Monthly Archives: August 2014

El triángulo de las Bermudas

Los misterios que nos ocultan
Los misterios que nos ocultan

Y para acabar esta época de cine previa a los 80, durante los años que estuvimos viviendo en Bilbao, recuerdo un día de Semana Santa que fuimos a ver las procesiones. Me impresionaron las caperuzas puntiagudas que cubrían la cara de los procesionarios, que sólo mostraban un poco de los ojos, como si fueran monstruos o espías que no quieren ser reconocidos, y me preguntaba si alguno sería un extraterrestre camuflado, a esas alturas yo estaba convencido de que estaban entre nosotros. Algunos iban descalzos e incluso sangraban, eso sí que era violencia, además real. Yo seguía pensando que en vez de Dios estaba mejor Supermán. Y en esas estábamos cuando mi madre se encontró con Chelo, la vecina, por la calle y le comunicó que habíamos venido a ver las procesiones pero a los niños no les están gustando – es que chica, son un poco brutos – Pues yo iba al cine que echan “El triángulo de las Bermudas” en sesión continua, ¿quieres venir? – ¡Síiiii! – respondí yo, que no perdía una. Y vimos dos veces seguidas, una detrás de otra, el documental sobre el triángulo de las Bermudas, en donde los aviones y los barcos desaparecían misteriosamente al pasar por esa zona específica del planeta. Una vez más quedé impactado. Lo primero que hice fue revisar en un atlas si para ir a Reikiavik y a Tokyo había que pasar por el triángulo de las Bermudas; ya me quedé más tranquilo tras comprobarlo. Y después bombardeo de preguntas: ¿Y ocurrió de verdad? (es que un documental era como más de verdad que una película, claro, yo me lo creí tanto que necesitaba asegurarlo con mi madre) – ¿y crees que será cosa de los extraterrestres? – ¿Y los Extraterrestres son buenos o son malos? – Al fin y al cabo Supermán es un extraterrestre y es bueno, los del triángulo de las Bermudas ¿son malos? – ¿Y alguna vez has volado por el triángulo de las Bermudas? – Y mi madre, que a lo más lejos que había ido en su vida era a Alicante en el viaje de novios, me dijo: – ¡Cállate, pesado! – Y me callé. No sé como me pude tragar semejante documental dos veces seguidas y sin pestañear, pero lo hize a los 8 años. De todas formas si alguna vez oía que alguien iba a viajar en barco o en avión le advertía misterioso: – cuidado con el triángulo… – A una señora que se iba a Argentina a visitar a su familia perdida desde la guerra civil le pedí que se asegurase de que el avión no pasaba por allí, y a ella le hizo tanta gracia que se rió y me dijo que no me preocupase, que cuando volviera me traería un Gauchito, que yo no tenía ni idea de lo que era, pero que automáticamente lo quise. Lo cierto es que nunca me trajo el gauchito, aún lo estoy esperando, aunque quizás lo que ocurrió verdaderamente es que no se tomó en serio mis advertencias sobre el triángulo…

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El Humanoide

Un plagio descaradísimo convertido en puro subproducto de indudable autenticidad: Magia Italiana
Un plagio descaradísimo convertido en puro subproducto de indudable autenticidad: Magia Italiana

De seguido volví a convencer a mi querida abuela Ino para acudir al cine a ver otra película, “El Humanoide“. Ella nunca decía que no, venía a visitarnos poco y deseaba complacernos lo más posible, lo que fuera, no le importaba sufrir por nosotros. Su tortura esta vez se trataba de una película italiana horrorosa, por cierto con música de Ennio Morricone, al cual en aquel entonces aún no conocía, y que a mí me pareció estupenda: era un niño cinéfago y la ciencia ficción era la moda.

“El Humanoide” era un pobre hombre interpretado por Richard Kiel, que se transformaba en monstruo involuntariamente como víctima del malo malísimo, Graal, que era un personaje copiado descaradamente de Darth Vader, pero yo tampoco lo sabía; Al final acababan con el malvado villano, y el humanoide se reconvertía en bueno de nuevo, ¡¡¡Bravo!!! Los italianos, y un poco todo el mundo que podía, se valían de los éxitos de las películas espaciales americanas para plagiarlas descaradamente y obtener un subproducto serie B genuino. En este caso la película plagiada era Star Wars, que lamentáblemente aún no había podido ver, a la que se le añadía una pizca de Frankenstein.

Me contentaba en mi ignorancia con este tipo de destilados basura, y tan feliz. La desgracia para mí fue, sin embargo, que mi abuela se pasó la mitad de la película roncando en Dolby estéreo antes de que se inventara. Yo le daba codazos – ¡Abuela! que la gente nos mira – pero daba igual, al poco rato otra vez como un serrucho – grrr, grrr, grrr – En aquellos tiempos la gente era mucho más educada que ahora y los vecinos de butaca comprendieron: pobre mujer con sus nietos. Pero mi madre me avisó: “No vuelvas a llevar a tu abuela a ver esas películas de marcianos, que ya está mayor y un día la matas del susto”. Y ya no la volví a llevar, pero no por ella, sino por la vergüenza que pasé.

Mazinger Z

Este era el Mazinger de los Dibujos de la tele
Este era el Mazinger de los Dibujos de la tele

En trueque por no poder ver “La Naranja Mecánica” convencí a mi pobre abuela paterna, Ino, para que me llevara a ver “Mazinger Z, la película”. No la de los dibujos animados esa que echaban los sábados a mediodía en la televisión, no, la auténtica, la del cine, en color y con personajes reales, la de verdad – ¿Los robots son de verdad, abuela? – Por supuesto hijo, los japoneses son unos hachas de la tecnología y tienen robots de esos por todas partes – ¡Ya está!, después de Reikiavik para buscar dinosaurios quería ir a Tokyo también, a ver los robots, sin importar que la película fuera china y no japonesa, eso no lo sabía, ni tampoco que era la película la que intentaba plagiar a los dibujos, y no viceversa. Ya entonces jugaban con el público.

A raíz de esta película y la serie de dibujos animados, que nos traía locos a todos en la escuela, coleccioné todos los cómics de Mazinger Z con celo, del 1 al 40. El robot era manejado por el muchacho Koji, y enseguida hubo un robot femenino que se llamaba “Afrodita A” y cuya arma letal eran sus tetas; decía:  ¡¡pechos fuera!! – y cada una de sus tetas se transformaba en un destructor torpedo. Los malos eran personajes complejos, como el baron Ashler, que era mitad hombre y mitad mujer, y el màs malísimo era el doctor Infierno, que tenía una cabellera encendida y flameante. La película en cine de Mazinger era una mala imitacion de los dibujos, pero entonces nos parecía más de verdad, el cine era más auténtico siempre.

Me entretenía dibujando con calco a contra-luz todas las portadas de mis cómics de Mazinger, que pintaba con mimo con sus mismos colores, para que las vieran en mi clase y presumir. A la señorita nunca le gustaron mucho mis diseños, y un día que un niño que se llamaba Recalde vomitó en el aula, utilizó mis obras de arte para tapar el regüeldo de garbanzos hasta que viniera la limpieza. – ¡¡¿Señorita, pero qué hace?!! ¡¡Son mis dibujos!!! – Bueno Pérez – me llamaba por el apellido como a Recalde – en realidad son dibujos muy violentos, quizás es momento de hacer otros más pacíficos, ¿no crees? – No. No creía; yo era un buen chico, sacaba muy buenas notas y siempre me portaba bien, no era justo que usara mis dibujos de ciencia ficción para la pota de Recalde. Que sepa usted, señorita Isabel, que aún me acuerdo de eso y que espero que la vida le haya devuelto el castigo que me infringió tan descuidadamente y sin piedad. Tan traumatizado me quedé que aùn hoy si visito algùn museo de arte moderno pienso para mis adentros: – ¿Qué serà de Recalde? ¿seguirà vomitando con aquella facilidad?- En ese caso, este cuadro (hay algunos cuadros que…) sí que serviría para tapar la pota de Recalde, e incluso mejorarían, como alguno de Tapiés, y a cambio podían poner a mis genuinos Mazingers.

El Robot de la película que se tuvo que tragar mi abuela
El Robot de la película que se tuvo que tragar mi abuela

La Naranja Mecánica

La Naranja Mecánica
Una Naranja Prohibida

Si lo mío con el cine ya era pasión, después de Supermán la situación se puso aún más nerviosa. Quería ir a ver absolutamente todas las películas, todas despertaban mi curiosidad, no quería perderme ni una.

Un domingo al volver del rastro con mis padres vi que echaban “La Naranja mecánica” (estrenada en España en 1975), la película prohibida. Si estaba prohibida ¿por qué la echaban? Porque ahora ya se ha muerto Franco y ya se puede ver. Fascinante, lo prohibido estaba disponible – ¡¡ Por favor, por favor, por favor, traedme a verla !! Desgraciadamente tenía dos rombos y estaba clasificada S, lo ponía explícitamente en el cartel, así que me quedé con las ganas.

¡Pero si la música es de Beethoven! –  ¡Y beben leche! – ¿¡Qué puede ser más educativo que eso!? – pero no había manera, de hecho si algún vecino la veía no lo comentaba, por si acaso era acusado de pervertido o algo parecido. Todavía quedaba esa sensación de lo prohibido y de esconderse en la gente de los 70. Y es que la publicidad hablaba de extrema violencia sexual, y en Inglaterra hasta la habían tenido que prohibir porque los adolescentes presuntamente imitaban a los protagonistas en actos violentos. Me fascinaba y me atraía mucho esta película tan capaz de provocar reacciones globales íntensas.

Esta sí que la ví en cuanto tuve edad y pude. La naranja no era una fruta rellena de tornillos como llegué a idealizar en mi niñez. Orange en español significa naranja, pero en verdad proviene de otra palabra: ourang, una palabra de Malasia donde el autor del libro, Anthony Burgess, vivió durante varios años. Esta palabra tiene otro significado y es el de persona. De esta manera, el escritor hizo un juego de palabras, y realmente, lo que el título significa es “el hombre mecánico”. Escritor y director, Stanley Kubrick, se entendieron bien y así salió la película. El señor Kubrick incluso redujo la violencia y por ejemplo la escena que en el libro presenta una violación de dos niñas, se convierte en una relación consentida con dos adultas. Aún así le dió muchos problemas en el estreno. La gente no estaba preparada para una crítica satírica tan punzante y brillante, nunca lo está. Beethoven como música radical ¿No es genial?

No puede ser tan malo si bebe leche
No puede ser tan malo si bebe leche

Batman vs Supermán

El primer Batman, 1943
El primer Batman, 1943, no muy diferente de mi padre en calzoncillos

Siempre que me quedaba un rato a jugar con el vecino del 7A acabábamos a tortazos, y es que él era pro-Batman de toda la vida y yo de Supermán a muerte, faltaría más. Empezábamos sacando nuestros muñecos marca madelman “tuneados” como podíamos, yo convirtiéndolo en un fornido Supermán, y él transformàndolo en un aguerrido Batman, con múltiples trozos de tela pegados con pegamento Imedio, grapas y con pedazos de papel recortado, y luego luchaban y cada uno quería que ganase el suyo y ahí se originaba el conflicto – ¡Batman no vuela, tramposo! – No está volando, listillo, ha sido un salto – ¿¡Ah sí!? pues vaya salto más volador, ¡embustero! – Tan bien que nos lo pasábamos mientras tuneábamos a los muñecos, tan entretenidos, compartiendo, y luego siempre acábabamos castigados por tirarnos trastos a la cabeza y escupirnos. Él me lanzaba escupitajos de Kryptonita verde que yo no sabía hacer.

A mí Batman me parecía un sucedáneo, cómo el chocolate barato que nos compraba mi abuela para merendar. No era sino que un buen hombre con intenciones nobles, pero sin realmente ningún superpoder. Hay que pensar que el referente de Batman entonces era un tipo con mallas moradas ajustadas, un antifaz y una capa. Pues bien, mi amigo de al lado estaba tan completamente chiflado por Batman, que rayaba lo patológico. No podíamos tocar el tema porque se enfadaba enseguida, echaba humo por las narices y las orejas y había que escapar. Nunca supe si tenía algún trastorno de la personalidad o algún defecto comportamental, pero algo debía de haber, porque un día el chaval se escapó de casa; vestido con unas mallas moradas, un calzoncillo negro por encima, una camiseta de Batman y su antifaz con capa, se marchó. Su madre muy nerviosa vino a preguntarnos, y hubo incluso que llamar a la policía, pero afortunadamente nuestro héroe apareció antes de que llegaran y no pasó nada, se había ido al quiosco a comprar y se entretuvo jugando al fútbol en la plaza, porque disfrazado de Batman marcaba muchos más goles.

Madelman
Transformábamos pobres Madelmans en Héroes

La Biblia en cómic

Jesus vs Superman
Jesus versus Superman, que la Troma no me copie la idea

La fiebre Supermán fue muy fuerte, me atacó con fiereza y me poseyó completamente. Esta vez yo había sido el primero de la clase en ver la película en el cine y presumía radiante sin disimulo ni rubor. Muchos se habían desanimado al ver la inmensa cola de la taquilla en la que yo había triunfado con trampas – Chincha rabiña – yo poseía algo que los demás no tenían: ¡Había visto Superman!

Supermán era mi héroe sin duda. Coleccionábamos los cromos con dedicación y tenía un cromo favorito, que era el de Supermán en el polo Norte, y que no lo cambiaba nunca, aunque fuera por otro cromo que no tuviera. Me fascinaba el hielo como escenario para mi superhéroe. Jugábamos con tanto ruido y con tanta frecuencia a Supermán que mi madre me llamó un día y me explicó: – Hijo, los cuentos son cuentos, no son de verdad. Supermán no existe, es una fantasía, y nunca existirá, así que ten claro que los hombres no vuelan ni volarán jamás – Estaba realmente preocupada, sentí que el tema era serio. No sé si me decía esto por culpa de un niño que se había arrojado al vacío después de ver la película pensando que podría volar, o porque en el colegio de los Jesuítas al que iba yo había dicho que quizás Supermán era más poderoso que Dios y que salvaba a más gente. El padre “Lacunza” se ponía las manos en la cabeza al oírme y preguntaba al infinito: “¿es necesario esto en mi vida?” – Pero Christopher Reeve era mucho más guapo que Jesucristo por mucho que el Padre Lacunza se pusiera flamenco. Cualquiera de las dos hipótesis podía ser, y es que encima me habían regalado una Biblia para niños en cómic, y como también estaba leyendo los cómics de Supermán, me debía de resultar fácil asociar ambas cosas, y por supuesto otorgar la misma veracidad a ambos textos, igual de reales aunque de tradiciones diferentes.

Comparar a Dios con Supermán era una batalla perdida para Dios, al menos en mis campos mentales. Aunque es posible, tal vez, que la principal razón de la llamada de atención de mi madre fuera el enfrentamiento encarnizado que me traía con el vecino de la puerta de al lado, del Séptimo A, que era fan acérrimo de Batman en una época en la que Batman estaba completamente fuera de moda. Para mí que estaba muy equivocado, hasta Dios era mejor que Batman.

Christopher Reeve
Imposible descubrir que Clark Kent era Supermán

Supermán

Supermán
El hombre que vuela

Entonces estrenaron Supermán. Esta vez no hubo discusión alguna, todos queríamos ver al héroe de acero que conocíamos en profundidad a través de cuentos y cómics que había en casa. Y allí acudimos, el mismísimo sábado del estreno, seres inocentes e ilusionados, a comprar las entradas, cual domingueros. La aglomeración en la taquilla era, cuando menos, desalentadora. Una barbaridad. Era como una manifestación, que en aquella época había bastantes, de tantísima gente que hasta daba la vuelta a la esquina. Nos acercamos a la cabeza de la cola y allí existía el caos absoluto, ni orden ni concierto. Mi madre dijo que nos íbamos, y yo me negué, tenía miedo de que me pasara como en “La guerra de las Galaxias”, que me la perdí, y le supliqué que me dejase intentarlo. Me dio un billete  de mil pesetas y me metí entre el barullo. Como era pequeñito conseguí penetrar hasta la mismísima taquilla en donde una señora que se quejaba de los empujones pidió a gritos que por favor, tuviesen piedad y dejasen a este pobre chiquillo rubiales que lo iban a asfixiar, y me acercó a la taquilla y compré las entradas, éxito total, nos colamos con todo el morro, mi madre super-orgullosa: – ¡Qué chorizo es mi niño!

Y una vez dentro a disfrutar: luces fuera y la música de Supermán, fantástica la sinfonía de John Williams a todo volumen, increíble, insuperable, ya sólo con los créditos te metes dentro hasta el cuello. Y después el niño que se escapa de un planeta, su planeta, que estalla y como lo recogen esos granjeros. Y luego ya de mayor trabaja en un periódico y se enamora de Lois Lane, que para mí que no se lo merecía, porque era un poco engreída la tía, pero da igual. Y el malvado Lex Luthor con sus estúpidos secuaces a punto de conquistar el mundo, pero no, porque Supermán lo evita. La escena cuando se pone como raíl para salvar un tren se quedó impregnada en mi memoria, pero lo que más me impresionó es cuando Lois Lane muere y Supermán gira el mundo hacia el lado contrario para volver al pasado y así tener tiempo para salvarla. Espectacular. Yo suponía que agarraría el mundo por el Everest para girarlo, o ¿por dónde lo cogería? A veces tenía unos pensamientos un poco estúpidos como se puede observar, pero era eso lo que discutía con mis amigos y las discusiones se podían llegar a convertir en asuntos muy serios.

He vuelto a ver Supermán con el paso de los años, en el cine Urgell de Barcelona, con la sala casi vacía, y juro que sentí la misma vibración que entonces; Ya sólo con la música quedo sumergido a fondo en la película y la disfruto igual que la disfruté en el año 78. Pocas películas pueden hacer eso. El poder del cine.

Galáctica

Galactica
Tras el éxito de Star Wars empezaron a salir otras películas galácticas

El tiempo da la razón a quien la tiene, casi siempre. Este fue mi caso, porque “La Guerra de las Galaxias” fue tal éxito que todo el mundo hablaba de ella, y se empezó a hablar del espacio y de ovnis y esto le interesó a mi madre, que yo creo que al final se arrepentía de no haber ido a verla, así que cuando estrenaron “Galáctica” ella mismo quiso ir, y allí fuimos a hacer la cola en taquilla para comprar las entradas.

Por mucha gente que hubiera, por muy grande que fuera el cine, por muy oscura que se pusiera la sala, yo siempre me sentía tranquilo en el cine, siempre me pareció acogedor, siempre estuve a gusto. Y cuando empieza la película ya me quedo hasta el final, aunque no me convenza, sólo una vez me salí del cine a medias, pero eso ya lo contaré más adelante.

Galáctica” me encantó, como no podía ser de otra manera, y empecé a jugar con naves espaciales y mezclar en mis juegos a personajes de la escamoteada Guerra de las Galaxias con los de Galáctica, generando una confusión mental entre las dos películas y alguna otra que vendría después, que me duró por muchos años. Naturalmente yo era ajeno a las peleas legales por plagio que se entablaron entre los estudios 20th Century Fox y los Universal y que fueron sobreseídas en 1980.

De vez en cuando con mi madre mirábamos al cielo en busca de Ovnis o señales de extraterrestres, porque estábamos absolutamente convencidos de que no estábamos solos. Se imponía la moda de lo paranormal y los misterios. Constantemente salían por televisión personas que decían haber sido abducidas por extraterrestres, y yo le decía a mi madre que no me importaría que me llevaran en su nave interestelar. Ella respondía – con lo cagao que eres no vas con ellos ni hasta Artxanda – que era un barrio cercano. Y era un poco verdad, porque ni siquiera conseguía ver el programa de Jiménez del Oso sin cerrar los ojos, pero qué bueno sería que un extraterrestre me llevase a su planeta y me liberase de comer tortilla francesa tan a menudo.