Category Archives: television

El aparato de Vídeo

8743850529_dfe059a15d_o
Y ahora es una pieza de museo

Los aparatos de video se fueron volviendo más asequibles tan sólo unos años después de que salieran al mercado, todo el mundo empezaba a tener uno. Las palabras premonitorias de José Ramón, el cuñado de Jorge, no se cumplieron: “El Betamax es el futuro sin duda, porque ofrece la mejor calidad de imagen a un precio adecuado. ¿En qué mundo cabe que el VHS tenga más éxito?” Pues en este mundo, tan práctico, el VHS tuvo más éxito y en los videoclubs escaseaban las cintas betamax, pero había casetes VHS de todos los títulos. En casa, mi padre, en un ataque de bondad ajeno del todo al lado oscuro, nos compró un video VHS JVC que costó 69000 pesetas en el Pryca, que era un centro comercial situado en las afueras ¡Antes que Jorge y que Víctor teníamos video en casa! ¡Qué estupendo! Enseguida programé ciclos de películas e hice a mi madre socia de todos los videoclubs que hicieran falta, sólo tuve que tomar prestado su carnet de identidad. Además grabábamos películas de televisión, y los capítulos de series que no podíamos o no nos dejaban ver, todo el día para aquí y para allá con las cintas vírgenes.

Una de las primera películas que grabé fué “Supermán“, y me encantaba poner la tele a todo volumen con la música. Un día cuando la fui a poner me encontré a Jane Wyman en lugar de a Christopher Reeve. Efectivamente, mi madre había grabado Falcon Crest sobre el hombre de acero. Este incidente tan grave originó dos consecuencias: la primera establecer normas de uso y cada uno con sus propias cintas vírgenes, y si los padres no saben cómo se usa que pregunten a los hijos. La segunda consecuencia es que me enganché a Falcon Crest y a Angela Channing y grabábamos casi todos los capítulos.

15800540098_ef8da5c8cf_o

Advertisements

Thriller

3677162488_2475a9fcd3_o
Michael, no sé qué pensar

Otro de los pocos programas de televisión musicales que ponía vídeos con cierta frecuencia era “Tocata“, y gracias a él pudimos al fin ver el videoclip de Michael Jackson, el famoso Thriller. La expectación era muy intensa. Nos juntamos en casa de Jorge y nos sentamos, no en el sofá, sino en el suelo, enfrente mismo de la televisión, para no perdernos detalle. Con tensión esperábamos el momento y enmudecimos ante la pantalla cuando empezó: 14 minutos de videoclip. Era terrorífico y a la vez musical, era una película siendo una canción, la coreografía con los zombis tan bien caracterizados nos dejó anonadados y la transformación era, para aquella época, terrorífica, porque la dirección del clip musical la llevaba el mismo que había hecho “Un Hombre Lobo Americano en Londres“, John Landis. Hasta sentí miedo aquella noche. Cuando en el camino de vuelta a mi casa, de la escalera C a la escalera B, se apagó la luz, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo – ¡Uf! – Ipsofacto nos hicimos fans de Michael Jackson. Sin embargo, y al contrario que con Alaska, que hasta que la muerte nos separe, nos fuimos desencantando con Michael y a los pocos años lo quitamos de la lista, sobre todo después de ver en los cines Brooklyn la película “Moonwalker“, que fue un tostón y de la que no nos creímos nada. Era un filme de autopromoción descarada. Pero eso no quita que el vídeo de Thriller sea uno de los mejores de la historia y que los bailes de zombies sigan siendo un referente pese a los años.

SONY DSC

La Bola de Cristal

8743214973_dcf6d2fc1e_o
Un alucine

Aprendíamos juramentos y gamberreábamos por la ciudad, pero insisto en que no éramos unos Gremlins irreverentes. A veces íbamos a conciertos de música clásica e incluso una vez nos entrevistaron por la radio en el descanso de “Pedro y el Lobo“, de Prokofiev, donde quedamos como señores con nuestras eruditas respuestas. Nos gustaba de verdad. En otra ocasión se nos cayó accidentalmente desde arriba un programa sobre el cardado al aceite de visón de la esposa del concejal de turismo y toda la sala descubrió que la mujer era soprano natural mientras nosotros abandonábamos la sala a todo meter. En fin.

Nos gustaba también la música New Wave y nos gustaban mucho los videos musicales que desgraciadamente no se ponían demasiado por televisión. Por eso, sin dilación – ¡cómo no! – nos enganchamos irremediablemente al programa de televisión de “La Bola de Cristal“, en donde descubrimos a Alaska y nos hicimos sus fans fatales al instante, así como de las series que ponían de “La Familia Monster” y “La pequeña pandilla“, que eran una auténtica delicia. En la primera salían Herman y Lily Munster, una familia de clase media americana con la particularidad de que son monstruos. El es un simpático Frankenstein, ella es una vampiresa encantadora. La oveja negra de la peculiar familia es Marilyn, que no encaja en sus particulares patrones de belleza porque parece una cheer leader. En la segunda serie se cuentan las aventuras de unos niños de una barriada pobre americana de finales de los años 20, con unos personajes adorables, como Spanky y Alfalfa, y todas las razas mezcladas, como si nada. Una verdadera joya.

Alaska era lo más. Con el tiempo llegamos a conocer a Alaska en persona e incluso tener una conversacioncilla, cumpliendo de ese modo un objetivo de vida.

Imagen1

Fawlty Towers

2082704528_de3f2e5fdb_o
La Pensión chiflada

Después de ver la vida de Brian me había quedado tan sorprendido que no sabía qué pensar – ¿Es divertido o es crítico? – y entonces el profesor, que era un entusiasta de los Monty Python, nos quiso convencer definitivamente a los que todavía dudábamos y nos puso varios episodios de la serie “Fawlty Towers“, y ahí sí, ya nos meábamos de la risa.

La acción se desarrolla en un hotel ficticio llamado Fawlty Towers en la localidad de Torquay, la llamada «Riviera inglesa». Fue escrita por John Cleese y Connie Booth, que a su vez interpretan dos personajes principales: el propio Cleese hace de Basil y Booth es Polly, la camarera. El propietario del Bed&Breakfast Fawlty Towers y su mujer llevaban el negocio de una manera excéntrica y desequilibrada. Cada episodio se superaba.

Se metían mucho con un camarero español, Manuel, que era de Barcelona y que no acababa de aprender el idioma, que esa era la visión que los ingleses tenían de los españoles, la verdad, ingenuos y confusos. Como el señor Manuel no entiende de la misa la media, los ingleses le excusan constantemente diciendo: es que es de Barcelona, y entonces el pobre Manuel, que sufre mucho de éstos ingleses chiflados, desarrolla la defensa propia de responder: «I know nothing I come from Barcelona» («Yo no sé nada, vengo de Barcelona»), cuando le quieren involucrar en algùn lío. Esa frase se la copiamos, y la decíamos en autobuses, tiendas, comercios, con gran éxito y aceptación entre los hijos de la Gran Bretaña.

Fawlty Towers ocupa la primera posición en la lista de los 100 mejores programas de televisión escogidos por el Instituto britànico de cine (BFI) en el año 2000, votado por profesionales de la industria, es que es muy buena.

Fawlty_Towers_cast

Un, dos, tres

A menudo nos reuníamos en casa de Jorge para jugar al Spectrum y nos encontrábamos con que su madre no nos dejaba, que ya llevaba muchas horas el aparato encendido y se calentaba (se ve que la táctica del aparato que se quema era universal), y entonces jugábamos a otras cosas, como por ejemplo Star Wars. Con nosotros estaba Belén, la hermana de Víctor, del 4B, pero ella no solía hacer de Leia. Por alguna razón incomprensible casi siempre era Jorge que hacía de Leia en los juegos. En esos momentos la madre de Jorge sorprendentemente nos volvía a permitir jugar al Spectrum.

También jugábamos al “1, 2, 3, responda otra vez“, el popular concurso de televisión. Hacíamos tandas de preguntas e imitábamos a todos los personajes, incluida la secretaria de la calculadora. Solíamos acabar peleados muchas veces por respuestas semi-correctas que no eran admitidas como válidas, y a veces conseguíamos superar esa fase y hacer pruebas eliminatorias en las que, no se sabe por qué, siempre había que quitarse ropa. Y hasta aquí puedo leer. En otra ocasión hicimos tarjetitas como Mayra, pero en vez de seguir en el juego nos dedicamos a tirarlas por la ventana del sexto piso, con la mala fortuna de que a una vecina le hizo daño la tarjeta planeadora en la frente. Parece mentira que un papel cause tanto daño. Nos quedamos castigados una temporada, claro, nos había tocado la Ruperta.

Un_dos_tres_logo_and_Ruperta_the_Pumpkin

Mazinger Z

Este era el Mazinger de los Dibujos de la tele
Este era el Mazinger de los Dibujos de la tele

En trueque por no poder ver “La Naranja Mecánica” convencí a mi pobre abuela paterna, Ino, para que me llevara a ver “Mazinger Z, la película”. No la de los dibujos animados esa que echaban los sábados a mediodía en la televisión, no, la auténtica, la del cine, en color y con personajes reales, la de verdad – ¿Los robots son de verdad, abuela? – Por supuesto hijo, los japoneses son unos hachas de la tecnología y tienen robots de esos por todas partes – ¡Ya está!, después de Reikiavik para buscar dinosaurios quería ir a Tokyo también, a ver los robots, sin importar que la película fuera china y no japonesa, eso no lo sabía, ni tampoco que era la película la que intentaba plagiar a los dibujos, y no viceversa. Ya entonces jugaban con el público.

A raíz de esta película y la serie de dibujos animados, que nos traía locos a todos en la escuela, coleccioné todos los cómics de Mazinger Z con celo, del 1 al 40. El robot era manejado por el muchacho Koji, y enseguida hubo un robot femenino que se llamaba “Afrodita A” y cuya arma letal eran sus tetas; decía:  ¡¡pechos fuera!! – y cada una de sus tetas se transformaba en un destructor torpedo. Los malos eran personajes complejos, como el baron Ashler, que era mitad hombre y mitad mujer, y el màs malísimo era el doctor Infierno, que tenía una cabellera encendida y flameante. La película en cine de Mazinger era una mala imitacion de los dibujos, pero entonces nos parecía más de verdad, el cine era más auténtico siempre.

Me entretenía dibujando con calco a contra-luz todas las portadas de mis cómics de Mazinger, que pintaba con mimo con sus mismos colores, para que las vieran en mi clase y presumir. A la señorita nunca le gustaron mucho mis diseños, y un día que un niño que se llamaba Recalde vomitó en el aula, utilizó mis obras de arte para tapar el regüeldo de garbanzos hasta que viniera la limpieza. – ¡¡¿Señorita, pero qué hace?!! ¡¡Son mis dibujos!!! – Bueno Pérez – me llamaba por el apellido como a Recalde – en realidad son dibujos muy violentos, quizás es momento de hacer otros más pacíficos, ¿no crees? – No. No creía; yo era un buen chico, sacaba muy buenas notas y siempre me portaba bien, no era justo que usara mis dibujos de ciencia ficción para la pota de Recalde. Que sepa usted, señorita Isabel, que aún me acuerdo de eso y que espero que la vida le haya devuelto el castigo que me infringió tan descuidadamente y sin piedad. Tan traumatizado me quedé que aùn hoy si visito algùn museo de arte moderno pienso para mis adentros: – ¿Qué serà de Recalde? ¿seguirà vomitando con aquella facilidad?- En ese caso, este cuadro (hay algunos cuadros que…) sí que serviría para tapar la pota de Recalde, e incluso mejorarían, como alguno de Tapiés, y a cambio podían poner a mis genuinos Mazingers.

El Robot de la película que se tuvo que tragar mi abuela
El Robot de la película que se tuvo que tragar mi abuela

Primera sesión

El drama de los emigrantes para niños
El drama de los emigrantes para niños

En aquellos días no había tanta variación, todo el mundo veía los mismos programas y sólo existía una cadena de televisión nacional que emitía únicamente por las tardes y noches. En la escuela todos los niños comentábamos los programas del día anterior, y sobre todo los dibujos animados y programas del sábado a mediodía: Marco buscando a su mamá, Heidi, Orzowei, Sandokán, Mazinger Z… Y si alguien no los había visto tenía que ofrecer una buena excusa para que no fuera tachado de bicho raro.
En fin, visto que me encantaban los dibujos animados y la televisión, y visto que me quedaba quieto sin dar problemas durante los programas, que ni para hacer pis me levantaba, cuando mi madre se tuvo que ir a dar a luz a mi tercer hermano, mis padres se llevaron al segundo con ellos, que era más manejable, pero a mí me dejaron en casa de la vecina, Chelo, que tenía dos hijos un poco mayores que yo y que nos iba a llevar a todos al cine.
– ¿Seguro que se portará bien? – Seguro – Sonreía mi madre y luego me decía por lo bajo mientras se sujetaba su enorme barriga: – Haz el favor de portarte bien que si no, no vuelves al cine nunca más -. Ella sabía que yo me moría de ganas por ir, pero a la vez tenía miedo porque mis padres no iban a estar, me iba a quedar sólo con esa vecina que fumaba y que hablaba con voz rasposa, y con sus dos hijos mayores que me podían pegar una tunda en cualquier instante. Pero fui. Me ganaron las ganas del cine. Fíjense cómo estaría yo de excitado que recuerdo perfectamente cómo iba de la mano de Chelo desde casa hasta el cine, que no era el cercano Olympia sino el Real Cinema, muy lejos, y recuerdo claramente hacer la cola para las entradas y sufrir por si acaso no quedaban, ya que había muchísima gente, y eso que ¡ya era de noche!

Première

Televisión

Telefunken

La televisión nos encantaba. Cada tarde esperaba con mis hermanos pequeños a que comenzase la emisión, sentados en el sofá, a veces incluso sofronizados frente al blanco y negro de la carta de ajuste antes de que empezaran los programas infantiles de la tarde. Si en la imagen aparecían rayas y sonaba un rugido constante, eso es que había problemas, mi padre decía que estaba nevando en la montaña en donde estaba situada la antena y que por eso no se podía ver nada. Si estaba la carta de ajuste y sonaba un pitido, es que aún quedaba un rato largo para los programas, pero si sonaba música eso era que ya enseguida empezarían a emitir, porque sólo había tele por las tardes. Recuerdo a los Chiripitifláuticos y la banda del mirlitón, pero de aquellas edades pocos recuerdos son claros. Más sólido está en mi menoria el comienzo del programa “Un globo, dos Globos, tres globos” y de María Luisa Seco, la presentadora, introduciendo la ansiada programación. Nos encantaban los dibujos animados, especialmente los de Mickey Mouse y del pato Donald, y cuando se acababa el episodio pedíamos en voz alta “que haya más, que haya más, que haya más” y si ponían más aplaudíamos y gritábamos -!!!bien!!! – Mi madre nos observaba y flipaba – les encanta a los críos – decían los mayores, y era verdad, era una ventana al exterior, al aprendizaje del mundo, a las cosas ajenas que pasaban fuera de casa, pero que por esa magia de la emisión ocurrían delante de nuestros ojos, y sobre todo era un desencadenante de distintas emociones, de la risa al llanto, de la alegría al terror, y ello originaba una fuerte curiosidad insaciable desde mi más tierna infancia, desde mis primeros recuerdos.

También daba miedo. Respecto al terror, ya desde ahora, he de remarcar que siempre he sentido una ambigua atracción-repulsión. En cuanto salían imágenes de monstruos, fantasmas, Frankenstein o Drácula me cagaba de miedo y apagaba la televisión, y si alguien me preguntaba por qué la había apagado, yo decía que se estaba calentando el aparato y que había que dejarlo enfriar un rato. Eso era lo que nos decían si pasábamos demasiado tiempo frente a la tele: – Apaga la tele que se calienta – y a menudo nos lo tenían que decir porque era verdad, que pasábamos tanto tiempo con la tele encendida que se calentaba, y en esos aparatos antiguos si se fundía un fusible saltaban chispas y había que llamar al reparador, que se tomaba varios días para cambiarlo. Era todo un drama que se llevasen la Tele.

Con las películas de terror y la sensación de miedo aprendí a usar la frase a mi favor, para acabar con el problema radicalmente, porque una vez se giraba el botón de apagado, los monstruos desaparecían. Pero a la vez reconozco que me atraían esos mismos monstruos que me atemorizaban, algo tenían. En realidad no desaparecían porque se quedaban en la cabeza por algùn lado.