Indiana en el Centro Comercial

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Cómo no se nos había ocurrido antes

No fue nuestro único altercado con la policía, y es que estábamos en una época incorregible, al margen de la ley como unos auténticos rebeldes sin causa o unos asilvestrados forajidos de leyenda. Nuestro segundo golpe ocurrió precisamente en el centro comercial de las Salesas, en hora punta, cuando más gente había. Un sábado a última hora de la tarde jugueteando con carritos de la compra vacíos, discurrimos espontáneamente que las rampas del garaje se asemejaban a la perfección a los raíles de la película de Indiana Jones en el Templo maldito, la escena de la huida con las vagonetas en la mina concretamente, y poco a poco nos fuimos animando a realizar la prueba – ¡No te atreves! – ¿¡Cómo que no!? – Las rampas de acceso a los subsuelos del parking estaban inclinadas en el grado justo, ni mucho ni poco, y forradas con gruesa goma recauchutada. Eran auténticas y desaprovechadas pistas de velocidad, que permitían desde el interior del vehículo vivir la genuina emoción del peligro, ya que los carritos no tenían ni volante ni freno. Bestial. Excitante. Inconsciente.

Uno se metía dentro encogido como fuera, y lo soltábamos a las bravas a ver dónde llegaba, que era bastante más lejos de lo que pensábamos en un principio. La mala fortuna quiso que en una de las rondas, con Víctor dentro del bólido, golpeáramos accidentalmente a un señor agente de la autoridad, que, la culpa la tuvo él, se puso delante con chulería pensando que podría parar el carrito que bajaba en aceleración máxima, pero no pudo y se cayó de culo ridículamente, dando tiempo a nuestro amigo a salir del vehículo y escapar.

Quiero recalcar que nosotros éramos buenos chicos, un poco impetuosos e irreflexivos, pero buenos por encima de todo, y aceptábamos y respetábamos la autoridad, sin duda, y éramos muy conscientes de lo grave que era la situación después de golpear, sin querer, al oficial, pero es que el hombre se cayó tan tontamente que tuvimos que reírnos y automáticamente huir y disolvernos entre la multitud. De ésta quedamos impunes, salimos pitando cada uno por un lado y no volvimos al centro comercial en una larga temporada.

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