Cine Exín

¿El cine sin fin? ¿Me toman el pelo?
¿El cine sin fin? ¿Me toman el pelo?

La surrealista historia de los bomberos, el payaso y el hada madrina se contaba en reuniones, cenas y comidas, cada vez de una manera diferente, y se convirtió en una anécdota familiar para siempre. La gente comentaba – ¡Ay pobre! El nene se habrá quedado traumatizado – así que seguramente no fue por casualidad que los Reyes Magos me trajeron un proyector de cine ese año: un CinExín.

El cinExín era un aparato proyector hecho de plástico color naranja que funcionaba con pilas y permitía ver, al girar manualmente una manivela, escenas de dibujos animados proyectadas en la pared de tu casa. Si girabas rápido, la escena se aceleraba, si girabas despacio, se detenía. Incluso podías ir para atrás. La publicidad decía que era el cine sin fin. Quizás un poco afectado del incidente sí que estaba, porque no le hice mucho caso, por si las moscas se quemaba también.

El juguete no llegó a cuajar en casa contra todo pronóstico. Aparte de que el artilugio tenía muy pocas películas y eran muy cortas, enseguida te las aprendías de memoria al derecho y al revés. – ¿Ya no juegas más al CinExín que con tanto cariño te trajeron los Reyes? – preguntaba mi madre rascándose la cabeza – No, que se puede quemar, y además no es cine de verdad, no se pueden ver películas buenas como la “Historia de O” – contestaba – es un cine con fin.

Las tripas del aparato
Las tripas del aparato
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