El Secreto de la Pirámide

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Elemental y tal

El gabinete de detectives estaba montado. Teníamos lupa, espiábamos a los vecinos, sacábamos chapuceras huellas dactilares, que había que apretar mucho el dedo del crimen para que salieran bien. A veces le pedíamos al criminal que repitiera el crimen otra vez, que no encontrábamos pruebas, y así hasta que salía. Y ya el colmo fue cuando estrenaron “El Secreto de la Pirámide“, que nosotros llamábamos el Jovencito Sherlock Holmes, y estaba presentada por nuestro admiradísimo Steven Spielberg. Fuimos a verla a los cines Brooklyn y salimos entusiasmados. El malo inyecta dardos venenosos con su cerbatana en los protagonistas que sufren visiones relacionadas con su forma de pensar y sus obsesiones. En uno de los casos la alucinación es un caballero que salta de una cristalera de iglesia, como si cobrara vida, increíble. No sabíamos que era el primer personaje de la historia generado completamente por ordenador, un caballero medieval compuesto por los fragmentos de colores de un ventanal de la parroquia, que tuvieron que escanear y pintar directamente en la película utilizando un láser. Y Watson sufre alucinaciones en un cementerio con la comida. Y en esta película tienes que quedarte hasta el final final, lo que para nosotros no supuso ningún problema, porque siempre nos quedábamos en los créditos. Después de los créditos se revela la identidad del malo. Redondo. Pues lo que nos faltaba para el club de detectives, ya te digo.

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