El imperio del Sol

Otro niño desgraciado
Otro niño desgraciado

Steven Spielberg nos teletransportaba a Shangai en plena segunda guerra mundial. Allí estábamos puntuales en el cine Principado el día del estreno de “El Imperio del Sol“, la segunda película de Christian Bale. Se trataba de todo un acontecimiento, un nuevo film serio de nuestro director favorito, que se había basado en la novela homónima y autobiográfica de J. G. Ballard. ¡Esta vez sí que iba a ganar un porrón de Óscars!

Después de bombardear Pearl Harbor, los japoneses invaden Shangai y ocupan la zona internacional que es donde vive el joven Jim, un mocoso consentido y ricachón, con sus padres. En el caos se separa de su familia, y se queda vagando por las casas abandonadas comiendo lo que puede encontrar hasta que se agota el suministro y se entrega a los japoneses, que lo meten en un campo de prisioneros. El niño tiene que adaptarse, pero va perdiendo el juicio poco a poco, su realidad pasada se desvanece y se olvida de sus progenitores. Aunque los japoneses son sus enemigos, él se identifica de algún modo con ellos, porque adora a los pilotos con sus espléndidos aviones y porque siente que el campo es un sitio más seguro para él. Se monta una nueva familia y busca un nuevo orden, pero los japoneses van perdiendo y las cosas se ponen difíciles. Algunos de sus amigos mueren. Intenta reanimar a los muertos diciendo “tengo que salvarlos a todos” como queriendo que nada cambie, que nadie muera, pero es evidente que no puede. Es testigo de la explosión de la bomba atómica de Nagasaki y él se piensa que es el alma de la señora Victor, amiga suya, que se acaba de morir y que asciende al cielo. La destrucción de una ciudad confundida con un alma.

En la escena final, los padres de Jim no lo reconocen inicialmente, pues está muy cambiado y endurecido por las experiencias vividas. Su maleta (con la que vivió todas sus experiencias en la guerra) aparece flotando en el río. Es el símbolo de la niñez perdida que nunca volverá.

La música es de John Williams, naturalmente. Ignorábamos que David Lean estaba en el ajo, y que parece que la primera mitad de la película es casi suya, pero Spielberg quiso ser el director. La obra sufrió críticas severas, que si era una aproximación pija de clase media-alta, o que el objetivo serio de la película se veía debilitado por la muy desvergonzada aproximación infantiloide que hacía Spielberg. En taquilla no funcionó muy bien, y Spielberg respondió que no le importaba, que bien se había ganado el derecho de un fracaso comercial. Sus amigos de Hollywood nominaron la cinta a seis premios Óscar, Spielberg excluido, y no ganó ninguno de ellos ¡Estábamos indignados! Menos mal que los Polines estaban ahí, cubriendo las injusticias.

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