Cristóbal Colón, de oficio… descubridor

Oficio
Spanish Hit

Iba caminando solo por la ciudad, ya me dejaban, y un sábado veraniego antes de las fiestas de San Mateo, particularmente aburrido dentro de lo taciturno, subiendo hacia mi casa después de recibir una buena propina en casa de mis abuelos, me quedé en la cola del cine Roxy para ver “Cristóbal Colón de oficio descubridor“. Se me ocurrió que podría reírme. Yo solo, repito, espontàneamente, nadie me obligaba.
La película había tenido una publicidad intensiva en las últimas semanas, todo el mundo hablaba de ella, salían anuncios en la tele, en la radio, en las revistas, por todos lados. Una canción se estaba haciendo famosa:
“Los hermanos Pinzones
eran unos mari…neros
que se fueron con Colón
que era otro mari…nero”

Nosotros en casa cantábamos la versión más dura, sin picardía ni nada, para mayor frustración de mi madre y de mi tío homosexual, ella desesperada en algunos momentos, pensando quizás en cambiarnos de colegio:
“¡¡¡Los Hermanos Pinzones, eran unos, maricones!!!”

Pues ese día me dio un brusco arrebato y me paré en la fila, mi primera película solo del todo, mi primera peli española de esas pícaras. Cuando llegué, que tenía mucho tiempo libre, habría en la fila 30 o 40 personas, pero pronto empezó a llegar gente y gente, y la fila empezó a salirse por la carretera, ¡nada menos que la calle Uría, la calle principal de la ciudad! Vino la policía y cambió la dirección de la cola, y yo pensaba – ¡a mí no me quita el sitio nadie! – ¡esta debe de ser la película del siglo cuando menos! – por todo el barullo que se montó, espectacular. Unos jóvenes que estaban haciendo el servicio militar, cuando llegaron y vieron que la cola era demasiado larga, me otearon y vinieron a por mí. – Chavalín, si nos sacas las entradas te doy un duro – No – dije yo secamente – Diez pesetas – insistió, y me dio una palmadita en el hombro, y volví a decir que no. Ya me estaba poniendo nervioso, y por suerte el señor que estaba detrás les gritó que dejaran de molestar y de intentar colarse, y entonces se aproximó un agente de la autoridad: – ¿Estás solo? – me preguntó – No, he venido con mi padre que se ha ido a aparcar el coche – mentí, y ya me dejaron en paz. Lo que no hiciera yo por ir al cine.

La película resultó infumable, horrorosa, no me gustó nada, era una parodia musical y burda del viaje de Cristóbal Colón para descubrir América sin gracia apenas, y así aprendí a no fiarme de los anuncios nunca más, y a guardar cierto recelo por el cine español.

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