Category Archives: Infancia

Bird: Epílogo 2

Un pájaro brillante
Un pájaro brillante

Jorge

Jorge convenció al reverso tenebroso de su casa para que lo enviasen a Estados Unidos a estudiar COU. No le fue difícil convencer a su padre después de tantas pilladas con su amante secreta, así que solicitó Nueva York, Los Angeles, San Francisco, Seattle y Miami, y lo enviaron a un renuente agujero en Texas, un lugar llamado Abilene. Allí no lo pasó muy bien, tuvo dificultades, pero se graduó con fiesta y todo, anuario, baile fin de curso y al terminar se inscribió en una importante universidad de cine. Su padre volvió a poner lo que hiciera falta, no le quedó otro remedio, y aunque Jorge siguió pasando dificultades, consiguió estudiar cine en Nueva York. Por las noches recorría los restaurantes del barrio a la hora del cierre para recoger las sobras de la comida. Comió tanto pollo que le crecieron las tetas. Menos mal que su madre lo recuperaba al pobre cuando volvía al terruño. Mientras esperaba la comida escuchó mucho jazz

En sus primeros cortos de trabajo usó historias mías, como aquella de las dos rubias fabulosas que pactan la defunción de una de ellas para ver cuánta gente viene al funeral, y la otra va y la entierra viva para quedarse la más bella del barrio. Jorge la hizo con Barbies, le quedó muy bien. Luego hizo otro que ganó un premio en Valencia y otro sobre la muerte que era pueril y confuso. El corto que lo puso en el candelero en España contaba con elementos de mi invención, yo me sentía orgulloso. Empezó a moverse bien. Gracias a él conocí a Elena Anaya, Alejandro Amenábar, J.A. Bayona, Carmen Balagué, Belen Rueda, Ingrid Rubio, Hipólito Rincón, Fernando Cayo, Joaquín Oristrell, Paul Naschy, Mateo Gil, Gaël Morel… Casi llegamos a conocer a Céline Dion, pero no nos dejó por si le arruinábamos la reunión, que habíamos comprado bombas fétidas.

Jorge materializó un sueño que yo también tenía, el de pasarse al otro lado de la pantalla, el de hacer cine. Justo antes de recibir su primer Goya, recibió el último premio Polín, 20 años después. Con él mantuve más contacto que con ningún otro de los amigos, pero al final el resultado ha sido el mismo: quizás nos veamos en Navidad. Yo le admiro como nadie, porque he sido testigo de su abnegación y sus dificultades, de su batalla en la caverna contra Darth Vader, que era él mismo, y sólo espero que los Goyas sigan cayendo y sobre todo que haga buen cine. Curiosamente los dos Goyas que he tenido en mis manos no eran suyos. Sostuve el Goya de Amenábar por Tesis, y el de Bardem por el documental “Invisibles“, pero no sé dónde puso los suyos Jorge. Con su madre seguramente.

Unas Navidades de esperado reencuentro no apareció. Yo me enfrentaba a un dilema vital y había estado hablando con él por messenger; esperaba y necesitaba su apoyo y su opinión, así que le llamé varias veces, pero nunca me cogió el teléfono, típico de él. El día de enero justo antes de marcharme al extranjero con las decisiones tomadas, recibí su llamada y no la cogí. Me fui y una vez lejos me enteré de que había sufrido un accidente de coche y que casi la palma, tardó 4 meses en recuperarse el pobre.

Los rencores aparecían como sombras de reproches invisibles. Quizás por eso cuando visitó el Skywalker ranch y se alojó en la habitación “Kurosawa”, no me contó nada.

Un día me dijo que pensaba hacer una película sobre nuestra infancia, y decidí escribir unas memorias que le regalé por su 40 cumpleaños, y que ahora constituyen este blog. Quién sabe si acabaremos en la pantalla ¿Qué notable actor haría de mí?

Su película vital sería sin duda un biopic filmado por un anciano Clint Eastwood con música de John Williams y la canción de los créditos finales interpretada por Barbra Streisand, que sería automáticamente candidata al Óscar. Mientras la interpretase durante la gala de entrega en Los Ángeles, cacareando sentada en una silla de ruedas, se enfocarían primeros planos al público que se encontraría envuelto en melodrámaticas lágrimas de emoción.

La última peli de Star Wars le pareció a Jorge un lamentable remake pesetero.

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Au revoir les enfants

Nuestro Rosebud
Nuestro Rosebud

Nos hicimos mayores. No fue de un día para otro, ya se sabe, estas cosas ocurren despacio y deprisa sin darnos cuenta, y de repente alguien me dijo que necesitaba un afeitado y me afeité. Andar por casa en calzoncillos ya no era ni gracioso ni decente. Las entradas, los billetes de viaje, museos… costaban dinero o subían de precio. Estudiar no era divertido, la presión me obligaba a sacar las mejores notas y no me daba la gana. Las chicas me invitaban a Vanitas Vanitatis, la discoteca de moda, y pedíamos bebidas de colores como el semáforo, hecho con granadina, licor 43 y peppermint, o el Cua-cua, o el Lubumba hecho con Coñac y chocolate… Ellas me invitaban pero yo tenía que pagar y nunca me llegaba el dinero. Fui a la fiesta de la media naranja en la discoteca Whippoorwill, al “Escándalo en la Marina” de La Real y a tomar “Cubalibres” a Pasarela. Nuevas personas entraron en nuestras vidas, y poco a poco, los cuatro amigos, nos fuimos separando. Un año de esos dejamos de celebrar los premios Polín porque eran muy infantiles. Nuestra amistad se diluyó como lágrimas en la lluvia, quién viese a nadie tan triste. En los ágiles y oscuros medios caminos inconscientes, acaso brotó una lágrima que cayó; las aguas, inestables, la recibieron, luego se calmaron. Nadie triste. Todos felices aún nos reuníamos de vez en cuando para asistir a grandes estrenos: Mujeres al borde de un ataque de Nervios, Indiana Jones y la última Cruzada, Always, Cinema Paradiso, Big, Drácula

Todos acabamos por marchamos de Oviedo, como no podía ser de otra manera, ya he comentado que éramos chicos inteligentes.

Siempre convenimos en que nuestra vida nunca sería como una película de esas de plantilla, con tema, evolución y desenlace feliz, con los buenos que son unos cretinos que ganan siempre, de esas historias que uno ya sabe lo que va a pasar desde el primer minuto porque siempre son todas iguales, cambiando personajes y lugares, pero iguales de todas formas. Y al final se casan los protagonistas, o se salvan en el último minuto y se besan, o se quedan con el dinero… Si algo sacamos de nuestra intensa unión de supervivencia peri-adolescente, es que nuestras vidas tendrían riesgo y sorpresas, y el final no se sabría hasta que llegase, como las pelis buenas de verdad. Estaba escrito en las estrellas que brillaban escuálidas sobre nuestro patio de luces y que aún siguen ahí.
Au Revoir les enfants

Maurice

Maricas del siglo XX
Gays del siglo XX

En los mismos cines Clarín programaron la semana siguiente un filme basado en un libro Edwardiano que estaba escrito en 1914 por Edward Morgan Forster. Maurice, la novela en cuestión, sin embargo, no fué publicada hasta 1971, después de la muerte del famoso escritor, y tanta polémica no es más que porque trata de un romance no condenatorio entre personas del mismo sexo, dos hombres en este caso.

Maurice, la película, era un proyecto del productor Ismail Merchant y del director de moda James Ivory. Este director estaba en racha, porque había hecho con mucho éxito de crítica “Las Bostonianas” y “Una habitación con vistas“, y este último atrevimiento suyo que se presenta consiguió varios premios en Venecia. Mostraba una elegante maestría a la hora de contar historias de principio de siglo, sobre todo británicas, con pausa, sosiego y respeto a los autores originales, exquisita ambientación y cuidadísimos detalles, pero a su vez fácilmente asimilables y disfrutables por la gente de los 80. Escena tras escena se recrean con elegancia una tarde lánguida flotando en el río en Cambridge, un fortuito juego de cricket entre señores y sirvientes, la rutina diaria en la universidad, visitas a las casas de campo… y se muestra una sociedad, un amor idealista prohibido y una pasión física contra la ley de Dios y sobre todo contra la ley del hombre, que es lo que les preocupa más.

Salimos de ver esta película con silencio. Entre Amor y Pasión, En Penumbra y ahora Maurice, el tema de la sexualidad y el amor libre bullía de distintas maneras en nuestras cabezas. A ver si ocurre con la sexualidad como con todo lo demás, que te dicen lo que tienes que hacer y lo que te tiene que gustar. ¿Se puede elegir de quién enamorarse? La homosexualidad nos daba respeto, porque llevaba un sanbenito de pecado y de contra natura manipuladísimo, amén de profundamente arraigado, pero de la misma manera que no descartábamos probar algún día y discutíamos sobre las barreras psicológicas establecidas sobre bases etéreas, sabíamos que no se podía hablar de ello alegremente. Departíamos entre nosotros porque contábamos con un homosexual secreto en el grupo que nos tanteaba, que una cosa es estar abierto a muchas cosas, pero otra muy diferente tener la valentía para reconocer que se es homosexual, algo que en los 80 seguía estando muy mal visto. Igual que 75 años antes en la Inglaterra de Forster, tampoco había cambiado tantísimo el tema. Vamos, que ni se me ocurrió decirle a nadie que habíamos ido a verla.

MAURICE, from left: Rupert Graves, James Wilby, 1987, © Cinecom

En Penumbra

La movida ¿era ésto?
La movida ¿era ésto?

Un sábado por la tarde, ya todos los amigos juntos de nuevo, cumplimos con nuestro ritual de cine y fuimos a ver a las salas Clarín una película española sobre el autodescubrimiento de un joven, connotaciones sexuales incluidas, en la movida española. Salía el cara de palo Miguel Bosé y un joven actor en auge, que decían que era su amante, y que se llamaba Antonio Cantó. El actor era tan malo que sin duda debía ser su amante, porque no cabía otra explicación. Con el tiempo este chico se convirtió en político chaquetero con el pseudónimo de Toni Cantó. La película se llamaba “En penumbra“, y a pesar de su calidad dudosa, nos tocó la fibra por tratar de lo mismo que otras películas que ya he mencionado, en una etapa sensible para nosotros; un joven se enfrenta a su futuro, cómo va a hacer, qué va hacer, qué quiere y todas esas cosas. El hombre se mezcla con lo peorcito, incluyendo a Miguel Bosé que hace de una especie de Vampiro-diablo mientras las Magenta interpretaban “La Reina del Salón” con violines y todo. ¡Qué gran grupo Magenta! Nacho Cano las produjo y las obligó a ponerse este nombre cursi, en vez del sugerente nombre Modesty Blaise que tenían.

En fin, la película era enrevesada y confusa, el cine español necesitaba de un rescatador urgentemente, y la movida precisaba de alguien fresco que la retratara, Almodóvar ya estaba por ahí afortunadamente. No obstante algunas frases se clavaron como flechas en alguno de nosotros: “La vida consiste en ir comprobando como fracasan todas las ilusiones” – “Las cosas nunca salen como uno las proyecta”. Eso junto a algunas escenas sexuales afectaron concretamente a uno del grupo que salió aturdido de la sesión. No nos lo confesó hasta bastante tiempo después, pero uno de nosotros descubrió con esta película malísima que probablemente era homosexual.

Amor y Pasión

Un Tinto de verano
Un Tinto de verano

Me gustaría recordar que en aquellos tiempos no existía el internet, y que el acceso al porno era complicado y acarreaba muchos riesgos en una ciudad tan conservadora como la nuestra. Podías acabar prisionero en una dirección espiritual del Opus Dei. Ver tetas, culos y coitos no era nada fácil, pero nosotros lo intentábamos, por curiosidad y para aprender, claro. Si el cine nos había enseñado a besar por qué no aprender el paso siguiente. En cualquier caso prefería ver cine antes que un vídeo porno, con todos los respetos, pues me daba más morbo un erotismo bien contado que todas las vaginas, pechos, culos, penes enhiestos y lubricaciones juntos. Y dado que “Calígula” nos había resultado muy “interesante”, fuimos a los minicines Jorge y yo un Domingo, sin decirles nada a los otros, a ver secretamente por la noche “Amor y Pasión“, que también era del gran cineasta Tinto Brass y que como siempre con él muestra unos cuantos panderos bien redondos.

Sacamos las entradas poniendo voz de barítono, aunque no hacía falta, porque los socialistas en el poder permitían que pudiéramos ver películas guarras. Nos fijamos que en torno a la taquilla había no pocos hombres con abrigos y gabardinas la mayoría fumando. En fin, entramos y estábamos solos en la sala, no había ni un alma – ¡Qué bien! El cine entero para nosotros – Pero fue apagarse las luces y la caterva de hombres fumadores que estaba fuera comenzó a entrar aprovechando la oscuridad. Algunos se sentaron cerca nuestro, y algunos no se quitaron la gabardina en toda la sesión, e incluso movían ocasionalmente las manos en sus bolsillos. En ese momento comprendimos el por qué del rancio olor a pocilga de los minicines.

Basada en una novela de Mario Soldati, escritor y director de cine, la cinta cuenta la historia de una pareja que sirvió en Capri durante la segunda guerra mundial y que vuelve en 1947, encontrándose con sus respectivos antiguos amantes. Como siempre con el señor Brass, salen amplios traseros, vellos pubicos, pilosidades femeninas varias, sus particulares fetiches sexuales en contra de la hipocresía y censura del cine imperante.

Al acabar al sesión estábamos de nuevo solos en la sala, todos los individuos habían ya desaparecido a velocidad express. Al salir nos encontramos con mi primo de Gijón y nos preguntó de qué película veníamos – de ver El Oso – respondimos, no podíamos retratarnos y descubrirnos, y nos tuvimos que inventar piezas del argumento sobre la marcha para explicarle a mi primo, que tenía interés por verla – es muy buena, mucho pelo, jajaja – Nos daba vergüenza reconocer que habíamos ido a ver “Amor y Pasión”.

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Porky’s

Gamberros de universidad
Gamberros de instituto

Cuando Terciopelo Azul acabó, estábamos aturdidos. No era el tipo de erotismo que esperábamos encontrar. ¡Qué gran película! – decíamos – y nos sentimos tentados a no poner la otra cinta que habíamos sacado del videoclub, para no quebrar la atmósfera. Sin embargo, y por unanimidad, la quebramos y acabamos por ponerla: Porky’s, la muy gamberra e irreverente, nada surrealista, puro contraste.

Filme de culto a su manera, esta cinta muestra como la juventud local del instituto Angel Beach de Florida, busca diversiones en el año 1954. El modelo de historia ha tenido gran influencia en los guiones de las películas posteriores sobre adolescentes.

Perder la virginidad debería ser un sacramento, según la cultura comportamental contemporánea occidental. Así se hubiera evitado que estos chicos salidos y hormonales de instituto salieran humillados de sus intentos con una prostituta del club nocturno de Porky. El resto del filme es la trama de la venganza de los muchachos contra Porky y su hermano el Sheriff, que finalmente se consuma.

En la subtrama pululan las travesuras. La entrenadora, Beulah Balbricker, estaba caracterizada muy bien, con esa notable barriga y los pantalones ajustados en la cintura marcando todo el continente, divertidísima.  Hay una escena en la que los chicos espían a las chicas en su vestuario a través de un agujero. Son descubiertos y sacan la lengua por el orificio, pero las mujeres la untan con jabón, y el muchacho responde introduciendo su pene. Justo entonces entra la nominada entrenadora que agarra con fuerza el miembro sobresaliente, casi no podíamos parar de reír, creo que alguien se meó incluso. El chico consigue escaparse, pero la entrenadora ha visto que el rabo tenía un lunar, y está decidida a encontrar al dueño. Solicita que el Director desnude a todos los chicos en fila en el patio para que ella pueda identificarlo. Sin embargo, le niegan la solicitud y se vuelve obsesionada con su búsqueda mientras todos los demás se burlan de ella.

Mucho nos reímos con esta película gamberra, que resultó no ser estadounidense. Para nuestra sorpresa Porky’s acabó por ser la película canadiense más taquillera de la historia.

El tema de perder la virginidad salía a relucir en nuestro debate posterior, todos éramos vírgenes de momento, pero entre el SIDA y nuestro comportamiento infantil, no nos importaba mucho aún. Por supuesto que al llegar a casa ni mú, que eran películas prohibidas. – ¿De dónde vienes? – Del cine – ¿Qué película has ido a ver? – Howard el pato – ¿Pero esa no la habíais visto ya? – No, quisimos ir pero no había entradas – ¡Ah! ¿Y qué tal? – Horrorosa – todo mentira menos lo último.

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Terciopelo azul

La canción se te mete
La canción se te mete

Al igual que habíamos hecho ciclos de cine de terror, hicimos ciclos de cine erótico-festivo. El primero tuvo lugar en cierta ocasión en la que el cuñado de Jorge se marchó de vacaciones con la hermana, y dejó el piso libre con el video beta dentro; y teníamos la llave. Así que fuimos al videoclub, que ya contaba sólo con una brevísima sección Beta, y escogimos “Terciopelo Azul” y “Porky’s“, lo mejor que les quedaba en la exigua estantería, aunque a “Terciopelo Azul” le teníamos muchas ganas, porque no nos habían permitido ir a verla en el estreno y estábamos oyendo hablar de ella constantemente.

Así que allá fuimos, esperando ver de qué trataba ese sadomasoquismo que tanto se traía la prensa especializada con Isabella Rossellini para aquí y para allá. Y nos sedujo la película, quedamos hipnotizados en el surrealismo de Lynch sin entender del todo esa dualidad que se presenta entre lo normal y bien visto y lo oscuro y lo secreto, pero percibiéndolo inconscientemente y absorbiéndolo todo, envueltos en la tan bien utilizada música, ella llevaba puesto terciopelo azul, ¡Buff!

Lynch estuvo nominado al óscar al mejor director (por segunda vez) y si no lo ganó es porque los académicos son una panda de conservadores temerosos. Quizás el fracaso de Dune impregnaba al director aún, pese a que su nueva obra era completamente personal y diferente, la consolidación de su individualismo torcido, “askew vision“, y de su exclusivo estilo negro, psicológico y onírico. La atmósfera perturbadora y surrealista que se construye es del todo magistral e inquietante. Bebía de Buñuel y el perro andaluz, y también de Hitchcock y del cine clásico. Numerosos simbolismos pululaban por el metraje: hormigas, insectos, un mirlo… La famosa oreja se asemejaba a la del infierno musical del Jardín de las Delicias de El Bosco; El conjunto ofrece complejas lecturas, la mayoría de las cuales se nos escapaba entonces. Y al final…

…I still can see blue velvet
Through my tears

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Fuego en el cuerpo

Me se quema la piel con tus besos
Me se quema la piel con tus besos falsos

Hay muchos aspectos en el mundo a explorar, teníamos tantas cosas que aprender. Fuimos a ver “Fuego en el cuerpo”, una película que nos encantó particularmente.

Pese al llameante título no se trataba de una historia sobre Juana de Arco quemada en la pira de la condena humana, ni de monjes budistas ardiendo a lo bonzo. Sabíamos lo que queríamos ver y esta vez no se trataba de política ni de historia, era carne cruda. Ya he dejado claro que Kathleen Turner nos gustaba a todos, tan vital, ondulada y turgente. Además la película era la primera de Lawrence Kasdan como director, que había sido guionista de “En busca del Arca perdida” y de “El Imperio Contraataca“. Y vaya si contraataca, que las tórridas escenas de sexo bastante explícito abundan por la película y el pobre William Hurt no puede más que sucumbir ante los encantos de Kathleen “Femme Fatale” Turner y hasta rompe una ventana de purita tensión sexual. Pero también era un filme negro de crímenes al estilo antiguo. La revista Variety escribió: «Fuego en el cuerpo es un fascinante y elegante melodrama donde el sexo y el crimen andan de la mano con rumbo al infortunio, justo como en las películas de antaño» Pero con el añadido de la guinda erótica que en los 80 se podía permitir hasta límites por descubrir, había que ir probando, y que en los años 40 apenas se podía insinuar. Los críticos masculinos se rendían a la Turner mientras que las pocas críticas femeninas no estaban tan impresionadas.

Como no podía ser de otra forma fue un gran éxito de taquilla. Con esta película se consolidó el desarrollo del thriller erótico en los siguientes años con protagonistas como Madonna (Body of Evidence), Glenn Close (Atracción Fatal), Melanie Griffith (Bodie Double), Kevin Costner (No way out), Dennis Quaid (Querido Detective), Kim Basinger (9 semanas y media, Final analysis) y que quizás alcanzó su cénit con Instinto Básico y la escena que todos conocemos de Sharon Stone (Charito Piedra). Me refiero a cuando se le ve todo lo negro al cruzar las piernas, por si hay algún despistado.

“Fuego en el cuerpo” transmite el calor que anuncia e hizo que saliésemos sudando de la sala, como si hubiéramos estado en una sauna en vez de en un teatro de cine. El sexo existe y tiene buena pinta.

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Quieto, Muere, resucita

Otro niño desgraciado
Otro niño desgraciado

Después de “La Pequeña Vera” pude ver la impactante “Quieto, Muere, resucita” en los cines Clarín. Esta película soviética de niños desgraciados, cómo a Jorge le gustaba decir, acaba con un final turbador.

El extraño título hace referencia a un juego y/o canción infantil rusa, pero es una película muy dura sobre la infancia. Dos niños intentan sobrevivir en unas condiciones terribles en una remota población minera de Siberia durante los años 40 del siglo XX, y salvan las circunstancias gracias a sus travesuras y a su instintivo humor. Viven ambos en los alrededores de un campo de internamiento para prisioneros de guerra -japoneses- y disidentes. Ambos realizan un inocente recorrido por el horror, la miseria, la violencia.  El aprendizaje del horror y no del heroísmo es el desgarrador balance de una educación sentimental condenada a la oscuridad. Se trata de un filme autobiográfico que porta la ira de su autor, Vitali Kanevski, que pudo dirigir su película a los 55 años después de haber sido condenado 8 años a prisión por una violación no probada. Para escribirla no cabe duda de que se inspiró en “Los 400 golpes“, porque la mirada del muchacho Valerka es muy parecida a la de Antoine Doinel, aparte del blanco y negro, pero la traducción a lo ruso resulta de una crudeza sobrecogedora, un testimonio escalofriante de lo que supuso el estalinismo, tan crítica que sólo en la época de la perestroika se pudo finalizar. Hay tanto paralelismo con la película de Truffaut, que hasta hizo una secuela con un Valerka más mayor titulada “Una vida independiente” (1992)

Al final el director dice ¡Corten! y se ve como se acaba la película, los técnicos, los actores y el cámara, pero una señora loca que ronda, la mujer enajenada, sigue gritando y brincando alrededor desnuda en una escoba; no es una actriz, es real, la locura auténtica. Como queriendo decir: esto que os he contado es de verdad, así estamos en Rusia.

Es bueno comparar. El mundo es así.

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La Pequeña Vera

Nada que ver el poster con la peli
Nada que ver el poster con la peli

Aprovecha el momento. Estábamos muy lejos de los límites de la desesperación, que por entonces empezaban a delimitarse en el este, en las películas rusas. Algo ocurría allí y el cine soviético comenzaba a ser crítico y a llegar a nuestras pantallas, algo muy novedoso. La primera película rusa que vi se titulaba “La pequeña Vera“, que trata sobre una joven muchacha que vive un infierno en su casa, mucho peor que cualquiera de los nuestros, en la época de la pre-perestroika. Su padre es un borracho que la pega y hasta la ha violado alguna vez. Se echa un novio y todavía le sale peor la jugada, así que se va a vivir con las amigas y se mete en la droga y en la prostitución, hasta que la detienen. Un descenso a los infiernos; cuando la policía soviética la detiene pregunta a los polis que por qué, y le dicen que por puta, y ella responde que ese delito no se da en la Unión soviética y que no puede ser detenida por un delito que no existe. Pero vaya si la detienen. Rusia se ponía como ejemplo mundial en el escaparate social, se vendía como un país que ya había superado los conflictos sociales, que no contaba con problemas de esa naturaleza, que no tenía drogas, alcoholismo, robos, asaltos, asesinatos, que todos los rusos eran fraternos, hermanos, camaradas y que existía un sentimiento de solidaridad. Así que Vera opina que no la pueden detener por prostitución porque ese delito simplemente no existe.

La película por primera vez tocaba un problema grave en la sociedad soviética, y que por censura no se publicaba ni se daba a conocer a través de los medios; sólo gracias a la perestroika y el glásnost fue posible que salieran a relucir los problemas sociales que tanto afectaban al país, como a cualquier país del mundo, no se podía tapar el sol con un dedo.

El film fue un éxito total de taquilla en la Unión Soviética en el año 1988, con 54.9 millones de espectadores, y también alcanzó una popularidad notable en los Estados Unidos, quizás por sus escenitas sexuales explícitas.

Sin embargo el tema que se me metió en la cabeza con esta peli es que si bien los chicos desgraciados sufren, luchan, se adaptan, y consiguen objetivos, las chicas desgraciadas acaban mal folladas casi siempre, abusadas y sobrecargando una connotación sexual en sus desdichas. Qué difícil ser mujer.

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