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Los premios Polín

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La mejor actriz del año con diferencia

Para paliar la tremenda injusticia de los Óscars, indignadísimos que estábamos, hicimos una rueda de prensa (entre nosotros) y creamos los premios de cine Polín, con nuestras propias categorías que incluían las de los Òscar, por supuesto, pero alguna más de propia cosecha, como la de mejor escena, mayor carcajada (golpe de efecto), mejor susto en pantalla… y nosotros éramos los académicos. Las votaciones se efectuaban en Navidad, al final del año. Repartíamos las películas entre los académicos, exclusivamente nosotros cuatro, y cada uno se convertía en productor o representante de cada película que le hubiera tocado en riguroso sorteo, que luego siempre nos las cambiábamos para tener las que nos gustasen más, y entonces votábamos en cada categoría, 3, 2 y un punto, e intentábamos convencer a los otros para votarnos. El premio Polín era una media cuartilla de papel con un dibujo alusivo y la mención honorífica por el premio concedido. Así que el premio Polín que le concedimos merecidamente a Whoopi Goldberg, por ejemplo, era un papel quemado por los bordes, como el de los mapas del tesoro de “Los Goonies“, con un texto escrito en color púrpura plastidecor que anunciaba el galardón a la mejor actriz para la inigualable protagonista de “El color Púrpura“. Para la entrega de galardones hacíamos una fiesta que fue evolucionando para acabar por celebrarse en las Nocheviejas, para empezar el año con sensación de venganza, ya que así aliviábamos los desaguisados que se habían producido, y que año tras año se producían, pero nunca tanto como aquel 85, y de paso añadíamos otras películas estupendas que nunca eran nominadas y películas de otros países siempre desconsideradas.

Llegó a venir gente a nuestros premios Polín, que se hicieron populares, y es que nos lo pasábamos genial haciendo las caras forzadas de derrota de los nominados no premiados, haciendo números patéticos de baile, un claquet bajo la lluvia, chistes malísimos previos a abrir el sobre, cartas de agradecimiento ininteligibles, cantando al estilo cordero degollado y peleándonos por el premio en el patio de butacas del ático de los padres de Víctor, que era su sofá repleto de almohadas. En definitiva, and the winner is… El Color Púrpura.

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El Color Púrpura

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Un tema serio

Involucrados en los Òscar como ya empezábamos a estar, también empezamos a ver películas formales, no sólo las de efectos especiales, sino también los dramas y las películas de autor, de todo. De todo significa que llegó un momento en que nos tragábamos lo que nos echaran, estábamos permeables y absorbíamos como esponjas desde lo más freakie hasta lo más incomprensible de la intelectualidad más sesuda y experimental, incluso si no lo entendíamos. Una parte de la culpa de nuestra introducción en el mundo de las películas más serias, de esas que reciben premios internacionales, la tuvo el mismísimo Steven Spielberg, del que éramos idólatras incondicionales desde “E.T. el extraterrestre“, y también por la serie de Indiana Jones, “Tiburón” y “Encuentros en la tercera fase”. El hombre de repente hizo una película sobre la esclavitud y los afroamericanos en Estados Unidos, “El color Púrpura“, y allí fuimos el día del estreno. Soberbia. Y al acabar la película Jorge se fue a comprar el disco de la banda sonora, tan emocionante como la película. Esta vez no era John Williams el compositor, sino Quincy Jones, uno que estaba asociado con las cosas de Michael Jackson. La historia de Celie, genial Whoopi Goldberg, no sólo nos convenció, si no que nos abrió nuevas líneas de pensamiento, de entender la historia americana, de respeto a la mujer y a las personas diferentes, de racismo y esclavitud, en definitiva una gran película, cruda pero muy bonita. No sólo no salimos defraudados de la apuesta arriesgadísima y valiente de Spielberg, sino que se convirtió en un ídolo aún más grande. Ninguna duda teníamos de que iba a arrasar en los Òscar, la contrincante no tenía comparación, era una ñoñería femenina con esa actriz remilgadamente correcta que se llamaba Meryl Strip, “Memorias de África“, y con la música fácil de John Barry. No tenía nada que hacer, lo siento por Sidney Pollack, por mucha miel que pusiera el hombre, el pastel iba a ser de Spielberg (según nosotros). ¡Qué barbaridad! ¡Cómo me sigue poniendo la piel de gallina el Miss Celie’s Blues!

Los Oscars son injustos

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Amplio pecho, Culo estrecho

Por primera vez vimos los Òscar en la televisión en un resumen que echaban de día, porque el directo desde el Dorothy Chandler Pavilion era de madrugada. Esperábamos ilusionados que llegase el Óscar más importante. Con los dedos cruzados apostábamos por “El secreto de la pirámide” para que ganase el Òscar a los mejores efectos visuales, estaba cantado, eran los mejores. Eran originales, estaban bien hechos, eran novedosos e incluso un punto revolucionarios. Otras dos películas estaban nominadas. “Cocoon“, que era una película de viejos, tierna, pero sin muchos misterios, y “Oz un mundo fantástico“, que era un intento de resucitar a Dorothy y al mago de Oz que no funcionó muy bien, nadie la fue a ver. “El Secreto de la Pirámide” tenía que ser. Y de repente lo gana “Cocoon” y nos quedamos como bobos mirando la tele con aire de perplejidad. Fue nuestra primera gran decepción de los Òscar. Claro, los académicos que votan tienen una edad media de anciano bíblico y prefieren votar a sus entrañables amigos antes que reconocer los cambios y el progreso. Aunque era del mismo director de Splash, Ron Howard, no le perdonamos el robo. La historia va de marcianos que rejuvenecen a viejos matusalénicos, y claro, era demasiado empático para los votantes.

Las injusticias no eran nuevas, que le pregunten a Hitchcock, Kubrick, Greta Garbo, la Monroe o a Glenn Ford. Ni siquiera ganó Ciudadano Kane en su año. ¿Rocky mejor que “Taxi Driver” en el 76?John Williams no había ganado por la música de Supermán, y Grease sólo tuvo una canción nominada en el 79 que no ganó tampoco. Tremendas Injusticias, nosotros sólo estábamos empezando a conocerlas.

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Un curso de inglés

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La bella Bournemouth

Ya he dejado dicho por algún lado que mi padre trabajaba en un Banco. Ese era el nido del Reverso Tenebroso, el origen del lado oscuro en mi casa, y también en la casa de Jorge, porque su padre trabajaba en el mismo Banco, pero no era amigo de mi padre. Mi padre tenía muy pocos amigos he de añadir. Pues bien, un día a ese Banco le dio por promocionar cursos de Inglés en Inglaterra, en un instituto de postín en una ciudad tranquila del sur del país llamada Bournemouth. Como parte de la promoción se otorgaban becas a los hijos de los empleados con mejores notas, y mi padre me presentó, porque yo era un empollón. En realidad no estudiaba gran cosa, pero tenía unas notas excelentes. En el fondo no sabía bien qué se cocía y no me preocupé, pero me dieron una plaza de reserva, es decir, que si fallaba el que ganó la beca iría yo. Estupendo, mejor, yo era aún demasiado niño para irme a Inglaterra con una panda de pijos. Y de repente el becario sufrió una crisis epiléptica y falló y en dos días me tuve que preparar corriendo para marcharme un mes a Bournemouth. Música de Indiana Jones y a todo correr por la ciudad, Simago, Galerías Preciados, Almacenes Arias, supermercados varios para comprar ropa y enseres de viaje. Nos costó un triunfo conseguir el pasaporte a tiempo, porque por supuesto en mi casa ni se les había ocurrido sacarlo pese a ser reserva número 1, pero lo consiguieron y casi sin darme cuenta me vi en un autobús, con doce años pero tirando a infantil mucho más que a adolescente, con cara de susto entre muchos otros niños bien de colegios caros, los que pagaban el curso y no iban de gratis como yo, que tenían zapatos deportivos de marca y vestían de calidad mientras que yo no tenía nada de ropa a la moda, ¡¡nada!! y desencajaba completamente. Mi madre pensaba que con el albornoz que me había comprado en “Almacenes Galán” daba el pego social, pero la verdad es que no llegué a ponérmelo nunca por vergüenza, porque era morado con letras doradas.

Yo no sé mi madre qué idea tenía con el albornoz
Yo no sé mi madre qué idea tenía con el albornoz