Sospechosos no habituales

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Charca Jurásica

Si hacia bueno igual visitábamos otros lugares, siempre en busca de aventuras, siempre como si viviéramos en una película. En una ocasión alguien nos comentó que junto a la vía del tren, en las afueras, había charcos en los que vivían tritones. Los tritones son unos anfibios como las ranas, pero nunca los habíamos visto, así que fuimos al quiosco y nos bebimos una canela, que era un tipo de cola pero que sólo costaba 15 pesetas, y reforzados por la bebida, como un whisky de los westerns, nos dirigimos a las afueras hacia la vía del tren, en busca de la criatura prehistórica perdida. Caminamos por la vía, pasamos un túnel, y allí, en un charco cercano que no parecía nada del otro mundo, encontramos a los tritones, tan frágiles y tan marcianos. Con la misión cumplida íbamos a dar la vuelta pero unos chavales nos llamaron la atención. Tenían petardos bomba, de esos que se tiran y explotan al contacto, y no se les ocurrió otra cosa que tirarlos al tren al pasar. Mi hermano y Diego se unieron a ellos, pero Jorge y yo nos mantuvimos apartados, aún concentrados en los extraños seres jurásicos recién descubiertos. Cuando nos dirigíamos a casa, al subir de las vías, nos detiene la policía. Un poco de malas maneras nos pone contra la pared a todos y llama con la radio por refuerzos. Yo, que era el mayor, me sentía obligado a intervenir: – ¿Ocurre algo agente, por qué nos detiene? -Tú a callar- respondió el oficial. Una señora que pasaba le animaba: – ¡eso, eso, a la cárcel con los gamberros! – Sin embargo un señor que también se detuvo les increpó: – En esto se va el dinero de mis impuestos, en detener a unos críos que juegan en vez de apresar a los camellos y drogadictos que trapichean por el barrio – Nosotros estábamos de acuerdo totalmente con el señor, y entonces el policía nos preguntó por los petardos y le explicamos uno por uno. Cuando llegó el coche se llevaron a los dueños de los petardos y a Diego, pero nosotros y mi hermano nos libramos – ¡¡Uff!! – Mi madre nos obligó a ir a casa de Diego a pedir disculpas y dar explicaciones, había que ver la cara de su padre, era todo un poema, casi nos da un sopapo. Además le echaba toda la culpa a mi hermano, en fin, sobra decir que Diego tardó mucho en volver a salir con nosotros. Le soltaron de todas formas enseguida, al parecer se canceló la denuncia. Una señora que iba en el tren recibió la explosión del petardo cerca de la ventanilla y se quejó al revisor que fue el que llamó a la policía. Por un momento se pensaban que era un ataque terrorista, pero luego cuando ya vieron que no, pues se calmaron y por fortuna se cerró el tema.

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