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El club de los poetas muertos

Me subo yo a la mesa del Insti, y en menos de media hora estoy en casa con un papelito del jefe de estudios
Me subo yo a la mesa del Insti, y en menos de media hora estoy en casa con un papelito del jefe de estudios

El cine era muy importante para nosotros, como le pasaba a Ignatius Reilly, el protagonista de La conjura de los necios: «Cuando fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.» Pero como J. K. Toole, el buen escritor de la novela galardonada con el Pulitzer, se había acabado suicidando, procurábamos a su vez disfrutar de la vida misma fuera del cine, una cosa no quita la otra.

Para confirmarlo nos vino muy bien el estreno de “El club de los poetas muertos” – ¡Oh Capitán, mi capitán! – que insistía en lo que nosotros ya intuíamos que era importante: Carpe Diem, aprovecha el momento. El protagonista de la película, uno de los muchachos, quiere ser actor y su familia no se lo permite, tiene su vida ya planificada por sus padres para ser médico y un respetable profesional como debe ser. Entonces el hombre lo ve muy negro y decide que no merece vivir una vida que no le corresponde, al contrario que “Otra mujer“, de actitud dócil y conservadora, pero siendo un poco lo mismo, y aprovecha el momento (Carpe Diem) y se suicida colgándose de una maroma. ¡Hombre no!, se pasó un poco. Yo creo que uno no se puede ir sin luchar como Stephen Biko en “Grita Libertad“, o como Dian Fossey con los Gorilas, la lucha en sí merece la pena y es pasión y es vida, y el chaval debería haberse enfrentado a sus progenitores, escaparse de casa, entrar en un teatro ambulante, conocer una domadora de elefantes… El suicidio siempre es una elección fácil o desesperada que desde luego nosotros teníamos claro que no estaba entre nuestras primeras opciones. Había que aprovechar la vida, ¡Oh Juventud! ¡Mi Juventud!

Una tarde de sábado que los padres de un vecino logroñés se habían ido, fuimos a su cuarto trastero, en donde guardaban unas garrafas de estupendo Rioja cosechero, y aprovechamos el momento. Terminamos con dos garrafas cuyo contenido se hizo fuerte en nuestra sangre y después acabó siendo expulsado por todas las esquinas de la calle, que menos mal que llovía fuerte y se barrió notablemente. Hasta la niña de “El Exorcista” se hubiera sonrojado. Una vez más llegué a casa y conseguí que no me pillaran, nunca me pillan. No obstante pillaron a todos los demás y hubo un concilio Vaticano en el que todos fuimos condenados, aunque a mi madre se le escapaba la risa, que yo la ví.

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Otra mujer

Una mujer, otra mujer
Una mujer, otra mujer

De repente Woody Allen nos sorprendía de nuevo y estrenaba una película existencial contemporánea. Como decían los del Daily Telegraph “Una de las películas más cortas, menos divertidas y mejores de Woody Allen”. Para mí que Woody Allen se toma la vida como una broma, pero en serio. Pero broma al fin y al cabo. Intenta imitar o seguir a Ingmar Bergman pero como no puede le salen chistes y crea su propio estilo. En este film, muy Bergmiano a lo Fresas Salvajes, el humorista judío-humanista pone a su protagonista, una exitosa mujer de 50 años interpretada por Gena Rowlands, contra las cuerdas, al hacerla revisar su vida anterior con una objetividad que no había tenido nunca, y descubre que su existencia ha sido miserable y gris, una farsa, vacua. Que ha perdido la oportunidad de una vida más intensa, más auténtica, con riesgos y pasión, por preferir la comodidad de una ruta vital más fácil por los caminos de lo convencional y socialmente aceptado.

Incluso sale un poema que estuve rumiando un buen tiempo. A veces Woody Allen saca en sus películas poemas estupendos:

Torso de Apolo

No conocimos su inaudita cabeza,
en la que maduraron los frutos de sus ojos. Pero
su torso arde aún cual candelabro,
cuyo mirar, tan sólo atenuado,

perdura y resplandece. De otro modo la saliente
de su pecho no podría deslumbrarte, ni podría avanzar
una sonrisa por la silenciosa curva del lomo

hacia aquel centro de la procreación.

De otro modo esta piedra deformada y truncada
no se erguiría bajo la transparente caída de los hombros
ni centellearía como el pelaje de una fiera salvaje;

ni estallaría desde todos sus bordes como una estrella,
pues no hay en ella un sólo lugar que no te vea.
Debes cambiar tu vida.

Rainer Maria Rilke, Nuevos poemas, 1908

Acaba la película y dice: “Y me pregunté si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido”. Y salí del cine Ayala shockado pero decidido a que a mí no me iba a pasar lo que a esa mujer, que mis recuerdos serían sólidos y serían míos, y por supuesto que querría a mi familia e intentaría que estuvieran orgullosos de mí, pero sin renunciar a mí mismo ni un ápice. Como buen adolescente, tenía que ir construyéndome, y mi manera de hacerlo era película a película, que siempre me influyeron mucho. También podría haber visto Rambo y acabar a tiros por algún frente, pero las historias que yo elegía no eran violentas, me encauzaba por otros derroteros.

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