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Bird: Epílogo 2

Un pájaro brillante
Un pájaro brillante

Jorge

Jorge convenció al reverso tenebroso de su casa para que lo enviasen a Estados Unidos a estudiar COU. No le fue difícil convencer a su padre después de tantas pilladas con su amante secreta, así que solicitó Nueva York, Los Angeles, San Francisco, Seattle y Miami, y lo enviaron a un renuente agujero en Texas, un lugar llamado Abilene. Allí no lo pasó muy bien, tuvo dificultades, pero se graduó con fiesta y todo, anuario, baile fin de curso y al terminar se inscribió en una importante universidad de cine. Su padre volvió a poner lo que hiciera falta, no le quedó otro remedio, y aunque Jorge siguió pasando dificultades, consiguió estudiar cine en Nueva York. Por las noches recorría los restaurantes del barrio a la hora del cierre para recoger las sobras de la comida. Comió tanto pollo que le crecieron las tetas. Menos mal que su madre lo recuperaba al pobre cuando volvía al terruño. Mientras esperaba la comida escuchó mucho jazz

En sus primeros cortos de trabajo usó historias mías, como aquella de las dos rubias fabulosas que pactan la defunción de una de ellas para ver cuánta gente viene al funeral, y la otra va y la entierra viva para quedarse la más bella del barrio. Jorge la hizo con Barbies, le quedó muy bien. Luego hizo otro que ganó un premio en Valencia y otro sobre la muerte que era pueril y confuso. El corto que lo puso en el candelero en España contaba con elementos de mi invención, yo me sentía orgulloso. Empezó a moverse bien. Gracias a él conocí a Elena Anaya, Alejandro Amenábar, J.A. Bayona, Carmen Balagué, Belen Rueda, Ingrid Rubio, Hipólito Rincón, Fernando Cayo, Joaquín Oristrell, Paul Naschy, Mateo Gil, Gaël Morel… Casi llegamos a conocer a Céline Dion, pero no nos dejó por si le arruinábamos la reunión, que habíamos comprado bombas fétidas.

Jorge materializó un sueño que yo también tenía, el de pasarse al otro lado de la pantalla, el de hacer cine. Justo antes de recibir su primer Goya, recibió el último premio Polín, 20 años después. Con él mantuve más contacto que con ningún otro de los amigos, pero al final el resultado ha sido el mismo: quizás nos veamos en Navidad. Yo le admiro como nadie, porque he sido testigo de su abnegación y sus dificultades, de su batalla en la caverna contra Darth Vader, que era él mismo, y sólo espero que los Goyas sigan cayendo y sobre todo que haga buen cine. Curiosamente los dos Goyas que he tenido en mis manos no eran suyos. Sostuve el Goya de Amenábar por Tesis, y el de Bardem por el documental “Invisibles“, pero no sé dónde puso los suyos Jorge. Con su madre seguramente.

Unas Navidades de esperado reencuentro no apareció. Yo me enfrentaba a un dilema vital y había estado hablando con él por messenger; esperaba y necesitaba su apoyo y su opinión, así que le llamé varias veces, pero nunca me cogió el teléfono, típico de él. El día de enero justo antes de marcharme al extranjero con las decisiones tomadas, recibí su llamada y no la cogí. Me fui y una vez lejos me enteré de que había sufrido un accidente de coche y que casi la palma, tardó 4 meses en recuperarse el pobre.

Los rencores aparecían como sombras de reproches invisibles. Quizás por eso cuando visitó el Skywalker ranch y se alojó en la habitación “Kurosawa”, no me contó nada.

Un día me dijo que pensaba hacer una película sobre nuestra infancia, y decidí escribir unas memorias que le regalé por su 40 cumpleaños, y que ahora constituyen este blog. Quién sabe si acabaremos en la pantalla ¿Qué notable actor haría de mí?

Su película vital sería sin duda un biopic filmado por un anciano Clint Eastwood con música de John Williams y la canción de los créditos finales interpretada por Barbra Streisand, que sería automáticamente candidata al Óscar. Mientras la interpretase durante la gala de entrega en Los Ángeles, cacareando sentada en una silla de ruedas, se enfocarían primeros planos al público que se encontraría envuelto en melodrámaticas lágrimas de emoción.

La última peli de Star Wars le pareció a Jorge un lamentable remake pesetero.

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Au revoir les enfants

Nuestro Rosebud
Nuestro Rosebud

Nos hicimos mayores. No fue de un día para otro, ya se sabe, estas cosas ocurren despacio y deprisa sin darnos cuenta, y de repente alguien me dijo que necesitaba un afeitado y me afeité. Andar por casa en calzoncillos ya no era ni gracioso ni decente. Las entradas, los billetes de viaje, museos… costaban dinero o subían de precio. Estudiar no era divertido, la presión me obligaba a sacar las mejores notas y no me daba la gana. Las chicas me invitaban a Vanitas Vanitatis, la discoteca de moda, y pedíamos bebidas de colores como el semáforo, hecho con granadina, licor 43 y peppermint, o el Cua-cua, o el Lubumba hecho con Coñac y chocolate… Ellas me invitaban pero yo tenía que pagar y nunca me llegaba el dinero. Fui a la fiesta de la media naranja en la discoteca Whippoorwill, al “Escándalo en la Marina” de La Real y a tomar “Cubalibres” a Pasarela. Nuevas personas entraron en nuestras vidas, y poco a poco, los cuatro amigos, nos fuimos separando. Un año de esos dejamos de celebrar los premios Polín porque eran muy infantiles. Nuestra amistad se diluyó como lágrimas en la lluvia, quién viese a nadie tan triste. En los ágiles y oscuros medios caminos inconscientes, acaso brotó una lágrima que cayó; las aguas, inestables, la recibieron, luego se calmaron. Nadie triste. Todos felices aún nos reuníamos de vez en cuando para asistir a grandes estrenos: Mujeres al borde de un ataque de Nervios, Indiana Jones y la última Cruzada, Always, Cinema Paradiso, Big, Drácula

Todos acabamos por marchamos de Oviedo, como no podía ser de otra manera, ya he comentado que éramos chicos inteligentes.

Siempre convenimos en que nuestra vida nunca sería como una película de esas de plantilla, con tema, evolución y desenlace feliz, con los buenos que son unos cretinos que ganan siempre, de esas historias que uno ya sabe lo que va a pasar desde el primer minuto porque siempre son todas iguales, cambiando personajes y lugares, pero iguales de todas formas. Y al final se casan los protagonistas, o se salvan en el último minuto y se besan, o se quedan con el dinero… Si algo sacamos de nuestra intensa unión de supervivencia peri-adolescente, es que nuestras vidas tendrían riesgo y sorpresas, y el final no se sabría hasta que llegase, como las pelis buenas de verdad. Estaba escrito en las estrellas que brillaban escuálidas sobre nuestro patio de luces y que aún siguen ahí.
Au Revoir les enfants

Gorilas en la Niebla

Dian Fossey tenía el mono
Dian Fossey tenía el mono

Películas como “Arde Mississippi” o “Cry Freedom” me causaron un impacto profundo. Me impresionaba cómo la gente se veía obligada a luchar por sus derechos básicos, y cómo los malos son siempre los fanáticos, los codiciosos y los incapaces o los que no quieren entender a los demás. Comprender el racismo a través del cine me dejó huella y pude entrever un poco de las tremendas injusticias de la humanidad, que no son historia, sino que son cotidianas. Empecé a tomar partido y a participar en actividades con componente político, sobre todo para aprender y entender.

Sigourney Weaver volvía a la pantalla en el papel de Dian Fossey, una zoóloga comprometida en la investigación y conservación de los gorilas de alta montaña. Todo un personaje esa señora que se involucra hasta el fondo en la protección de los gorilas y se enfrenta a quien haga falta. Hasta se volvía medio loca, pero yo admiraba esa locura convencida repleta de sentido lógico en el propio orden de la protagonista, mucho mejor volverse loco por principios sólidos y coherentes que por dinero o por ambición. Y morir en la lucha no es la peor de las opciones, tiene dignidad y heroicidad. A la pobre Dian la mataron de un machetazo en su cabañita de Rwanda, y allí sigue enterrada, cerca de sus gorilas. Visité su tumba en Junio de 2003, la gente le dejaba plátanos y flores.

La actriz lo bordaba. Era un papel muy complicado, pero Sigourney se sale. Sobra decir que le dimos nuestro premio Polín a la mejor actriz a la buena de Sigourney Weaver, que para variar con las injusticias, en el mundo real, tuvo que ver desde su butaca cómo le daban el Òscar a Jodie Foster por esa apología de la violación que era “Acusados“, que te pasas toda la película esperando a ver la violación, que la ponen explicitamente al final, para descubrir lo que de verdad pasó y que es lo que todos sospechamos ya desde el primer minuto: Sí, la violaron bien violada.

En las nominaciones de los Óscar de ese año preferíamos mucho más a Glenn Close, e incluso a Melanie Griffith, aparte de la favorita ya mencionada y de la sorprendente Gena Rwolands en ‘Otra Mujer‘. Pero los académicos… ya se sabe, en vez de darle el óscar a la mejor actriz lo dieron en contra de la violencia y el abuso de género, que es una buena causa y así irán todos al cielo.

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Legal Tender

Zorba el Griego no fue la única danza que desarrollamos, pero la otra era menos cinematográfica, lo que no sirvió de excusa para bailarla en muchas ocasiones incluyendo de nuevo la entrega de premios Polín. Nuestro escueto repertorio se completaba con una canción del grupo americano New WaveThe B-52’s” que se titulaba “Legal Tender“, es decir, curso legal, y que trataba de solucionar lo caro que está todo vía falsificar dinero desde el sótano. En el video salían con llamativas pelucas, pero como nosotros no teníamos, nos poníamos calzoncillos, y así se bailaba, con calzoncillos en la cabeza culebreando. De hecho llegamos a comprarnos calzoncillos exclusivamente para ponérnoslos de sombrero. Mi madre, que era la que me compraba la ropa, se extrañaba de que eligiera unos boxers anchos con hipopótamos rosas y corazones púrpura, yo creo que pensaba que era la adolescencia, y nunca se imaginó que me los ponía de gorro y sólo de vez en cuando. Era el año 1984 y estábamos muy chicos aún para otras cosas.

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Zorba el Griego

De todas las canciones que encontramos en los viejos discos, una canción nos enganchó de inmediato, cómo no, era la música de una película. En uno de los discos venía el popular tema de la película “Zorba el griego“, de 1964. La habían puesto por la televisión unos días antes, por la noche, y de todos nosotros sólo yo la había visto. En el filme sobreviene el desastre, la ruina absoluta, y de repente se ponen a bailar, ¡brutal! Me encantó, así que encontrar este disco no me pareció una casualidad, había que aprovecharlo. Tuve que explicar a mis amigos que esta canción hallada en una caja tenía un baile, que era con las manos enlazadas por el dedo meñique y en fila se iba danzando, cada vez más deprisa hasta la catarsis. El Sirtaki, no sabíamos, no era una danza tradicional griega por mucho que lo pareciera y que la gente se lo creyera, sino que era una creación específica para la película. Otro ejemplo de cómo una película crea y confunde gracias al genio de un cineasta, esta vez el compositor Mikis Theodorakis. Hoy día el Sirtaki es una de las atracciones culturales de Grecia y de las tabernas de estilo griego de todo el mundo. En realidad no se bailaba como haciamos nosotros, sino que había que agarrarse por los hombros. Nosotros incorporábamos elementos locales, como si nos importase. Y así empezábamos – ¡Tachín! – despacio – ¡Taratatatarataratara! – y cada vez más rápido acelerando hasta que caíamos y rompíamos algo. Esta performance se convirtió en actuación oficial de los premios Polín, porque nosotros no teníamos a nadie para que cantase en nuestra entrega de premios como en los Òscar, así que a falta de Madonna o de Cher, lo hacíamos nosotros, sin rubores.

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Polín

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Polín, la leyenda

Hacer películas nos resultaba imposible, pero desarrollamos al máximo las posibilidades estereofónicas y seguimos grabando historias cada vez más complejas en el equipo HIFI de Jorge. Al menos era algo.

Otra de las historias memorables de esta entrañable época fue la de “Polín, un cuento de Navidad”. Era para darle sustancia a los premios Polín, que sólo tenían nombre pero no figura ni leyenda. Polín se convirtió en un niño paralítico por culpa de la Polio, y estaba en una silla de ruedas sobreprotegido por su madre. Carlos hacia de Polín, que decía en ese momento: – Soy un niño paralítico desgraciado – Entonces su progenitora, como tenía al chico muy triste, hacía una fiesta de cumpleaños e invitaba a otros niños para jugar con él. Pero uno de los chiquillos le regala unos bonitos zapatos de charol y Polín se pone a llorar, porque nunca los podrá usar como se merecen tales hermosos zapatos, drama forzado al puro estilo Hollywood de los años 30 de Freddie Bartholomew, como en “Capitanes Intrépidos” por ejemplo. Cuando la situación dramática alcanza un punto álgido de no-retorno, entonces la solución se vuelve mágica y aparece un hada madrina estupendísima, que Jorge interpretaba con su voz argentina mientras todos los demás hacíamos sonar campanillas como posesos, y le devuelve a Polín la movilidad de sus extremidades inferiores. ¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! Polín comienza a andar, se pone los zapatos, hace un claquet y termina diciendo que al día siguiente iría a la escuela con los zapatos nuevos puestos, tipo Escarlata O’Hara en “Lo que el viento se llevó”: “¡Mañana los llevaré a clase!“. La verdad es que tenía mucha coña la historia, se ve que no nos complicábamos la vida. No cuesta mucho adivinar que Polín éramos nosotros deseando ser màs libres.

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