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Sexy naufragio

La satisfacción de un buen naufragio
La satisfacción de un buen naufragio

Tenía que llegar y llegó, atravesamos la línea del erotismo cinéfilo para pasar al porno. Fuimos al “Star 80” y después de varios minutos de andar rondando la sección sexual con precario disimulo, nuestra madame 80 nos sugirió alquilar una novedad VHS tropicalmente refrescante. Madame 80, o lady 80, como la llamábamos, era una silenciosa admiradora de nuestra sólida aficción cinéfila. Ya nos había recomendado grandes éxitos y nos conocía bien. La llamábamos así porque nos recordaba a la lady, lady, lady de la canción de Eurovisión. Además nos encantaba el nombre elegido para el videoclub que regentaba, el título de una película de Bob Fosse sobre una playmate asesinada por su marido, ¡qué total!. Ella sabía que nos iban las películas buenas aunque fueran un poco raritas, y nos aconsejaba siempre.

Madame 80 no sólo nos permitió coger una porno sin tener la edad, sino que además nos la eligió. Merced a su experimentado y sabio consejo nos llevamos “Sexy naufragio en los mares del sur”, un título verdaderamente sugerente y trabajado. Ni lo discutimos. No era mi primera primera peli porno, porque mi padre tenía una guardada en el cajón que se titulaba “wet rear” y de vez en cuando si me quedaba solo en casa le echaba un vistazo, pero así en grupo era la primera que veíamos.

La historia nunca os la imaginaríais. Los supervivientes de un naufragio en las mares del sur llegan a una isla paradisíaca. Curiosamente hay un solo hombre y un nutrido puñado de hermosas modelos. Pero tranquilas, hay leche para todas… Jerry Butler realiza una interpretación magistral eyaculando a lechazo limpio en los rostros sonrientes de Ginger Lynn, Diva, Crystal Holland, Ashley Britton y Rene Tiffany.

Fue realmente divertido y una buena oportunidad para hablar de temas sexuales explícitos entre mofas y risas. Resultó que de los cuatro amigos del grupo dos eran gays y dos no lo eran, fifty-fifty, sin problema.

Leche pa todas
Macho 80’s: Leche pa todas
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Verano del 42

En la vida de cada uno siempre hubo un verano del '42
En la vida de cada uno siempre hubo un verano del ’42

Madame 80 de nuevo me recomendaba con marcada simpatía una cinta antigua (del 71) – Sé que ésta te va a encantar – me dijo, y me pasó Verano del ’42. Sus anteriores consejos no me habían ido nada mal, así que la acepté de buen grado; no obstante su amabilidad levantaba mis suspicacias, y no levantaba nada más. Se apreciaba un intento de cercanía muy diferente al habitual entre dependiente y cliente, me escamaba. En cualquier caso me fui a casa a ver la película.

A la vez que en mi país se disfrutaba de la reposición de Verano azul, yo iba a ver otro verano. Un verano de recuerdos y de adolescentes que transcurre en Massachusetts, que era un sitio que me encantaba pronunciar. Massachusetts.

Tres adolescentes se pasan un verano tranquilo y estupendo en un pueblo costero estadounidense mientras la segunda guerra mundial está en punto álgido. Los tres son vírgenes y se plantean dejar de serlo – la gran preocupación americana – y con la ayuda de un manual de sexo que encuentran intentan ligarse a las chicas del pueblo. Sin embargo Hermie, el protagonista, se queda prendado de una señora casada que vive junto a la playa. La señora es Jennifer O’Neill, muy guapa ella, y su marido es un piloto que se va a la guerra. Poco a poco Hermie entabla amistad con ella. Un atardecer él llega a casa de la señora y se encuentra con que su marido ha fallecido en Francia. Él la consuela y ella lo consuela a él, pero la escena no resulta escabrosa ni nada de eso, al contrario, es muy tierna y triste bajo los compases de la música de Michel Legrand, que resulta muy conveniente en todo el metraje.

Uno de los mejores momentos del filme es cuando intenta comprar condones en el economato, una escena antológica del cine.

Desgraciadamente yo me pasé la película pensando en Madame 80. Cada vez que salía la señora me imaginaba que era ella, y me planteaba si necesitaría pasar la vergüenza de comprar condones para devolver la película. Decidí devolverla en hora punta y como con prisa. Entré cuando había mucha gente y la dejé en el mostrador – ¡Eh! qué tengo otra para tí – alcanzó a decirme mientras ya me iba. En su mano se mostraba “El Graduado“. – Otro día – respondí, y salí y tardé en volver.

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Muerte en Venecia

¿Qué tiene el niñato ese que trae loco al viejo?
¿Qué tiene el niñato ese que trae loco al viejo?

La señora del videoclub “Star 80“, mi favorito, junto a la plaza de América, era muy simpática conmigo. Si mi madre me pedía que fuera a por el pan, justo en frente de casa, me quejaba y no quería ir, pero nunca tuve ningún impedimento para correr a la plaza de América al videoclub a ver a la dependienta. La llamábamos Madame 80, porque era como una madame de película con un sofisticado moño rubio teñido bien prieto y notable. Perfectamente podía haber participado en el cast de Armas de mujer. Cuando vio que devolvía los 400 golpes me recomendó “Muerte en Venecia” y la alquilé. Me dijo que era historia del cine.

La peli va de un viejo compositor tonto que se va a Venecia a curarse de su enfermedad y se queda pillado por un chaval melenitas y medio pánfilo, ¿cómo es posible que algo tan estúpido le devuelva la esperanza a un viejo desahuciado? ¡¡Si ni siquiera se cruzan una palabra!!

La historia aparentemente simple encierra complejos simbolismos, alguno de los cuales incluso yo pude comprender a los 14 años. Se trataba de una de las últimas películas de otro gran director del cine, un italiano llamado Luchino Visconti, que adaptaba una novela corta de 1912 escrita por el autor alemán Thomas Mann.

Venecia, la ciudad de las apariencias, romántica, burguesa, carnavalesca, es también a la vez la ciudad de la decadencia y la muerte. Un viejo en caída vital encuentra desmedido interés en un joven adonis representante de un ideal de belleza. El chiquillo, que se llama Tadzio, se convierte en una obsesión para el compositor, que vive un drama interior de lucha entre su moralidad convencional y las pasiones prohibidas. Encantado por este nuevo sentimiento vivo, resucitador, de amor, adoración o como quiera llamarse, se deja llevar y persigue y espía al muchacho patológicamente. De repente hay una epidemia de cólera y tiene que decidir entre marchar o quedarse. Elige sentir y se queda. Fallece en la playa mientras Tadzio juega y ni siquiera se da cuenta, Juventud divino tesoro.

Yo deduje que tenía que montarme la vida de forma que no podía acabar de una manera tan patética como el compositor.

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Yo siempre pensé que a Tadzio le faltaba media hostia