Monthly Archives: October 2014

Vídeo β

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Beta es lo más, en todos los idiomas

Había encontrado al fin un amigo con el que compartir mi pasión por el cine. Jorge no sólo era un apasionado, sino que incluso vivía las películas con mayor intensidad, si eso era posible, y además era una fuente notable de información y modernidad interesante, influido por sus hermanos. Por si fuera poco tenía un Spectrum e incluso veía más películas que yo, lo cual me corroía de envidia. Resulta que su futuro cuñado se había comprado un vídeo Beta, que era lo más del mundo, y los fines de semana lo traía a casa de su novia para que su futura suegra y su prometida disfrutaran de películas en familia, sesión privada a todo lujo, como reinas. Yo le preguntaba a mi madre que por qué no tenía un cuñado, y ella ponía los ojos en blanco – Bueno, al menos cómpranos un video – Eso díselo a tu padre. Y claro, el lado oscuro no tenía el bolsillo para dispendios caprichosos.

Así pues Jorge presumía porque iba a esos nuevos negocios que se estaban abriendo, y que se llamaban videoclubs, y que su cuñado era socio de dos videoclubs, los dos mejores, y que iban a elegir las películas. ¿Te imaginas de repente tener en estanterías tantas películas como jamas podrías ver? Podías elegir una película como si fuera una lata de tomate en un supermercado, increíble.

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Existían aparatos de vídeo de tipo VHS, Betamax y Video 2000, y envidioso queriendo fastidiar le dije un día en el ascensor al cuñado, que se llamaba José Ramón, que el mejor era el VHS. Entonces él se detuvo a explicarme: – mira niño, el vídeo 2000 es seguramente el mejor, porque puedes grabar música y películas, se rebobina solo y tiene mejor calidad, pero es un armatoste carísimo. El VHS es más barato, pero las cintas son grandes y se estropean con facilidad, hay que limpiar los cabezales con mucha frecuencia y lo que es inaceptable, es que la calidad de imagen es peor. El Betamax es el futuro sin duda, porque ofrece la mejor calidad de imagen a un precio adecuado, y se acabó. El Betamax es más pequeño, tiene mayor resolución (aprendiendo palabras técnicas nuevas mientras tanto) -unas 260 líneas de resolución horizontal y B/W 300 líneas y mejor calidad de sonido. ¿En qué mundo cabe que el VHS tenga más éxito? – Y me dejaba arrastrado con mi frustración, ¿para qué iba a perder tiempo con un mocoso como yo si lo que él buscaba era a la hermana de Jorge? – Me encantaba José Ramón. Además tenía un perro con carácter que se llamaba Rufo, un precioso Fox Terrier.
– Mamá, yo quiero tener una hermana para tener un cuñado con betamax y con perro – No te preocupes hijo, que estoy embarazada de dos meses y a ver si esta vez sí viene una niña, que ya estoy harta de tantos hombres en casa – Yo me quedé helado con la respuesta, se me había acabado la habitación para mí solo, y si antes aún tenía esperanzas de que en un superávit espontáneo nos cayese el vídeo, ahora con una hermanita iba a ser imposible.

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Cantinflas

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Mario Moreno

Mi madre insistía en tratar de influirnos y motivarnos hacia otros géneros tranquilos y nos llevó a Jorge y a mí a una sesión dominical en el cine Principado con Cantinflas. La película se llamaba “Sube y Baja” y era antigua. Un hombre, ascensorista para más señas, que ha sido despedido de la mayor parte de las empresas en las que ha trabajado, recibe el encargo de obtener un contrato con un campeón internacional. Pero el campeón se retrasa y otro encargado de convencerle para que aceptase el contrato le confunde con él. No nos convenció, nos gustaba más el género fantástico y sobre todo lo que oliera a nuevo. Mi madre, que tenía a Cantinflas como un ídolo de infancia, se desilusionaba porque a nosotros no nos gustaba y porque iba perdiendo su capacidad de influencia. ¿Cómo podía ser posible que no nos encandilase un antihéroe de barrio tan simpático y gracioso? Pues no.
Fue por entonces que empecé a guardar las entradas de cine escribiendo por detrás la fecha y la película, y me compré unas fichas en las que hacía una pequeña crítica de cada film que veía, y si podía, pegaba fotos que recortaba de revistas o de diarios, de tal manera que si Darth Vader, mi padre, se encontraba un agujero en el suplemento dominical del periódico, sabía inmediatamente que había sido yo, y la bronca del reverso tenebroso no se hacía esperar: – ¿Es que no puedes esperar hasta mañana?

El club de los monstruos

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Un atractivo club

Por ejemplo, después de ver “El club de los monstruos” en los minicines, sabíamos que aunque aún no conocíamos bien a Vincent Price, que mira que no ha hecho películas mejores el hombre, ya nos teníamos que quedar con su cara. Y además sale el grupo musical britànico UB40, que ya me empezó a gustar un poco.

Esa película reúne tres historias de monstruos mezclando miedo con humor, un cocktail inquietante. Me impresionó cómo le estalla la cabeza en la primera de ellas a una mujer que engaña al monstruo, un tal Shadmock, que se ha enamorado de ella. A pesar de que yo ya era un poco más mayor seguía teniendo pesadillas y sentía miedo en estas películas, pero a la vez una irresistible atracción, no sé por qué.

También sale un striptease de una mujer que se quita la ropa, se quita la piel y se queda en esqueleto pelado, qué genial.

Y Vincent price hace de Vampiro, que resulta que nunca había hecho ese papel, o apenas una vez. La segunda historia es de vampiros y la tercera de Ghouls.

En la película terminan diciendo que los humanos son los monstruos más terribles de todos, y volví a casa con esa frase en la cabeza – Mamá, ¿los seres humanos son monstruos terribles? – No hijo, no – Hoy ya sé que las madres también se equivocan.

Sombra aquí, sombra allá

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Elegancia natural

Por todas partes en el país sonaba “Sombra aquí, sombra allá” de Mecano, y en tu fiesta me colé, mucha niña mona, pero ninguna sola… la mejor música de autos de choque de la historia española. Sin embargo nosotros ya nos desmarcábamos de los gustos en masa, y esto en aquella época sin internet ni globalización tenía su mérito. Esta música popular tan simple y tonta no era para nosotros. Era crucial definirse en términos musicales, porque eras lo que te gustaba, y nosotros éramos diferentes, o queríamos serlo. En gran parte se lo debíamos a los hermanos mayores de Jorge que nos abrieron los ojos a The B52s, Huey Lewis, Spandau Ballet, Cocteau Twins,… vamos, que había vida más allá de lo que te ponían en las narices y que se podía elegir lo que a uno le gustase aunque no fuese el número uno en éxitos de la radio patrocinada. Más gente pensaba igual y así florecieron tiendas de discos por la ciudad. El reclamo de recién importado de Londres era lo más atrayente, mirábamos hacia afuera con interés. Y en parte también porque veíamos todas las películas y nos imbuíamos de toda la información posible, incluso la que no entendíamos. Como esponjas absorbíamos nombres, canciones, fechas, lo que fuese, y ahí se quedaba en el cerebro para asociarlo con el tiempo con nuevos datos y aprendizajes.

Un, dos, tres

A menudo nos reuníamos en casa de Jorge para jugar al Spectrum y nos encontrábamos con que su madre no nos dejaba, que ya llevaba muchas horas el aparato encendido y se calentaba (se ve que la táctica del aparato que se quema era universal), y entonces jugábamos a otras cosas, como por ejemplo Star Wars. Con nosotros estaba Belén, la hermana de Víctor, del 4B, pero ella no solía hacer de Leia. Por alguna razón incomprensible casi siempre era Jorge que hacía de Leia en los juegos. En esos momentos la madre de Jorge sorprendentemente nos volvía a permitir jugar al Spectrum.

También jugábamos al “1, 2, 3, responda otra vez“, el popular concurso de televisión. Hacíamos tandas de preguntas e imitábamos a todos los personajes, incluida la secretaria de la calculadora. Solíamos acabar peleados muchas veces por respuestas semi-correctas que no eran admitidas como válidas, y a veces conseguíamos superar esa fase y hacer pruebas eliminatorias en las que, no se sabe por qué, siempre había que quitarse ropa. Y hasta aquí puedo leer. En otra ocasión hicimos tarjetitas como Mayra, pero en vez de seguir en el juego nos dedicamos a tirarlas por la ventana del sexto piso, con la mala fortuna de que a una vecina le hizo daño la tarjeta planeadora en la frente. Parece mentira que un papel cause tanto daño. Nos quedamos castigados una temporada, claro, nos había tocado la Ruperta.

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Dragon’s Lair

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La rubia era el premio

Los juegos de pantalla estaban iniciando su apogeo. Las máquinas recreativas eran unos armatostes con una televisión, por donde se seguía el juego, y unos joysticks, en donde echando dinero, 5 pesetas o 25 pesetas, podías jugar una partida. Crecieron así las salas recreativas, lugares repletos de esas máquinas en donde la juventud agotaba su paga. Nos sabíamos qué sala tenía una máquina nueva y todos los juegos disponibles en la ciudad, pero el ordenador era mucho mejor que los recreativos. La ventaja enorme del Spectrum es que estaba en casa y no había que pagar. Y sobre todo que no te exponías a que el macarra del barrio te robase la partida o te fumase en la cara. No obstante la calidad de la imagen y los efectos seguía siendo mucho mejor en los juegos de los recreativos.

El Comecocos ya se pasaba de moda cuando el ordenador Atari lo recuperó. Cuando le pedimos nosotros un Spectrum a nuestro tío de Canarias jamás pensamos que nos traería un Atari. – Pero si es el primero que salió – nos respondió, e intentamos vender a las amistades el concepto con el mismo argumento, pero no cuajó, nadie quería venir a nuestra casa a jugar al Atari, todos querían jugar al Spectrum. Había quien tenía el Commodore o el Amstrad, pero era más de lo mismo, el Spectrum era el sumum. En casa jugábamos al comecocos y al buscaminas, que eran los dos juegos que teníamos, pero igual que con el deporte, no eran mi fuerte. Sin embargo a mi hermano se le daban muy bien, y había un juego determinado en las máquinas recreativas que se llamaba Dragon’s Lair que era como una película de dibujos animados, excelentemente hecho, tan bien que nos gustaba verlo como si de una película se tratase e incluso le dábamos monedas a mi hermano para que siguiera jugando. Aún así costó muchas horas durante meses y meses antes de llegar al dragón y rescatar a la princesa, que menudas pintas tenía de starlett ligerita, tan ochentera ella. La explicación del éxito es que la animación estaba creada por el ex animador de Disney, un tal Don Bluth, que luego haría las películas de Fievel.

Spectrum

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El primer ordenador

Sin embargo el padre de Jorge le compró un ordenador Spectrum, un aparato que empezaba a ser un artículo muy de moda y un lujo asequible, y probablemente fue el aparato con el que empezó toda la escalada electrónica que sigue hasta nuestros días, aparato nuevo tras novedad – Yo tengo un spectrum – decían los chulitos pijos como marcando una distancia. El Spectrum era lo más, podías jugar con juegos que venían en cintas de casete, y que sonaban al cargarse con chirridos como de ratones histéricos, todo el largo rato que tradaba en cargarse.

7158890674_07b248352e_oEl juego que más nos gustaba era el de los juegos olímpicos, que era el único que se me daba un poco bien porque solo había que apretar rápido dos botones alternativamente. De todas formas me ganaban siempre, ni siquiera en el ordenador era bueno en deportes. Por culpa del Spectrum ya no salíamos nunca de casa de Jorge, que yo creo que la madre se hartó un poco, pero también gracias al aparato llegamos a conocer a los vecinos del 4B, Víctor y Belén, porque también querían jugar, era la novedad. No todos nos podíamos permitir un ordenador como éste, menos mal que Jorge lo tenía.

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Sigo siendo tu padre

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Una ventana con mucho por delante

Otra de las primeras películas que vimos juntos Jorge y yo fue “El imperio contraataca“, que la volvían a echar en las salas porque la tercera parte llegaba enseguida. Se conocía ya el título, se iba a llamar “El retorno del Jedi“. En sólo unos meses sabríamos qué le había pasado a Han Solo congelado y desde luego que esperábamos explicaciones respecto a la paternidad de Darth Vader. La espera se hacía eterna.

Ver la película con Jorge fue sinérgico, porque juntos nos resolvimos dudas comunes. Conseguí comprender el momento de la cueva en Dagobah, cuando Luke se enfrenta con Darth Vader y resulta que era él mismo. Una lucha interior, ¡Caramba!. Y las escenas de la nieve me parecieron aún mejores que la primera vez, es que son realmente espectaculares. Retuvimos frases, personajes que nos faltaban, los mynocks de nuevo…

A Luke le vuelven a cortar la mano y le dicen: “Soy tu padreeee“, y esto nos impresionaba a los dos, porque, otra cosa que teníamos en común era un padre en el lado oscuro, sin duda. El mío porque su mala leche era insoportable y tenía la mano muy ligera, y el suyo porque casi no pasaba tiempo en casa, y en ocasiones se le veía con una señora rubia por la calle que no era la madre de Jorge. En algún encontronazo fortuito, cuando le veíamos con ella, Jorge cambiaba de acera huyendo, y yo sentía que su padre nos miraba y le gritaba: “Soy tu padreeee”. Tal cual.

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El jovencito Frankenstein

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Jovencitos todos

Algo que envidiaba de Jorge era que él podía ir a las sesiones nocturnas del cine, la última sesión, porque iba acompañando a su hermana y al novio de ella. Yo nunca había ido a la última sesión y tenía ganas, debía de ser excitante ir al cine por la noche.
No recuerdo bien cuál fue la primera película a la que fuimos juntos, pero sí sé que una de las primeras fue además mi primera película de última sesión, y fuimos los dos solos porque el cine estaba junto a casa, que eran los Clarín. El caso es que me había contado un compañero de clase lo bien que se lo había pasado viendo “El jovencito Frankenstein” y se lo conté a Jorge que automáticamente se moría de ganas de verla, y convenció a su madre, y de rebote la mía aceptó, no se sabe muy bien por qué alineación planetaria. Allá fuimos.

Nos reímos en todos los golpes creo que sin excepción, desde el “vaya par de aldabas” que exclama el protagonista al referirse a la puerta y que la chica piensa que se refiere a sus pechos y responde agradecida, hasta los cerebros guardados en frascos secuenciales y tras el último se encuentra Igor, un criado con una joroba marcadísima que a cada rato se cambia de lado. Igor es un personaje genial. La frase de “podría ser peor, podría llover” que dicen cuando están en el cementerio excavando tumbas, nos acompañaría muchas veces, muy oportuna en una ciudad como Oviedo, en donde llueve siempre; y la escena en la que se sienta en el columpio con la niña y ella sale volando por los aires y aterriza en su cama nos hizo desternillarnos de risa, no sé si llegamos a caernos de la butaca. ¡Qué bien nos lo pasamos, y qué tarde volvimos a casa! Estuvo fenomenal. Nos apuntamos a Mel Brooks y a Gene Wilder en la sesera, para la próxima. A Marty Feldman también, pero justo se murió ese año. Una pena.

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Sukia

Bibliografía de la época
Bibliografía de la época

Los dueños del quiosco en donde comprábamos todas estas cosas, encantados de tener unos clientes como nosotros, nos dejaban jugar con su nieta, la cual tenía acceso a todos los tebeos y cómics del puesto, y cuando se aburría, muy a menudo, los leía, incluso los de adultos, y luego nos los contaba.

Escuchàbamos y espiábamos las pàginas de El Víbora, Cimoc, Tótem, El Cairo y de 1984, en donde salían mujeres desnudas y lo mejor de todo, fascinantes historias de ciencia ficción ilustrada. En esas sesiones conocimos a Richard Corben, Charles Burns, Moebius, Josep Maria Beà y tantos otros autores. Siempre vimos al comic muy ligado al cine.

Imagen1El favorito de la nieta era el tebeo de una mujer vampiro que se llamaba Sukia, un comic italiano de finales de los 70, y ella nos detallaba las escabrosas historietas eróticas y luego nos perseguía al grito de – Soy Sukia, tengo sed de sangre ¡¡¡¡aghhhhh!!!! – Y nos mordía en el cuello. Una tarde que nos perseguía con especial fruición y saliveo, y proponiendo enseñarnos las bragas, la llamo su abuelo desde el quiosco y nunca màs volvió a jugar con nosotros, no sé por qué. Quizás estaba imbuida, sino directamente poseída por el espíritu de Sukia. Menos mal que aún éramos pequeños.

Te chupaba la sangre y lo que hiciera falta
Te chupaba la sangre y lo que hiciera falta