La Profecía

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Ave Satani, cágate lorito

Carlos también tuvo vídeo enseguida en su casa, y entre los dos vídeos, el suyo y el mío, montamos un ciclo de cine de terror de fundirse los plomos, con las películas que no habíamos visto y que nos moríamos de ganas por ver. Al fin pude acceder a la del “Hombre lobo americano en Londres“, entre otras, pero la primera del ciclo fue “La profecía“, de 1976.

Una de las películas más terroríficas de todos los tiempos, decía la crítica, y era verdad, nos quedamos acongojados. La música era lo más horrorizante, magistral Jerry Goldsmith con su partitura que estuvo nominada al Óscar. El hombre dijo que le habían nominado ya tantas veces, esta era la novena, y que nunca lo había ganado, que para ir al patio de butacas a hacer el paripé mejor se quedaba en casa. Pues no fue y ese año ganó el premio. Y no sólo la banda sonora estaba nominada, sino que también la canción, “Ave Satani”, una melodía con coros que cantaba en latín “Sanguis bibimus, corpus edimus, tolle corpus Satani“, lo que viene a significar “Bebemos la sangre, comemos la carne, álzese el cuerpo de Satán”. La canción no ganó, pero en la película era un personaje propio y aterrador. No puedo evitar señalar que el correcto latín hubiera sido “Sanguinem bibimus, corpus edimus, tolle corpus Satani”, por si alguién de ciencias no se había dado cuenta.

La vimos en casa de Carlos, solos. Su madre cuando marchaba preguntó: ¿Qué película vais a ver? – Una de Gregory Peck – respondimos – y allá se fue con cara de qué formales son estos chicos. El salón de la casa de Carlos, con el niño Damien completamente diabólico y la música del Ave Satani atronando, ¡qué delirio demoníaco!, se transformó al final de la película en el salón de las tinieblas, nos parecía que Satanás estaba detrás de las cortinas o en la taza del water, por todas partes. Nos cagábamos de miedo, tanto, que procuramos que la película acabase de día, y como estábamos solos en casa esperábamos juntos sin separarnos ni un instante a que llegase la madre de Carlos para que no se quedase solo, y luego salir pitando a nuestros respectivos domicilios, con un poco de agua bendita por si las moscas.

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