fui preparado. El infarto ya imaginábamos que era una exageración.

Era un tipo diferente de terror. Enseguida nos compramos los relatos de H.P. Lovecraft, el libro se llamaba “Dagon y otros cuentos macabros“, de la editorial Anagrama, porque en él se incluía el relato corto en el que se basaba la película que íbamos a visionar. Nada que ver la literatura con el celuloide excepto la idea medular: Reanimar a los muertos. La historia derivaba hacia un moderno Frankenstein repleto de zombis y sangre, ¡si se gastaron casi 100 litros de sangre de vaca en el rodaje!

Pero este tipo de terror sangriento no nos gustaba tanto, preferíamos más el terror clásico, con tensión psicológica y sorpresas elaboradas, mucho mejor que el hachazo fácil. Sin embargo tuvo bastante éxito, la crítica la calificó, entre otras cosas, como un “pop Buñuel”, por el humor ochentero y por los toques surrealistas de los zombis descabezados, y le salieron diversas secuelas, entre ellas la novia de Reanimator y un musical de Broadway.

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Holocausto caníbal

Y yo quería ver esta película
Lo crean o no, yo quería ver esta película

No escarmenté; ya he reconocido que lo mismo que me asustaban los fantasmas o cualquier otro tipo de pavoroso monstruo, al mismo tiempo me atraían como un imán, y ante tal fuerza magnética yo no podía hacer nada. Así fue que al cabo del tiempo, cuando vi que echaban “Holocausto caníbal” en el Olympia, quise verla sin dudar. En el poster había una señora con un palo clavado insertado por atrás (por el culo, hablando claro) que le salía por la boca chorreteando sangre profusamente. Había en las fotos del tablón un sinfin de estrellitas y tiritas negras que cubrían con meticulosidad multitud de vergüenzas humanas, todo el presupuesto de los censores se les acabó con este film, seguramente, y tal constelación de ocultamiento hacía bullir mi imaginación.

Decían que habían matado a gente de verdad en esa película, de hecho detuvieron al director porque no se podían encontrar a los actores vivos, y que era tan salvaje que la habían prohibido en muchos países, 50 o más. Cuando le pedí a mi madre que me llevara a verla me miró con los ojos muy abiertos, tanto que casi se le dislocan de las cuencas orbitarias. Yo creo que no sabía si llevarme directamente al psiquiatra o a un internado educacional. Me compró un cuento de Bruguera y me dijo que era clasificada S y que ya la vería cuando cumpliera 18 años, pero que no contara con ella. Así que la guardé junto con “Historia de O” para el futuro lejanísimo de los 18 años, aunque tampoco la llegué a ver nunca, ni ganas, menos mal, ahora ni se me ocurriría.

Habìa estrellitas negras cubriendolo todo
Habìa estrellitas negras cubriéndolo todo