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Maurice

Maricas del siglo XX
Gays del siglo XX

En los mismos cines Clarín programaron la semana siguiente un filme basado en un libro Edwardiano que estaba escrito en 1914 por Edward Morgan Forster. Maurice, la novela en cuestión, sin embargo, no fué publicada hasta 1971, después de la muerte del famoso escritor, y tanta polémica no es más que porque trata de un romance no condenatorio entre personas del mismo sexo, dos hombres en este caso.

Maurice, la película, era un proyecto del productor Ismail Merchant y del director de moda James Ivory. Este director estaba en racha, porque había hecho con mucho éxito de crítica “Las Bostonianas” y “Una habitación con vistas“, y este último atrevimiento suyo que se presenta consiguió varios premios en Venecia. Mostraba una elegante maestría a la hora de contar historias de principio de siglo, sobre todo británicas, con pausa, sosiego y respeto a los autores originales, exquisita ambientación y cuidadísimos detalles, pero a su vez fácilmente asimilables y disfrutables por la gente de los 80. Escena tras escena se recrean con elegancia una tarde lánguida flotando en el río en Cambridge, un fortuito juego de cricket entre señores y sirvientes, la rutina diaria en la universidad, visitas a las casas de campo… y se muestra una sociedad, un amor idealista prohibido y una pasión física contra la ley de Dios y sobre todo contra la ley del hombre, que es lo que les preocupa más.

Salimos de ver esta película con silencio. Entre Amor y Pasión, En Penumbra y ahora Maurice, el tema de la sexualidad y el amor libre bullía de distintas maneras en nuestras cabezas. A ver si ocurre con la sexualidad como con todo lo demás, que te dicen lo que tienes que hacer y lo que te tiene que gustar. ¿Se puede elegir de quién enamorarse? La homosexualidad nos daba respeto, porque llevaba un sanbenito de pecado y de contra natura manipuladísimo, amén de profundamente arraigado, pero de la misma manera que no descartábamos probar algún día y discutíamos sobre las barreras psicológicas establecidas sobre bases etéreas, sabíamos que no se podía hablar de ello alegremente. Departíamos entre nosotros porque contábamos con un homosexual secreto en el grupo que nos tanteaba, que una cosa es estar abierto a muchas cosas, pero otra muy diferente tener la valentía para reconocer que se es homosexual, algo que en los 80 seguía estando muy mal visto. Igual que 75 años antes en la Inglaterra de Forster, tampoco había cambiado tantísimo el tema. Vamos, que ni se me ocurrió decirle a nadie que habíamos ido a verla.

MAURICE, from left: Rupert Graves, James Wilby, 1987, © Cinecom

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Jason Harryhausen

Jason
¡Efectos flipantes!

Nos mudamos a Oviedo. Me aprendí enseguida todos los cines de la ciudad, y mi madre, radiante por volver a Asturias, nos sacaba de paseo más a menudo. En los Cines Clarín echaban los sábados, más barato, reposiciones de películas antiguas, y estaban con una serie de Ray Harryhausen que incluía “El viaje fantástico de Simbad“, “Furia de Titanes” y sobre todo “Jasón y los Argonautas“, que se convirtió en una de mis películas favoritas instantáneamente. La estrella del ciclo era el estreno de “Furia de Titanes”, pero yo me quedé enganchado con Jasón y el vellocino de oro. Estás películas tenían un denominador común que yo no conocía, y ese era la animación en stop motion de Ray Harryhausen.

Simbad

Los efectos especiales, la fantasía aplicada a la imagen, me cautivaban; la escena de la hidra, la de los esqueletos luchando al final, el cíclope y sobre todo las sirenas llamando a Jason mientras él, atado en el mástil pedía a gritos que lo liberasen, y yo desde la butaca pedía que no lo hicieran, me ponían en trance. Yo creía que los esqueletos, al contrario que los fantasmas, existían de verdad, de hecho los había visto en algún museo, y que en cualquier momento podían hacer lo que hacían en la película, me parecieron mucho más reales y plausibles que ningún monstruo antes, y me preparaba con mi espada para el día que aparecieran, por ejemplo en el cementerio de mi pueblo.

La fantasía clásica de este mago de los efectos especiales era lo más en una época sin ordenadores ni nada que se le pareciera. Ver al cíclope rugir gigantesco en la pantalla tenía sobre nosotros el mismo efecto que el tren que llegaba a la estación en las primeras películas de los Lumiére, allá por su invención, cuando la gente gritaba pensando que la atropellaban.

Ahora lo veo y tiene aspecto viejuno, pero el arte de este hombre es innegable, por muchos años que pasen.

7th Voyage of Simbad
El cíclope nos aterrorizaba