Dragon’s Lair

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La rubia era el premio

Los juegos de pantalla estaban iniciando su apogeo. Las máquinas recreativas eran unos armatostes con una televisión, por donde se seguía el juego, y unos joysticks, en donde echando dinero, 5 pesetas o 25 pesetas, podías jugar una partida. Crecieron así las salas recreativas, lugares repletos de esas máquinas en donde la juventud agotaba su paga. Nos sabíamos qué sala tenía una máquina nueva y todos los juegos disponibles en la ciudad, pero el ordenador era mucho mejor que los recreativos. La ventaja enorme del Spectrum es que estaba en casa y no había que pagar. Y sobre todo que no te exponías a que el macarra del barrio te robase la partida o te fumase en la cara. No obstante la calidad de la imagen y los efectos seguía siendo mucho mejor en los juegos de los recreativos.

El Comecocos ya se pasaba de moda cuando el ordenador Atari lo recuperó. Cuando le pedimos nosotros un Spectrum a nuestro tío de Canarias jamás pensamos que nos traería un Atari. – Pero si es el primero que salió – nos respondió, e intentamos vender a las amistades el concepto con el mismo argumento, pero no cuajó, nadie quería venir a nuestra casa a jugar al Atari, todos querían jugar al Spectrum. Había quien tenía el Commodore o el Amstrad, pero era más de lo mismo, el Spectrum era el sumum. En casa jugábamos al comecocos y al buscaminas, que eran los dos juegos que teníamos, pero igual que con el deporte, no eran mi fuerte. Sin embargo a mi hermano se le daban muy bien, y había un juego determinado en las máquinas recreativas que se llamaba Dragon’s Lair que era como una película de dibujos animados, excelentemente hecho, tan bien que nos gustaba verlo como si de una película se tratase e incluso le dábamos monedas a mi hermano para que siguiera jugando. Aún así costó muchas horas durante meses y meses antes de llegar al dragón y rescatar a la princesa, que menudas pintas tenía de starlett ligerita, tan ochentera ella. La explicación del éxito es que la animación estaba creada por el ex animador de Disney, un tal Don Bluth, que luego haría las películas de Fievel.

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