El ciclista

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E.T. llévame contigooo!

Casi todas las películas me impresionaban, y correspondiendo a cada impresión surgían los efectos secundarios, o colaterales, como se prefiera. Efectivamente, también gracias a esta película me enfrenté a decepciones, cómo no, deportivas de nuevo. Yo no sabía andar en bicicleta, así que mis hermanos jugaban a E.T. montando en bicicleta y yo sólo miraba. Obviamente tuve que aprender, no me costó tanto como pensaba. Enseguida fui capaz de rodar sobre dos ruedas sin caerme, siempre y cuando no tuviera que dar una curva. En línea recta todo iba bien, pero al torcer me costaba. Fui a practicar en la bicicleta BH vieja de mi hermano en la cuesta de la calle Muñoz Degraín. Subí despacio sin problemas, la cuesta es leve, pero en la bajada sin embargo me embalé, levanté los pies de los pedales y por miedo me salí de la carretera para entrar en el patio deportivo de una urbanización en donde interrumpí un partido de tenis al estrellarme contra la red, y caer del otro lado, juego, set y partido.
Bueno, pues no me desanimé. Mi hermano pequeño, que era muy bueno sobre dos ruedas, participaba en una carrera popular ciclista y mi madre me pidió que le acompañara, así que, osado, también me apunté. Mi hermano iba con una bicicleta de cuernos, casi profesional, demasiado para su edad, pero es que se le daba verdaderamente bien. Yo iba con la misma BH que aún funcionaba tras el accidente. La carrera era de dos vueltas a un circuito urbano en las afueras con una cuesta enorme a la mitad, y allí vamos. Salida. Voy pedaleando y me van pasando todos, y es que solo hay otra persona que lleva una bicicleta como la mía, y me lleva 100 metros de ventaja por delante. Ya se han ido todos, mejor, ya voy más tranquilo, pensando en E.T., me falta la cestita delante. Y entonces veo venir a los primeros que están de retorno en la primera vuelta y pasan como una exhalación. Ya sabía que no iba a ganar, no pasa nada, sigo a mi ritmo y también veo a mi hermano en el carril contrario volviendo, me paro a saludar pero él ni me mira, a toda leche va. Que le den. Yo sigo y de repente la cuesta arriba. Empujo, empujo, y nada, no hay manera, la rueda se me va para todos los lados. Los primeros de la carrera ya en la segunda vuelta definitiva me adelantan y me increpan por interrumpir la línea de circulación, así que decido bajarme de la bici y caminar la cuesta, mucho más rápido, oye. Mientras tanto me adelanta todo el mundo, incluyendo a mi hermano, que sigue sin saludar. Que le den. Y ya he llegado arriba, para bajar me vuelvo a subir en la bicicleta y allá voy, cuesta abajo. Empiezo a coger velocidad, más rápido, más rápido, el viento me da en la cara, creo que me he comido una mosca, ¡Oh! ¡No! – cierro los ojos y no sé cómo lo hago que salté de la bicicleta en marcha, rodé por la cuneta y la bici siguió sola hasta llegar abajo y caer. No me vio nadie, creo, así que monto y continúo. Cuando llego a la meta soy el último. Quiero dar la segunda vuelta y el organizador no me lo permite, me dice que ya está bien. Mi hermano no me quiere ni mirar – igual sí que te venía bien una cestita delante – me dice; vale, ya me he enterado que la bicicleta no es para mí. Todo el mundo ha dado dos vueltas menos yo, que he dado solo una y encima he quedado el último. ¡¡Mi casa!!. Queda claro que el sueño de bajar la rampa de mi pueblo y saltar con la Luna llena iluminando por detràs no será posible.

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