Cantinflas

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Mario Moreno

Mi madre insistía en tratar de influirnos y motivarnos hacia otros géneros tranquilos y nos llevó a Jorge y a mí a una sesión dominical en el cine Principado con Cantinflas. La película se llamaba “Sube y Baja” y era antigua. Un hombre, ascensorista para más señas, que ha sido despedido de la mayor parte de las empresas en las que ha trabajado, recibe el encargo de obtener un contrato con un campeón internacional. Pero el campeón se retrasa y otro encargado de convencerle para que aceptase el contrato le confunde con él. No nos convenció, nos gustaba más el género fantástico y sobre todo lo que oliera a nuevo. Mi madre, que tenía a Cantinflas como un ídolo de infancia, se desilusionaba porque a nosotros no nos gustaba y porque iba perdiendo su capacidad de influencia. ¿Cómo podía ser posible que no nos encandilase un antihéroe de barrio tan simpático y gracioso? Pues no.
Fue por entonces que empecé a guardar las entradas de cine escribiendo por detrás la fecha y la película, y me compré unas fichas en las que hacía una pequeña crítica de cada film que veía, y si podía, pegaba fotos que recortaba de revistas o de diarios, de tal manera que si Darth Vader, mi padre, se encontraba un agujero en el suplemento dominical del periódico, sabía inmediatamente que había sido yo, y la bronca del reverso tenebroso no se hacía esperar: – ¿Es que no puedes esperar hasta mañana?

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