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Los diablos de Monza

Por Dios, qué cruz!
Por Dios, ¡qué cruz!

Esos conventos medievales repletos de jóvenes doncellas virginales cedidas por sus nobles familias para servir a Dios entre cuatro benditas y gruesas paredes, sin ni siquiera preguntarles si querían o no, allá iban las pobres, bien jovencitas. Anda qué no tentaciones pensarían, qué pecados escandalosos se montarían en las soledades húmedas de la piedra atea, sumisas ante un joven desnudo colgado ensangrentado…este es mi cuerpo…y sacando la lengua tomarlo…

Pues salió una película basada en hechos reales similares a los mencionados, qué morbo de santuario. La señorita era Marianna de Leyva, hija del comendador español en Milán Martín de Leyva. Trás morir su madre Virginia en 1576, su padre la envió al Monasterio Benedictino de Monza, debido a su rudo comportamiento y porque según costumbre de la época, la joven Mariana se sentía mental y socialmente incapacitada para tener parte en el testamento de su fallecida madre, por el hecho de ser mujer.

Aquí empieza la película. El joven y apuesto noble Giampaolo Osio es censurado por la hermana Leyva cuando ella le encuentra coqueteando con una doncella del convento. Despechado, y con los consejos de un cura amigo suyo, mata en duelo al administrador de Marianna e intenta seducirla. Ella se resiste – ¡No! ¡Es pecado! – pero su cuerpo bulle en deseos prohibidos – blub, blub, blub
A pesar de su resistencia inicial, la hermana sucumbe ante los embates de Giampaolo, convirtiéndose en amante y receptora de sus placenteros envites.
Cuando una hermana metomentodo amenaza con revelarlo, es asesinada por Giampaolo… pero los rumores llegan a oídos del cardenal Borromeo: la ha liado parda.

La peli es una serie B que promete más que confirma, pero en su momento tuvo la capacidad de sublevar los pro-esteroides endógenos de éste que escribe, y mantener la sublevación por algunos días y muchas noches. La historia fue novelada por Alessandro Manzoni en su obra más importante: Los Novios,  que es aceptada como el primer exponente de la novela italiana moderna y con la Divina comedia de Dante Alighieri es considerada la obra de literatura italiana más importante y estudiada en las escuelas italianas. ¡Necesita un Re-make ya!

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La ley del deseo

Qué bueno el poster
Qué bueno el poster

Tanto “Amor y Pasión” “En Penumbra” con “Fuego en el Cuerpo“, al final se impuso “La ley del Deseo“, lo que le faltaba al corral. Era nuestro bautismo de Almodóvar, y a partir de entonces ya no nos perdimos nunca ninguna de sus películas, incluso asistíamos ávidos a los estrenos. Comenzaba el despegue del cine español, que hasta entonces había sido incapaz de salir de su narrativa casposa y pedante dependiente de subvenciones, por mucho que a Garci le hubiera tocado un Òscar por “Volver a empezar“.

Hasta la llegada de Almodóvar el cine español agonizaba enmohecido, no tenía puertas para afuera, desde Buñuel, salvo muy contadas excepciones y cineastas que no acabaron de cuajar. Almodóvar era fresco, era libre, te sorprendía pero a la vez era cotidiano, espontáneo, fluido, y era muy divertido.

La originalidad de Almodóvar es genuina y guarda una erudita complejidad bajo la aparente superficialidad. Frecuentemente sus múltiples detalles son más importantes que los hechos: Los cuerpos se filman como si fueran territorios. La ropa, los vestidos, son parte esencial de la historia: ese vestido con una cremallera a corazón abierto de Carmen Maura cuando pide “¡Riégueme!”, y que luego se abre entre las piernas. El proceso de desvestirse, quitar los pantalones, desabrochar la camisa, se convierten en ceremonias entretejidas con el hilo argumental. En la huida de Eusebio Poncela la carretera aparece reflejada en sus gafas de sol y, al quitárselas, sus ojos se convierten en las llantas del coche mostrando el movimiento.

“La ley del deseo” manda a un muchacho que se restriegue el paquete en un espejo en esa secuencia inicial en la que vemos al actor obteniendo instrucciones para ejecutar una escena erótica. El chico se sienta en la cama para recibir las órdenes del director, una voz presente y ansiosa que lo hace desnudarse, masturbarse y pedir que lo folle. La voz que autoritaria conmina a la pasión y que resulta ser tan sólo una ilusión.

Nos pareció fantástica, y claro, tanta película con homosexualidad, al final tuvo que ocurrir, sobre todo nosotros que vivíamos las películas con intensidad y sacábamos para casa el cine de las salas. Y teníamos un gay infiltrado… Lo cuento en el post siguiente.

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Amor y Pasión

Un Tinto de verano
Un Tinto de verano

Me gustaría recordar que en aquellos tiempos no existía el internet, y que el acceso al porno era complicado y acarreaba muchos riesgos en una ciudad tan conservadora como la nuestra. Podías acabar prisionero en una dirección espiritual del Opus Dei. Ver tetas, culos y coitos no era nada fácil, pero nosotros lo intentábamos, por curiosidad y para aprender, claro. Si el cine nos había enseñado a besar por qué no aprender el paso siguiente. En cualquier caso prefería ver cine antes que un vídeo porno, con todos los respetos, pues me daba más morbo un erotismo bien contado que todas las vaginas, pechos, culos, penes enhiestos y lubricaciones juntos. Y dado que “Calígula” nos había resultado muy “interesante”, fuimos a los minicines Jorge y yo un Domingo, sin decirles nada a los otros, a ver secretamente por la noche “Amor y Pasión“, que también era del gran cineasta Tinto Brass y que como siempre con él muestra unos cuantos panderos bien redondos.

Sacamos las entradas poniendo voz de barítono, aunque no hacía falta, porque los socialistas en el poder permitían que pudiéramos ver películas guarras. Nos fijamos que en torno a la taquilla había no pocos hombres con abrigos y gabardinas la mayoría fumando. En fin, entramos y estábamos solos en la sala, no había ni un alma – ¡Qué bien! El cine entero para nosotros – Pero fue apagarse las luces y la caterva de hombres fumadores que estaba fuera comenzó a entrar aprovechando la oscuridad. Algunos se sentaron cerca nuestro, y algunos no se quitaron la gabardina en toda la sesión, e incluso movían ocasionalmente las manos en sus bolsillos. En ese momento comprendimos el por qué del rancio olor a pocilga de los minicines.

Basada en una novela de Mario Soldati, escritor y director de cine, la cinta cuenta la historia de una pareja que sirvió en Capri durante la segunda guerra mundial y que vuelve en 1947, encontrándose con sus respectivos antiguos amantes. Como siempre con el señor Brass, salen amplios traseros, vellos pubicos, pilosidades femeninas varias, sus particulares fetiches sexuales en contra de la hipocresía y censura del cine imperante.

Al acabar al sesión estábamos de nuevo solos en la sala, todos los individuos habían ya desaparecido a velocidad express. Al salir nos encontramos con mi primo de Gijón y nos preguntó de qué película veníamos – de ver El Oso – respondimos, no podíamos retratarnos y descubrirnos, y nos tuvimos que inventar piezas del argumento sobre la marcha para explicarle a mi primo, que tenía interés por verla – es muy buena, mucho pelo, jajaja – Nos daba vergüenza reconocer que habíamos ido a ver “Amor y Pasión”.

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El SIDA

Sexo y Sida van juntos
Sexo y Sida venían juntos

Como a cualquier joven adolescente en edad de brotar vello, nos interesaba el sexo, el erotismo y sus posibilidades, y todo ello estaba por descubrir. Sin embargo se empezaba a conocer una enfermedad que se llamaba SIDA y que no se sabía aún muy bien si sólo afectaba a homosexuales o afectaba a todo el mundo, si se contagia en la penetración, o en los besos, o bebiendo de un vaso contaminado, o sólo drogadictos. Cada año iba saliendo información nueva y contradictoria, y esto, quieras que no, infundía un respeto.

Les venía fenomenal a todos los que vendían el sexo como pecado, como vergüenza, como prohibido. Te llegabas a plantear si no sería mejor meterse a monje. La ignorancia era tan atrevida como lo ha sido siempre, y la gente opinaba como le daba la gana.

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No sé qué hubiera sido de nuestra vida si el SIDA hubiera aparecido antes o después, pero en ese momento no puedo negar que afectó mucho nuestra sexualidad y nuestra forma de vivir y aprender el sexo, sin duda nos marcó para siempre. La era del sida empezó oficialmente el 5 de junio de 1981. Hasta 1984, que dos científicos franceses del Instituto Pasteur aislaron el virus, no se conocía qué tipo de amenaza infecciosa era ésta. La gente temía acercarse a los infectados ya que pensaban que el VIH podía contagiarse por un contacto casual como dar la mano, abrazar, besar o compartir utensilios. Famosos en todo el mundo empezaron a fallecer de SIDA y se mantenía en secreto, pero se rumoreaba: Rock Hudson en 1985, Liberace en 1987,  Robert Mapplethorpe en 1989, Freddie Mercury en 1991, Isaac Asimov en 1992, Rudolf Nuréyev en 1993… De repente el sexo tan apetecible estaba re-maldito.

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Fuego en el cuerpo

Me se quema la piel con tus besos
Me se quema la piel con tus besos falsos

Hay muchos aspectos en el mundo a explorar, teníamos tantas cosas que aprender. Fuimos a ver “Fuego en el cuerpo”, una película que nos encantó particularmente.

Pese al llameante título no se trataba de una historia sobre Juana de Arco quemada en la pira de la condena humana, ni de monjes budistas ardiendo a lo bonzo. Sabíamos lo que queríamos ver y esta vez no se trataba de política ni de historia, era carne cruda. Ya he dejado claro que Kathleen Turner nos gustaba a todos, tan vital, ondulada y turgente. Además la película era la primera de Lawrence Kasdan como director, que había sido guionista de “En busca del Arca perdida” y de “El Imperio Contraataca“. Y vaya si contraataca, que las tórridas escenas de sexo bastante explícito abundan por la película y el pobre William Hurt no puede más que sucumbir ante los encantos de Kathleen “Femme Fatale” Turner y hasta rompe una ventana de purita tensión sexual. Pero también era un filme negro de crímenes al estilo antiguo. La revista Variety escribió: «Fuego en el cuerpo es un fascinante y elegante melodrama donde el sexo y el crimen andan de la mano con rumbo al infortunio, justo como en las películas de antaño» Pero con el añadido de la guinda erótica que en los 80 se podía permitir hasta límites por descubrir, había que ir probando, y que en los años 40 apenas se podía insinuar. Los críticos masculinos se rendían a la Turner mientras que las pocas críticas femeninas no estaban tan impresionadas.

Como no podía ser de otra forma fue un gran éxito de taquilla. Con esta película se consolidó el desarrollo del thriller erótico en los siguientes años con protagonistas como Madonna (Body of Evidence), Glenn Close (Atracción Fatal), Melanie Griffith (Bodie Double), Kevin Costner (No way out), Dennis Quaid (Querido Detective), Kim Basinger (9 semanas y media, Final analysis) y que quizás alcanzó su cénit con Instinto Básico y la escena que todos conocemos de Sharon Stone (Charito Piedra). Me refiero a cuando se le ve todo lo negro al cruzar las piernas, por si hay algún despistado.

“Fuego en el cuerpo” transmite el calor que anuncia e hizo que saliésemos sudando de la sala, como si hubiéramos estado en una sauna en vez de en un teatro de cine. El sexo existe y tiene buena pinta.

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